Un viaje hacia el interior
Cuando nos vamos de un lugar, ese lugar nos acompaña. Se va en y con
nosotros, como un tatuaje imborrable, muchas veces profundo y muy doloroso. En
medio del territorio de la piel, como en una herida abierta, salpicada de sal,
arden y se disuelven los perfumes, los colores, las sensaciones, los ritmos,
las melodías, las palabras que vivimos, y todos estos momentos-espacios se
convierten en una sola emoción: saberse parte de algo, ser parte de un todo;
pertenecer.
No es solo hablar la misma lengua, sino entender los silencios. No es
llevar una escarapela de sentidos en el pecho, es ver esos colores en la piel
de los hombres y mujeres de la patria. No es cantar las melodías de lo
popular, es saber desentrañar de ellas, los signos y presagios del dolor y la
nada cotidiana de la tierra y sus vástagos. No es nada de esa nada, es
pertenecer.
Los signos que nos unen a este pedazo del Yvy marane'ỹ, no están
inscriptos en las nimiedades de los textos de las lenguas que hablamos y que
nos hablan, no lo están. No están dibujados en lo fútil de las palabras
impresas, no lo están. Estos signos no se disuelven fácilmente con los años
y las lágrimas, menos aún con las distancias; aunque ellas podrían resultar
como una de las formas de decantación simbólica más dolorosa. Debemos
reconocer que las distancias, nos dan la dimensión de nuestra propia soledad
y ser solo, estar solo, no es sólo no estar acompañado de alguien, la soledad
verdadera, la que realmente mata, es no pertenecer.
Nuestro pueblo, últimamente no se pertenece, busca desesperadamente la
forma de encontrar en algún lugar, de alguna forma, en algún momento, su
propio rostro; trata de reconstruirse y reconstruir los símbolos de su propia
pertenencia.
Lo difícil y diríamos hasta banal, es que esa búsqueda debe realizarse
hacia el interior, no del otro lado de los charcos y los miedos, no con un
objetivo material, no movidos por la desesperación de creer que en otro lugar
se encontrará lo que aquí no existe, ni existirá. Las distancias, son la
forma en que la desesperación y la ceguera nos alejan de nuestro Tataypýpe
fundamental, el lugar donde nos salvamos los unos a los otros, como en una
predestinación bíblica.
Contigo en la distancia
Muchas pueden ser las razones que nos llevan a irnos de estas tierras,
dejar lo que amamos para aprender a amar otros horizontes; aprender a escribir
los abecedarios de la cultura de otros; parafrasear las melodías de otras
lenguas. Tal vez algunos buscan algo que creen jamás tendrán aquí. Tal vez,
hay algo en ellos mismos, que creen cambiará cuando no estén, algo así como
adquirir una nueva identidad, negando la que se deja, salvándose del tedio de
ser lo que se es. Lo que se cuestiona aquí, no son las razones, es lo que
dejan, para construir sobre el desarraigo, la salvación de sus insalvables
dolores.
La remesa de los casi 2 millones de paraguayos que viven en el exterior
casi iguala a las divisas que genera la exportación de soja de nuestro país,
explicitaba un diario capitalino la semana pasada. Este dinerillo dulce pero
salado, según este periódico, ayuda a paliar la pobreza en Paraguay, con un
monto que gira alrededor de los 506 millones de dólares al año. Lo que no
dice este medio, es que gran parte de ese dinero, es resultado de una
espantosa explotación, de una alienación de una comunidad de hermanos que
desfigurados por la desesperanzas, dejan el país y viven una situación
inhumana; no teniendo en cuenta el tipo de vida que llevan, porque como en un
espejismo, mejora sustancialmente a la que tenían aquí; sino atendiendo a la
discriminación racial que vive en su destino salvador, cualquiera que no
pertenezca a la cultura del país de maravillas al cual llega.
Uno de cada tres paraguayos tiene guardado en el fondo de sí, las ganas de
irse, de dejar este país, de hacer algo más que esto nada más, de creer que
lejos está la solución de todos sus problemas, tanto económicos como
espirituales, lejos está la tierra con la que se sueña, lejos está el
futuro de sí mismo y el sus los hijos. Y es válida la salida, lo que no es
válido es el precio que tiene que pagar por ese sueño.
Irse es abandonar la toalla en la mitad del camino, es descreer que nuestro
aporte para hacer de este un país donde la gente no necesite irse, es
importante, es demasiado importante, es imprescindible. Irse es dejar la
portería abierta para que los jugadores del equipo contrario hagan lo que
quieran con el marcador del partido que estamos perdiendo. Irse es pensar que
la mitad del vaso, es un vaso vacío y que no hay posibilidad de llenarlo,
aunque sea de sudor.
Irse es darnos la espalda a nosotros mismos y hacer de nuestro designio de
país sin destino, una verdad irreducible e incuestionable.
La nueva tierra sin mal
La tierra sin mal de nuestros originarios guaraníes, es actualmente una
intensa búsqueda de todos los paraguayos y paraguayas, a quienes el destino
se nos ha disuelto entre las tortuosas 12 horas laborales, y el infierno del
desempleo.
La tierra sin mal es la patria de los sueños realizados, donde la tierra
produce sin ser sembrada y donde las almas moran en paz sin morir, donde la
muerte no es opción y la vida corre como estampida abierta y feliz. Hoy día,
esa tierra ha ido mutando al gris de la falta de fe, empapada de techaga'u,
no hacia el terruño que nos vio nacer, sino hacia una especie de melancolía
desabrida de saber que tarde o temprano, la salida más fácil para la
salvación individual está en las puertas de un avión que cruce el Atlántico, una empatía con los que tuvieron la posibilidad de irse de la
cueva del lobo, de huir rápidamente antes que el castillo de naipes se venga
abajo.
La apología está aquí implícita en la construcción del país de los
que se quedan, de los que creen que hay mucho que hacer, que hay mucho que
construir. Irse es una salida, pero una salida que salva a unos pocos. La
tierra sin mal que buscaban los guaraníes, nunca fue la utopía de un solo
hombre, sino de todo un grupo de seres humanos que formaron parte de ese todo,
cobijados por la esperanza y por la bondad de su pertenencia al asiento de los
fogones. Ese es el lugar que ellos buscaban, sus propios asientos.
Los idos son muchos, cada vez son y serán más, cada vez son y serán más
las razones para irse, hasta los cuarenta y cuatro grados de calor de un
miércoles al medio día puede resultar válido si se busca una razón; pero
creo que las causas para quedarse son y serán más y abarcan a más personas.
La tierra que soñamos, la que queremos para nuestros hijos, para los que
amamos, y para los que nos aman, no es la que encontramos lejos, donde siempre
estaremos solos, donde siempre estaremos desamparados, por la simple razón de
que debemos ganarnos el permiso de pertenecer a algo que jamás nos
comprenderá y que nosotros jamás comprenderemos. Esa tierra sin mal que
queremos es esta que tenemos, construyámosla.
Juguemos al juego de la verdadera comunidad, seamos nosotros mismos, a
pesar del dolor y de la miseria; siendo parte de lo que nos es. Pertenezcamos.
Patricia Duarte
duapez@yahoo.com.ar
|