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Mba'éichapa.
El mensaje de hoy va sobre la enorme importancia de tener Medios de
Comunicación favorables a los puntos de vista, sensibilidades, intereses
que cada uno defiende. (En su caso, el guaraní. ¿Para cuándo medios de
comunicación nacionales en guaraní, pensados en guaraní y favorables al
guaraní?)
Y va sobre la vital y crucial importancia de elaborar y difundir
discurso ideológico de forma constante y sin fin, si se quiere que los
puntos de vista, sensibilidades, intereses que uno defiende lleguen a la
sociedad y un día sean conocidos y mayoritarios. (En su caso, a favor del
guaraní).
El caso de España.
Parto de la premisa –tal vez errónea– que ustedes no conocen, en
profundidad, la historia de España.
Parto de la premisa que, salvo contadas excepciones, ustedes no tienen
acceso ni consultan medios de comunicación catalanes, vascos o gallegos. Y
que cuando consultan medios de comunicación españoles, sólo consultan
"los grandes" medios de comunicación que tienen alcance nacional: Abc,
La Razón, El Mundo, El País, Cope, Ser, etc.
Parto de la premisa que ustedes "no recuerdan" que en España no
se juzgó, ni en la transición ni ahora, a nadie vinculado con la dictadura
del general Franco (1936/1939-1975).
Parto de la premisa que ustedes "no recuerdan" que en España no
se juzgó, ni en la transición ni ahora, a nadie vinculado con el intento de
la dictadura del general Franco (1936/1939-1975) de genocidar / asesinar las
lenguas gallega, vasca y catalana. (Esto tampoco ha ocurrido en Paraguái con
el guaraní... y otras muchas cosas... y donde nadie es responsable de nada).
Parto de la premisa que ustedes van a analizar con su riguroso espíritu
crítico todo lo que leen y van a sacar sus propias conclusiones.
Miren, en España no ha habido nunca nada de pedagogía sólida y
permanente desde los medios de comunicación sobre el derecho que tienen
las diferentes comunidades lingüísticas españolas a vivir, mantenerse y
crecer de forma libre y normal. Existe en muchas partes de la España
monolingüe de lengua castellana un latente, nada disimulado, odio contra la
diferencia lingüística que es avivado, azuzado, alimentado diariamente desde
determinados medios de comunicación. Y al odio se responde en muchas
personas, ¿por qué mentir?, primero con desesperación e indignación y
finalmente, cuando nada se puede hacer para combatirlo, con odio.
En España, a pesar que sería necesario –es una opinión muy personal,
pero compartida por mucha gente que hablamos como primera lengua una lengua
que no es el castellano–, no se persigue judicialmente y penalmente a los
medios de comunicación que atizan y siembran el odio entre españoles. Y
debería hacerse como una mediada urgente de profilaxis democrática. En
España vende, política y periodísticamente, atacar lo gallego, lo
vasco, lo catalán, y sus lenguas.
Una anécdota. Saben, estos días una empresa catalana pero implantada en
toda España, Gas Natural, ha dicho que le gustaría comprar una
empresa con implantación también en toda España, Endesa. ¡No
quieran saber qué revuelo mediático y político se ha armado en España!. Y
saben, ¡todo el problema es porque Gas Natural es una empresa catalana!. ¡Y
hay políticos, empresarios y periodistas que lo han dicho así de claro y de
contundente, y sin ningún tipo de vergüenza!. ¡Dios mío!. ¡"Antes
una empresa extranjera que una empresa catalana", han dicho algunos
políticos!.
Saben, en España todos los avances en la recuperación del gallego, el
vasco o el catalán, se han conseguido peleando, con dientes y uñas, por
ellos. No se han conseguido estos avances con el apoyo –basado en un
sentimiento de justicia y de equidad humanas, o de vergüenza y de reparación
histórica por las atrocidades cometidas contra el vasco, el gallego o el
catalán– de las comunidades de lengua castellana. No. Estas comunidades
simplemente, cuando no han tenido otro remedio por el contexto histórico o
político, lo han tolerado. Tolerado no significa ni deseado, ni respetado ni
aceptado ni amado. Ni mucho menos. Simplemente tolerado.
Escuchen, como una simple muestra, qué visión da el programa "La
Linterna" de la Cadena COPE en la "Editorial" de César Vidal
de hoy viernes 9 de septiembre sobre España, y las diferentes comunidades de
lengua histórica no castellana (Galicia, Cataluña, País Vasco... pero
también la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares y Navarra): http://www.lalinterna.com/audios/editorial-090905.mp3
(1,6 MB) “Vascos y catalanes son el enemigo interior
de España” es la línea argumental... el tono va de
menos a más. Y yo me pregunto, "¿y qué se hace con un enemigo
interior, con un “español no decente”?, ¿tienen ustedes respuestas para unas
pregunta tan bárbaras?". A lo mejor a ustedes lo que escuchen les parece
"normal". A un ciudadano vasco o catalán les aseguro que no le
parece nada normal ni nada aceptable. (Nota. La línea editorial del locutor
es la del hipernacionalismo castellanista del Partido Popular, que impulsó e
impuso José María Aznar y el "clan de Valladolid" mucho antes de
ganar sus primeras elecciones, y que forma parte de la tradición política de
las comunidades autónomas españolas de lengua castellana y que hoy continúa
impulsando él mismo desde la FAES, www.fundacionfaes.org).
En España se dice que frecuentemente hay más "separadores"
(gente que atiza el odio contra la diversidad) que "separatistas"
(vascos, catalanes, gallegos, que quieran separarse de España). Estudien
España y saquen sus conclusiones.
Y sobre el tema ideológico, contrario a la diversidad, miren esto: http://nacionalismo.blogs.com/.
Es un blog (o bitácora o página personal) especialmente beligerante
contra catalanes y vascos, contra el catalán y el vasco, contra lo vasco y lo
catalán.
Les engañaría si no les dijese que esto, y mucho más, existe. Forma
parte de batalla que debe librar la pluralidad, la diversidad para existir en
España. El gallego, el vasco, el catalán, para vivir en España.
Si quieren normalizar el guaraní deberán hacer un arduo trabajo
intelectual. Deberán generar y difundir mucho discurso ideológico --y
bien argumentado-- a favor del guaraní. Si no lo hacen, los contrarios al
guaraní, que existen y son muchos –y fíjense que estamos hablando de saber
guaraní y castellano–, les van a derrotar porque tienen más plata, están
en los medios de comunicación, y tienen aliados muchas partes... ¡también
en España!.
No se desanimen por la crudeza y virulencia del debate ideológico.
¡Ojalá que todos, en todos los casos y en todos los rincones del mundo, nos
pudiésemos evitar la discusión!. Pero no es así. Ni será así. Si ustedes
ceden, o se asustan y no pelean por el guaraní, no por ello los detractores
del guaraní van a cejar en su empeño. Fíjense que el número de hablantes
monolingües de castellano crece en Paraguái. Y lo mismo es válido para los
hablantes monolingües de portugués. Saquen sus conclusiones. (Nota. Hay
gente que declara en algunas, pocas, situaciones, hablar guaraní para
"quedar bien" pero que en realidad son incapaces de hablar en
guaraní).
El caso español solo debería servirles –porque pueden seguirlo y
entenderlo, en parte; la parte que se libra en castellano– para ver como se
da este "combate ideológico". Aprendan y prepárense para dar y
defender sus argumentos para el guaraní.
Y no se confundan, ¡que los árboles no les tapen el bosque!. Si piensan
en España en términos de unitaristas contra independentistas, se
equivocarán. Piensen en términos de respeto de la diversidad cultural y
lingüística. Los independentistas no son mayoritarios ni siquiera en el
País Vasco. El problema real y principal es que España no alcanzó
todavía el modelo suizo o belga o finés o canadiense, de respeto y
aceptación de su realidad multilingüe. Es esto lo que hace, constantemente,
chirriar la vida política española.
Para los hipernacionalistas castellanistas españoles es muy duro de
aceptar –y aparenta ser imposible– que España, el solar del castellano,
una lengua importante en el mundo y a la que no queremos renunciar en su
conocimiento funcional, ¿para qué negar ninguna de las dos cosas?, no sea un
Estado monolingüe, y que hoy para más del 40 por ciento de los ciudadanos
españoles sea oficial, junto con el castellano, el gallego, el vasco y el
catalán/valenciano.
Joan Moles
paraguai-paraguay@telefonica.net
Notas
Estén atentos al debate lingüístico español, porque donde pone "catalán"
o "vasco", puede mudarse por "guaraní".
Lean los dos artículos que adjunto. Uno es del andaluz Gregorio
Salvador, vicedirector de la Real Academia Española. ¡Asústense de lo que dice!. Debajo,
la réplica del presidente de Organización por el Multilingüismo, Albert
Branchadell.
Artículo: Lenguas minúsculas
Gregorio Salvador. Vicedirector de la Real Academia Española (www.rae.es)
ABC, 19 de enero de 2005.
A mi regreso de la Argentina, después de asistir al Congreso de Rosario,
me llamaron no pocos amigos: «¿Pero qué has dicho?», «¿A qué escándalo
has dado lugar?», «¿Cómo te las arreglas para encrespar a la multitud?».
Les cuento lo que dije, les digo que sólo se escandalizaron, cómo no, los
beatos de lo politically correct, les hago relación, en cambio, de los que
piensan por su cuenta y me felicitaron, y muchos estaban presentes, esa
mañana, en el Teatro El Círculo de Rosario, y en cuanto a la multitud que lo
atiborraba, no se encrespó, más bien aplaudió con ardor. «Pues la prensa,
la radio, la televisión dijeron que la habías armado».
Repaso la prensa española de esos días, obtengo de internet testimonios
de la americana y advierto el origen del error. Yo me había referido a
«lenguas minúsculas» y alguien lo transformó en «lenguas minoritarias».
Alguien que desdeñaba o desconocía la notable diferencia de significado
entre un adjetivo y el otro, y digo alguien porque se me hace muy duro creer
que todos los corresponsales españoles, que firmaron o enviaron sus
crónicas, compartiesen idéntica ignorancia. Alguno tal vez se lo contó a
los otros, que estarían a aquella hora en distinto lugar, acaso en el
contracongreso sobre las demás lenguas que había armado Pérez Esquivel,
inevitable perejil de todas las salsas contestatarias, que no tuvo, por lo
demás, demasiado relieve. Algunos diarios de aquel continente interpretaron
lo de «lenguas minúsculas» como «lenguas tribales», lo que no altera
sustancialmente la significación. Pero alguien dijo lo de minoritarias y esa
noticia, de segunda mano, fue la que se trasmitió a España.
¿Cómo iba a desear yo la extinción de las lenguas minoritarias, si el
español también lo es?. Minoritaria con respecto al inglés o al chino
mandarín, a escala mundial, minoritaria en países concretos, Filipinas o los
Estados Unidos, minoritaria en Europa con respecto al alemán, al francés, al
italiano y al ruso. No he perdido la cabeza hasta ese extremo. Yo dije lenguas
minúsculas; pero habrá que contar, por su orden, lo que allí pasó.
Para la mañana del jueves 18 de noviembre estaba programada una sesión
plenaria sobre identidad y lengua en la creación literaria, con una ponencia
del escritor chileno Jorge Edwards, seguida de una mesa redonda de escritores,
el nicaragüense Ernesto Cardenal, el mexicano Gonzalo Celorio, el español
José María Merino y el argentino Juan José Sebreli, que yo habría de
moderar. A continuación estaba prevista la presentación del Diccionario
Panhispánico de Dudas, en el que hemos estado trabajando un buen puñado de
años todas las Academias de la Lengua.
Se empezó con retraso la sesión,
resultó magnífica y convincente la exposición de Edwards, tras la que hubo
un receso que añadió retraso, y comenzamos, ya muy ajustado el tiempo, la
mesa redonda. Yo fui presentando a los participantes, que leyeron sus
intervenciones, excediendo todos los diez minutos que se les habían pedido
para dejar tiempo a la posible discusión. De brillante factura literaria la
de Celorio; sólida, sobria y acertada la de Merino; lúcida, inteligente y
perfectamente adecuada a la finalidad de la sesión la de Sebreli, y utilizo
aquí los adjetivos que había ido yo anotando en mi cuaderno para cerrar la
ronda de intervenciones y abrir el posible coloquio, aunque ya me iban
llegando notas conminatorias de los organizadores, que me avisaban del tiempo
agotado, de la inminencia del acto programado a continuación y de la
necesidad de que prescindiera de discusiones y cerrara el acto, sin más,
cuando acabara el último.
Pero, bien mirado, el último era yo, y a la
agobiante apretura de tiempo quien más había colaborado, desde la mesa, era
Ernesto Cardenal, que había leído durante dieciocho minutos una
comunicación seguramente confundida, pues por su contenido debía ser la que
traía para el contracongreso de Esquivel, en el que él, como algún que otro
ilustre invitado, se pasó más tiempo que en el nuestro. Porque del español
habló poco, pero sí de las otras lenguas, de las que están en trance de
desaparición. Se dolió de la cantidad de lenguas que desaparecen y de que,
con cada una de ellas, se pierda una visión del mundo, y nos contó,
orgulloso, que, cuando fue ministro de Cultura en su país, supo de una lengua
que ya sólo hablaban cuatro ancianos y decidió establecer su enseñanza
obligatoria para los niños de esa etnia. Todo eso lo tenía yo apuntado
también para incluirlo en mi turno final de síntesis y comentario. Pero las
avisos apremiantes me seguían llegando, con la orden de que no abriera
debate, puesto que el tiempo se había consumido, y que redujera al máximo mi
intervención de cierre.
Prescindí, pues, de valoraciones elogiosas, pero como dialectólogo que he
sido, como investigador de campo que fui, como lingüista de vocación y de
profesión que soy y como persona con algo de sentido común, no podía pasar
por alto las miméticas e irreflexivas aseveraciones del poeta Cardenal, que
no sólo él recita y reitera: hace no muchos años le oí decir a un entonces
gerifalte de la Unesco, compungido, en una entrevista veraniega, que en lo que
quedaba de año iban a morir setenta u ochenta lenguas y que eso era una
desgracia para la Humanidad, que habría que poner todos los medios para que
siguieran vivas todas esas lenguas.
Como idéntica copla la repiten, ya se ve,
personajes ilustres, supuestamente sabios y conscientes, y la oyen o la leen
millares de personas que ni son tan prestigiosas ni tienen por qué saber el
funcionamiento histórico del lenguaje, me vi en el deber de moderar lo oído
y recordar en cuatro minutos unas cuantas obviedades que los devotos del
multiculturalismo olvidan casi siempre.
Dije que allí, en aquel teatro
repleto, estábamos unas mil seiscientas personas, que representábamos a los
cuatrocientos millones de hablantes del idioma que nos reunía, el español,
que las lenguas son, ante todo, instrumentos de comunicación y vehículos de
cultura en su dimensión escrita y que los grandes idiomas no suelen servir de
seña de identidad para nadie, porque el nuestro, sin ir más lejos, es una
lengua plurinacional y multiétnica y se habla en más de veinte naciones. Que
si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia,
porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu
de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos
hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso
simplemente familiares.
Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en
el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las
hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa
mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los
que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas
minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse,
porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido
abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más
extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus
perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la
última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte
de esa persona.
Los romanistas sabemos que el último hablante del dálmata, la décima
lengua románica, fue Tuore Udaina Burbur, que murió en 1898, a los 77 años,
y los vasquistas saben que la última hablante del roncalés, la novena lengua
eusquérica, fue doña Antonia Anaut, una anciana completamente sorda de
Isaba, que falleció a los 88 años, en abril de 1976, tras pasar los
postreros años de su vida hablando roncalés sin que nadie la entendiera.
Siempre es dolorosa la muerte de un ser humano, pero nadie se va a librar,
igual si se lleva su lengua a la tumba que si la deja en el uso y empleo de
los sobrevivientes. Lo triste, en el primer caso, es pensar en la final
soledad de estas personas, aisladas en su lengua y sin poderse comunicar.
En
América y en África quedan bastantes de esas lenguas minúsculas y todo
esfuerzo por mantenerlas no es más que una aberración reaccionaria, todo hay
que decirlo. Esas pobres gentes tuvieron que padecer, históricamente, a
conquistadores, encomenderos, exploradores y colonos. Y, por si no hubieran
tenido bastante, hay quien pretende mantenerlas, desvalidas, en su exigua
prisión lingüística, ajenas e ignorantes del mundo que con nosotros
habitan, con todo lo bueno o lo malo que este les pueda ofrecer, para regalo
acaso de obstinados antropólogos, entretenimiento de gramáticos imaginativos
y orgullosa satisfacción de políticos desnortados y pusilánimes. Y para
más inri, en nombre del progreso y la revolución.
Naturalmente que deseo la
extinción de esas lenguas minúsculas, la incorporación de sus hablantes a
un mundo intercomunicado. Si las cinco mil lenguas que se cuentan en el
planeta quedaran reducidas tan siquiera a dos mil, algunas cosas mejorarían
en el panorama mundial que hoy se nos muestra, y, sobre todo, la suerte y la
condición de tantos seres humanos en ellas aprisionados.
Artículo: La flaqueza del internacionalismo lingüístico
Albert Branchadell.
El País, 29 de marzo de 2005.
* Albert Branchadell es profesor de la Facultad de Traducción e
Interpretación de la Universitat Autònoma de Barcelona, y presidente de
Organización por el Multilingüismo.
En España se está poniendo de moda el “internacionalismo
lingüístico”, también llamado “ideología de las lenguas
grandes”. Las etiquetas son del último libro de Juan Ramón Lodares (El
porvenir del español), que viene predicando esa creencia desde hace tiempo,
pero sus voceros empiezan a ser numerosos y muy cualificados: la nómina
alcanza ya a filósofos como Félix Ovejero o a ilustres miembros de la Real
Academia Española como Francisco Rodríguez Adrados y Gregorio Salvador.
Los postulados del internacionalismo lingüístico son fáciles de
reconocer. El primero dice que las lenguas son vehículos de comunicación.
Dado que nadie discute semejante obviedad, el postulado se formula más
genuinamente de modo negativo: afirmar que las lenguas son vehículos de
comunicación equivale a negar que puedan ser también signos de identidad,
aunque una parte importante de la Humanidad crea justamente lo contrario y
muchas veces actúe en consecuencia, hasta el punto de sacrificar su vida por
su vehículo de comunicación particular.
El segundo postulado sostiene que las lenguas con más usuarios son
preferibles a las lenguas con menos usuarios, y de ahí se extraen
consecuencias político-lingüísticas que los distintos
"internacionalistas" formulan con mayor o menor sutileza: Salvador,
en un extremo, no tiene reparo en exponer públicamente que desea la
extinción de las lenguas que él denomina "minúsculas", en abierta
contradicción con los esfuerzos que las organizaciones intergubernamentales y
un sinfín de ONG dedican a la preservación de la diversidad lingüística
planetaria.
Un tercer postulado, finalmente, insinúa que la difusión de las lenguas
grandes es un proceso "natural", efecto de la libre elección de la
gente. En otras palabras, que el imperialismo lingüístico no existe. Con
algún pequeño matiz, Lodares podría haber escrito lo que dijo el Rey (o le
hicieron decir) en una entrega del Premio Cervantes: «Nunca fue la
nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca
a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo
por voluntad libérrima el idioma de Cervantes». En términos parecidos
se expresaba Félix Ovejero en estas páginas (De lenguas, sendas, mercados y
derechos, El País, 28-2-2005): los procesos que consolidan las lenguas con
más usuarios “nada tienen que ver con el mercado o el capitalismo” –en contra,
una vez más, de la experiencia de muchos habitantes del planeta–.
Pero el problema del internacionalismo lingüístico no son las dudas que
plantean sus postulados; al fin y al cabo, los millones de personas que creen
que las lenguas son valiosas en sí mismas, y que por ello es bueno
preservarlas ante las amenazas del imperialismo lingüístico, podrían estar
totalmente equivocadas. El verdadero problema del internacionalismo
lingüístico son sus insufribles defectos internos. El primero es la
práctica más o menos desvergonzada del doble rasero: la internacionalidad
del español se blande para desacreditar el uso del guaraní en Paraguay o del
euskera en el País Vasco, pero se enfunda discretamente cuando el español se
las ve con lenguas de más usuarios, como el inglés en Estados Unidos o las
grandes lenguas de la Unión Europea en Bruselas.
El incidente protagonizado
recientemente por la portavoz de la Comisión Europea, Françoise Le Bail, es
muy instructivo al respecto. Con el loable propósito de ahorrar unos cuantos
euros al contribuyente europeo, a Le Bail se le ocurrió reducir el generoso
sistema de interpretación en algunas ruedas de prensa de la Comisión a las
tres lenguas de más uso en la Unión: inglés, francés y alemán. Un
auténtico "internacionalista" todavía habría juzgado insuficiente
el recorte: si con el inglés basta, ¿para qué complicarse la vida también
con los superfluos francés y alemán?. Por fortuna para el español, nuestro
embajador ante la Unión Europea, que no comulga con Lodares, protestó
enérgicamente por la reducción impuesta por Le Bail, juntamente con su
colega italiano y el apoyo de sus Gobiernos respectivos, y la portavoz no ha
tenido más remedio que hacer marcha atrás en su propuesta inicial, para
escándalo del "internacionalista" auténtico, que si no quería
tres tazas ahora va a tener siete (las tres de Le Bail más el español, el
italiano, el polaco y el neerlandés). Es muy interesante leer la
argumentación de Carlos Bastarreche: el problema no es que los periodistas
españoles acreditados en Bruselas no entiendan el inglés, el francés ni el
alemán (mal iríamos si fuera así), ¡sino que “la defensa del español
es una de las prioridades de mi Gobierno”!.
El segundo defecto del internacionalismo lingüístico es su propensión
antidemocrática. Retomando una metáfora naipesca de Dworkin, un liberal que
Lodares y compañía no han leído, el valor de las lenguas grandes se
convierte en un triunfo ante la voluntad de los hablantes de las lenguas
pequeñas: y ante los triunfos no cabe discusión ni debate alguno. En el
contexto español no importa el apoyo que han recibido las políticas de
fomento del catalán / valenciano, vasco y gallego, ni la validación de que
han sido objeto por parte del Tribunal Constitucional.
En un artículo
reciente (El español en España, Abc, 4-3-2005), Francisco Rodríguez Adrados
pedía directamente la abrogación de la "anticonstitucional"
legislación lingüística autonómica. Rodríguez Adrados es de los que
tildarían de anticonstitucional la sentencia del Alto Tribunal que en 1994
dio por bueno el modelo lingüístico de las escuelas de Cataluña, que sin
excluir el castellano tiene en la lengua catalana su "centro de
gravedad". O incluso dedicaría el epíteto antedicho a la mismísima
Constitución, en la medida que sugiere una contradicción en el interior del
artículo 3 entre la oficialidad del castellano y la de las “demás
lenguas españolas”.
Sea como sea, la voluntad de los hablantes de las
lenguas pequeñas de España es algo que ha vuelto a aflorar políticamente:
al menos en Cataluña, muchas de las personas que votaron "no" en el
referéndum del día 20 de febrero lo hicieron por el insuficiente
reconocimiento del catalán / valenciano en las instituciones europeas. Y
muchos de los que votaron "sí" lo hicieron confiando en la
virtualidad del memorándum que Moratinos envió a la Comisión el pasado 13
de diciembre, que solicita el reconocimiento en la Unión Europea de “todas
las lenguas oficiales en España”.
Pero sin duda el mayor defecto del internacionalismo lingüístico es su
simplismo maniqueo, que revela una antropología lingüística de una pobreza
extrema. Pongámonos en la piel de un hablante de lengua pequeña: al decir de
un "internacionalista" como Gregorio Salvador (Lenguas minúsculas,
Abc, 19-1-2005), este hablante sólo tiene dos opciones: ceder al
"espíritu de campanario" y a la "aberración
reaccionaria" para mantenerse encerrado en su "exigua prisión
lingüística" o, por el contrario, abandonar su lengua e integrarse a
una lengua más extensa y más poblada que le permita "ensanchar su mundo
y sus perspectivas de futuro". Tertium non datur: la posibilidad de que
nuestro hablante adquiera la lengua grande sin menoscabo de la pequeña es
simplemente ignorada. Y, puestos a ignorar, también se ignora la profesión
más antigua del mundo, que no es la que suele pasar por serlo, sino la de
trujamán: los "internacionalistas" nos hacen perder de vista que,
gracias a los intérpretes, hablar la misma lengua nunca ha sido una
condición necesaria para el entendimiento mutuo.
Se dice que los antiguos griegos sentían horror por el vacío; claramente,
nuestros "internacionalistas" sienten horror por la diversidad
lingüística. Su gran problema es que viven en un mundo y en un país
plurilingües que van a seguir siéndolo. Lo que veremos en los próximos
meses es si ese internacionalismo que asoma en las tribunas periodísticas se
impone en la esfera política. La presencia del catalán / valenciano, gallego
y euskera en el Congreso de los Diputados es uno de los tests que se avecinan.
Si se prohíbe cualquier uso de esas lenguas, el internacionalismo habrá
ganado la manga (y algunas señorías tendrán un argumento más para
"irse" de España); si se inicia un debate sereno y pausado, libre
por fin de escaramuzas contraproducentes, será posible acomodar esas lenguas
en los términos y plazos que dicte la sola prudencia, sin otro efecto
negativo que el rasgue de vestiduras de nuestros
"internacionalistas" más furibundos.
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