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Medios de comunicación y diversidad lingüística

Barcelona, 10 de setiembre de 2005

Medios de comunicación y diversidad lingüística. La difusión del discurso ideológico. El caso de España.

Mba'éichapa.

El mensaje de hoy va sobre la enorme importancia de tener Medios de Comunicación favorables a los puntos de vista, sensibilidades, intereses que cada uno defiende. (En su caso, el guaraní. ¿Para cuándo medios de comunicación nacionales en guaraní, pensados en guaraní y favorables al guaraní?)

Y va sobre la vital y crucial importancia de elaborar y difundir discurso ideológico de forma constante y sin fin, si se quiere que los puntos de vista, sensibilidades, intereses que uno defiende lleguen a la sociedad y un día sean conocidos y mayoritarios. (En su caso, a favor del guaraní).

El caso de España.

Parto de la premisa –tal vez errónea– que ustedes no conocen, en profundidad, la historia de España.

Parto de la premisa que, salvo contadas excepciones, ustedes no tienen acceso ni consultan medios de comunicación catalanes, vascos o gallegos. Y que cuando consultan medios de comunicación españoles, sólo consultan "los grandes" medios de comunicación que tienen alcance nacional: Abc, La Razón, El Mundo, El País, Cope, Ser, etc.

Parto de la premisa que ustedes "no recuerdan" que en España no se juzgó, ni en la transición ni ahora, a nadie vinculado con la dictadura del general Franco (1936/1939-1975).

Parto de la premisa que ustedes "no recuerdan" que en España no se juzgó, ni en la transición ni ahora, a nadie vinculado con el intento de la dictadura del general Franco (1936/1939-1975) de genocidar / asesinar las lenguas gallega, vasca y catalana. (Esto tampoco ha ocurrido en Paraguái con el guaraní... y otras muchas cosas... y donde nadie es responsable de nada).

Parto de la premisa que ustedes van a analizar con su riguroso espíritu crítico todo lo que leen y van a sacar sus propias conclusiones.

Miren, en España no ha habido nunca nada de pedagogía sólida y permanente desde los medios de comunicación sobre el derecho que tienen las diferentes comunidades lingüísticas españolas a vivir, mantenerse y crecer de forma libre y normal. Existe en muchas partes de la España monolingüe de lengua castellana un latente, nada disimulado, odio contra la diferencia lingüística que es avivado, azuzado, alimentado diariamente desde determinados medios de comunicación. Y al odio se responde en muchas personas, ¿por qué mentir?, primero con desesperación e indignación y finalmente, cuando nada se puede hacer para combatirlo, con odio.

En España, a pesar que sería necesario –es una opinión muy personal, pero compartida por mucha gente que hablamos como primera lengua una lengua que no es el castellano–, no se persigue judicialmente y penalmente a los medios de comunicación que atizan y siembran el odio entre españoles. Y debería hacerse como una mediada urgente de profilaxis democrática. En España vende, política y periodísticamente, atacar lo gallego, lo vasco, lo catalán, y sus lenguas.

Una anécdota. Saben, estos días una empresa catalana pero implantada en toda España, Gas Natural, ha dicho que le gustaría comprar una empresa con implantación también en toda España, Endesa. ¡No quieran saber qué revuelo mediático y político se ha armado en España!. Y saben, ¡todo el problema es porque Gas Natural es una empresa catalana!. ¡Y hay políticos, empresarios y periodistas que lo han dicho así de claro y de contundente, y sin ningún tipo de vergüenza!. ¡Dios mío!. ¡"Antes una empresa extranjera que una empresa catalana", han dicho algunos políticos!.

Saben, en España todos los avances en la recuperación del gallego, el vasco o el catalán, se han conseguido peleando, con dientes y uñas, por ellos. No se han conseguido estos avances con el apoyo –basado en un sentimiento de justicia y de equidad humanas, o de vergüenza y de reparación histórica por las atrocidades cometidas contra el vasco, el gallego o el catalán– de las comunidades de lengua castellana. No. Estas comunidades simplemente, cuando no han tenido otro remedio por el contexto histórico o político, lo han tolerado. Tolerado no significa ni deseado, ni respetado ni aceptado ni amado. Ni mucho menos. Simplemente tolerado.

Escuchen, como una simple muestra, qué visión da el programa "La Linterna" de la Cadena COPE en la "Editorial" de César Vidal de hoy viernes 9 de septiembre sobre España, y las diferentes comunidades de lengua histórica no castellana (Galicia, Cataluña, País Vasco... pero también la Comunidad Valenciana, las Islas Baleares y Navarra): http://www.lalinterna.com/audios/editorial-090905.mp3 (1,6 MB) “Vascos y catalanes son el enemigo interior de España” es la línea argumental... el tono va de menos a más. Y yo me pregunto, "¿y qué se hace con un enemigo interior, con un “español no decente”?, ¿tienen ustedes respuestas para unas pregunta tan bárbaras?". A lo mejor a ustedes lo que escuchen les parece "normal". A un ciudadano vasco o catalán les aseguro que no le parece nada normal ni nada aceptable. (Nota. La línea editorial del locutor es la del hipernacionalismo castellanista del Partido Popular, que impulsó e impuso José María Aznar y el "clan de Valladolid" mucho antes de ganar sus primeras elecciones, y que forma parte de la tradición política de las comunidades autónomas españolas de lengua castellana y que hoy continúa impulsando él mismo desde la FAES, www.fundacionfaes.org).

En España se dice que frecuentemente hay más "separadores" (gente que atiza el odio contra la diversidad) que "separatistas" (vascos, catalanes, gallegos, que quieran separarse de España). Estudien España y saquen sus conclusiones.

Y sobre el tema ideológico, contrario a la diversidad, miren esto: http://nacionalismo.blogs.com/. Es un blog (o bitácora o página personal) especialmente beligerante contra catalanes y vascos, contra el catalán y el vasco, contra lo vasco y lo catalán.

Les engañaría si no les dijese que esto, y mucho más, existe. Forma parte de batalla que debe librar la pluralidad, la diversidad para existir en España. El gallego, el vasco, el catalán, para vivir en España.

Si quieren normalizar el guaraní deberán hacer un arduo trabajo intelectual. Deberán generar y difundir mucho discurso ideológico --y bien argumentado-- a favor del guaraní. Si no lo hacen, los contrarios al guaraní, que existen y son muchos –y fíjense que estamos hablando de saber guaraní y castellano–, les van a derrotar porque tienen más plata, están en los medios de comunicación, y tienen aliados muchas partes... ¡también en España!.

No se desanimen por la crudeza y virulencia del debate ideológico. ¡Ojalá que todos, en todos los casos y en todos los rincones del mundo, nos pudiésemos evitar la discusión!. Pero no es así. Ni será así. Si ustedes ceden, o se asustan y no pelean por el guaraní, no por ello los detractores del guaraní van a cejar en su empeño. Fíjense que el número de hablantes monolingües de castellano crece en Paraguái. Y lo mismo es válido para los hablantes monolingües de portugués. Saquen sus conclusiones. (Nota. Hay gente que declara en algunas, pocas, situaciones, hablar guaraní para "quedar bien" pero que en realidad son incapaces de hablar en guaraní).

El caso español solo debería servirles –porque pueden seguirlo y entenderlo, en parte; la parte que se libra en castellano– para ver como se da este "combate ideológico". Aprendan y prepárense para dar y defender sus argumentos para el guaraní.

Y no se confundan, ¡que los árboles no les tapen el bosque!. Si piensan en España en términos de unitaristas contra independentistas, se equivocarán. Piensen en términos de respeto de la diversidad cultural y lingüística. Los independentistas no son mayoritarios ni siquiera en el País Vasco. El problema real y principal es que España no alcanzó todavía el modelo suizo o belga o finés o canadiense, de respeto y aceptación de su realidad multilingüe. Es esto lo que hace, constantemente, chirriar la vida política española.

Para los hipernacionalistas castellanistas españoles es muy duro de aceptar –y aparenta ser imposible– que España, el solar del castellano, una lengua importante en el mundo y a la que no queremos renunciar en su conocimiento funcional, ¿para qué negar ninguna de las dos cosas?, no sea un Estado monolingüe, y que hoy para más del 40 por ciento de los ciudadanos españoles sea oficial, junto con el castellano, el gallego, el vasco y el catalán/valenciano.

Joan Moles
paraguai-paraguay@telefonica.net

Notas

  • Estén atentos al debate lingüístico español, porque donde pone "catalán" o "vasco", puede mudarse por "guaraní".

  • Lean los dos artículos que adjunto. Uno es del andaluz Gregorio Salvador, vicedirector de la Real Academia Española. ¡Asústense de lo que dice!. Debajo, la réplica del presidente de Organización por el Multilingüismo, Albert Branchadell. 


Artículo: Lenguas minúsculas

Gregorio Salvador. Vicedirector de la Real Academia Española (www.rae.es)
ABC, 19 de enero de 2005.

A mi regreso de la Argentina, después de asistir al Congreso de Rosario, me llamaron no pocos amigos: «¿Pero qué has dicho?», «¿A qué escándalo has dado lugar?», «¿Cómo te las arreglas para encrespar a la multitud?». Les cuento lo que dije, les digo que sólo se escandalizaron, cómo no, los beatos de lo politically correct, les hago relación, en cambio, de los que piensan por su cuenta y me felicitaron, y muchos estaban presentes, esa mañana, en el Teatro El Círculo de Rosario, y en cuanto a la multitud que lo atiborraba, no se encrespó, más bien aplaudió con ardor. «Pues la prensa, la radio, la televisión dijeron que la habías armado».

Repaso la prensa española de esos días, obtengo de internet testimonios de la americana y advierto el origen del error. Yo me había referido a «lenguas minúsculas» y alguien lo transformó en «lenguas minoritarias». Alguien que desdeñaba o desconocía la notable diferencia de significado entre un adjetivo y el otro, y digo alguien porque se me hace muy duro creer que todos los corresponsales españoles, que firmaron o enviaron sus crónicas, compartiesen idéntica ignorancia. Alguno tal vez se lo contó a los otros, que estarían a aquella hora en distinto lugar, acaso en el contracongreso sobre las demás lenguas que había armado Pérez Esquivel, inevitable perejil de todas las salsas contestatarias, que no tuvo, por lo demás, demasiado relieve. Algunos diarios de aquel continente interpretaron lo de «lenguas minúsculas» como «lenguas tribales», lo que no altera sustancialmente la significación. Pero alguien dijo lo de minoritarias y esa noticia, de segunda mano, fue la que se trasmitió a España.

¿Cómo iba a desear yo la extinción de las lenguas minoritarias, si el español también lo es?. Minoritaria con respecto al inglés o al chino mandarín, a escala mundial, minoritaria en países concretos, Filipinas o los Estados Unidos, minoritaria en Europa con respecto al alemán, al francés, al italiano y al ruso. No he perdido la cabeza hasta ese extremo. Yo dije lenguas minúsculas; pero habrá que contar, por su orden, lo que allí pasó.

Para la mañana del jueves 18 de noviembre estaba programada una sesión plenaria sobre identidad y lengua en la creación literaria, con una ponencia del escritor chileno Jorge Edwards, seguida de una mesa redonda de escritores, el nicaragüense Ernesto Cardenal, el mexicano Gonzalo Celorio, el español José María Merino y el argentino Juan José Sebreli, que yo habría de moderar. A continuación estaba prevista la presentación del Diccionario Panhispánico de Dudas, en el que hemos estado trabajando un buen puñado de años todas las Academias de la Lengua.

Se empezó con retraso la sesión, resultó magnífica y convincente la exposición de Edwards, tras la que hubo un receso que añadió retraso, y comenzamos, ya muy ajustado el tiempo, la mesa redonda. Yo fui presentando a los participantes, que leyeron sus intervenciones, excediendo todos los diez minutos que se les habían pedido para dejar tiempo a la posible discusión. De brillante factura literaria la de Celorio; sólida, sobria y acertada la de Merino; lúcida, inteligente y perfectamente adecuada a la finalidad de la sesión la de Sebreli, y utilizo aquí los adjetivos que había ido yo anotando en mi cuaderno para cerrar la ronda de intervenciones y abrir el posible coloquio, aunque ya me iban llegando notas conminatorias de los organizadores, que me avisaban del tiempo agotado, de la inminencia del acto programado a continuación y de la necesidad de que prescindiera de discusiones y cerrara el acto, sin más, cuando acabara el último.

Pero, bien mirado, el último era yo, y a la agobiante apretura de tiempo quien más había colaborado, desde la mesa, era Ernesto Cardenal, que había leído durante dieciocho minutos una comunicación seguramente confundida, pues por su contenido debía ser la que traía para el contracongreso de Esquivel, en el que él, como algún que otro ilustre invitado, se pasó más tiempo que en el nuestro. Porque del español habló poco, pero sí de las otras lenguas, de las que están en trance de desaparición. Se dolió de la cantidad de lenguas que desaparecen y de que, con cada una de ellas, se pierda una visión del mundo, y nos contó, orgulloso, que, cuando fue ministro de Cultura en su país, supo de una lengua que ya sólo hablaban cuatro ancianos y decidió establecer su enseñanza obligatoria para los niños de esa etnia. Todo eso lo tenía yo apuntado también para incluirlo en mi turno final de síntesis y comentario. Pero las avisos apremiantes me seguían llegando, con la orden de que no abriera debate, puesto que el tiempo se había consumido, y que redujera al máximo mi intervención de cierre.

Prescindí, pues, de valoraciones elogiosas, pero como dialectólogo que he sido, como investigador de campo que fui, como lingüista de vocación y de profesión que soy y como persona con algo de sentido común, no podía pasar por alto las miméticas e irreflexivas aseveraciones del poeta Cardenal, que no sólo él recita y reitera: hace no muchos años le oí decir a un entonces gerifalte de la Unesco, compungido, en una entrevista veraniega, que en lo que quedaba de año iban a morir setenta u ochenta lenguas y que eso era una desgracia para la Humanidad, que habría que poner todos los medios para que siguieran vivas todas esas lenguas.

Como idéntica copla la repiten, ya se ve, personajes ilustres, supuestamente sabios y conscientes, y la oyen o la leen millares de personas que ni son tan prestigiosas ni tienen por qué saber el funcionamiento histórico del lenguaje, me vi en el deber de moderar lo oído y recordar en cuatro minutos unas cuantas obviedades que los devotos del multiculturalismo olvidan casi siempre.

Dije que allí, en aquel teatro repleto, estábamos unas mil seiscientas personas, que representábamos a los cuatrocientos millones de hablantes del idioma que nos reunía, el español, que las lenguas son, ante todo, instrumentos de comunicación y vehículos de cultura en su dimensión escrita y que los grandes idiomas no suelen servir de seña de identidad para nadie, porque el nuestro, sin ir más lejos, es una lengua plurinacional y multiétnica y se habla en más de veinte naciones. Que si no hubieran ido desapareciendo lenguas en el transcurso de la historia, porque en sus hablantes triunfó la fuerza de intercambio sobre el espíritu de campanario, no habríamos alcanzado el nivel de civilización en que nos hallamos y sólo existirían lenguas mínimas, lenguas de tribu o incluso simplemente familiares.

Recordé que, a pesar de todo, existían aún hoy en el mundo cuatro o cinco mil lenguas, pero que la mitad de ellas, al menos, las hablaba menos gente de la que estaba presente en el teatro, y la mitad de esa mitad eran lenguas tan minúsculas que no contaban con más hablantes de los que pudieran caber sobradamente en un palco. Que muchas de esas lenguas minúsculas se van extinguiendo es evidente, pero no hay que lamentarse, porque eso quiere decir que sus posibles hablantes, los que las han ido abandonando, se han integrado en una lengua de intercambio, en una lengua más extensa y más poblada que les ha permitido ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro. Añado ahora que una lengua desaparece cuando muere la última persona que la hablaba y lo único triste de ese suceso es la muerte de esa persona.

Los romanistas sabemos que el último hablante del dálmata, la décima lengua románica, fue Tuore Udaina Burbur, que murió en 1898, a los 77 años, y los vasquistas saben que la última hablante del roncalés, la novena lengua eusquérica, fue doña Antonia Anaut, una anciana completamente sorda de Isaba, que falleció a los 88 años, en abril de 1976, tras pasar los postreros años de su vida hablando roncalés sin que nadie la entendiera. Siempre es dolorosa la muerte de un ser humano, pero nadie se va a librar, igual si se lleva su lengua a la tumba que si la deja en el uso y empleo de los sobrevivientes. Lo triste, en el primer caso, es pensar en la final soledad de estas personas, aisladas en su lengua y sin poderse comunicar.

En América y en África quedan bastantes de esas lenguas minúsculas y todo esfuerzo por mantenerlas no es más que una aberración reaccionaria, todo hay que decirlo. Esas pobres gentes tuvieron que padecer, históricamente, a conquistadores, encomenderos, exploradores y colonos. Y, por si no hubieran tenido bastante, hay quien pretende mantenerlas, desvalidas, en su exigua prisión lingüística, ajenas e ignorantes del mundo que con nosotros habitan, con todo lo bueno o lo malo que este les pueda ofrecer, para regalo acaso de obstinados antropólogos, entretenimiento de gramáticos imaginativos y orgullosa satisfacción de políticos desnortados y pusilánimes. Y para más inri, en nombre del progreso y la revolución.

Naturalmente que deseo la extinción de esas lenguas minúsculas, la incorporación de sus hablantes a un mundo intercomunicado. Si las cinco mil lenguas que se cuentan en el planeta quedaran reducidas tan siquiera a dos mil, algunas cosas mejorarían en el panorama mundial que hoy se nos muestra, y, sobre todo, la suerte y la condición de tantos seres humanos en ellas aprisionados.


Artículo: La flaqueza del internacionalismo lingüístico

Albert Branchadell.
El País, 29 de marzo de 2005.

* Albert Branchadell es profesor de la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universitat Autònoma de Barcelona, y presidente de Organización por el Multilingüismo.

En España se está poniendo de moda el “internacionalismo lingüístico”, también llamado “ideología de las lenguas grandes”. Las etiquetas son del último libro de Juan Ramón Lodares (El porvenir del español), que viene predicando esa creencia desde hace tiempo, pero sus voceros empiezan a ser numerosos y muy cualificados: la nómina alcanza ya a filósofos como Félix Ovejero o a ilustres miembros de la Real Academia Española como Francisco Rodríguez Adrados y Gregorio Salvador.

Los postulados del internacionalismo lingüístico son fáciles de reconocer. El primero dice que las lenguas son vehículos de comunicación. Dado que nadie discute semejante obviedad, el postulado se formula más genuinamente de modo negativo: afirmar que las lenguas son vehículos de comunicación equivale a negar que puedan ser también signos de identidad, aunque una parte importante de la Humanidad crea justamente lo contrario y muchas veces actúe en consecuencia, hasta el punto de sacrificar su vida por su vehículo de comunicación particular.

El segundo postulado sostiene que las lenguas con más usuarios son preferibles a las lenguas con menos usuarios, y de ahí se extraen consecuencias político-lingüísticas que los distintos "internacionalistas" formulan con mayor o menor sutileza: Salvador, en un extremo, no tiene reparo en exponer públicamente que desea la extinción de las lenguas que él denomina "minúsculas", en abierta contradicción con los esfuerzos que las organizaciones intergubernamentales y un sinfín de ONG dedican a la preservación de la diversidad lingüística planetaria.

Un tercer postulado, finalmente, insinúa que la difusión de las lenguas grandes es un proceso "natural", efecto de la libre elección de la gente. En otras palabras, que el imperialismo lingüístico no existe. Con algún pequeño matiz, Lodares podría haber escrito lo que dijo el Rey (o le hicieron decir) en una entrega del Premio Cervantes: «Nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se le obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyo por voluntad libérrima el idioma de Cervantes». En términos parecidos se expresaba Félix Ovejero en estas páginas (De lenguas, sendas, mercados y derechos, El País, 28-2-2005): los procesos que consolidan las lenguas con más usuarios “nada tienen que ver con el mercado o el capitalismo” –en contra, una vez más, de la experiencia de muchos habitantes del planeta–.

Pero el problema del internacionalismo lingüístico no son las dudas que plantean sus postulados; al fin y al cabo, los millones de personas que creen que las lenguas son valiosas en sí mismas, y que por ello es bueno preservarlas ante las amenazas del imperialismo lingüístico, podrían estar totalmente equivocadas. El verdadero problema del internacionalismo lingüístico son sus insufribles defectos internos. El primero es la práctica más o menos desvergonzada del doble rasero: la internacionalidad del español se blande para desacreditar el uso del guaraní en Paraguay o del euskera en el País Vasco, pero se enfunda discretamente cuando el español se las ve con lenguas de más usuarios, como el inglés en Estados Unidos o las grandes lenguas de la Unión Europea en Bruselas.

El incidente protagonizado recientemente por la portavoz de la Comisión Europea, Françoise Le Bail, es muy instructivo al respecto. Con el loable propósito de ahorrar unos cuantos euros al contribuyente europeo, a Le Bail se le ocurrió reducir el generoso sistema de interpretación en algunas ruedas de prensa de la Comisión a las tres lenguas de más uso en la Unión: inglés, francés y alemán. Un auténtico "internacionalista" todavía habría juzgado insuficiente el recorte: si con el inglés basta, ¿para qué complicarse la vida también con los superfluos francés y alemán?. Por fortuna para el español, nuestro embajador ante la Unión Europea, que no comulga con Lodares, protestó enérgicamente por la reducción impuesta por Le Bail, juntamente con su colega italiano y el apoyo de sus Gobiernos respectivos, y la portavoz no ha tenido más remedio que hacer marcha atrás en su propuesta inicial, para escándalo del "internacionalista" auténtico, que si no quería tres tazas ahora va a tener siete (las tres de Le Bail más el español, el italiano, el polaco y el neerlandés). Es muy interesante leer la argumentación de Carlos Bastarreche: el problema no es que los periodistas españoles acreditados en Bruselas no entiendan el inglés, el francés ni el alemán (mal iríamos si fuera así), ¡sino que “la defensa del español es una de las prioridades de mi Gobierno”!.

El segundo defecto del internacionalismo lingüístico es su propensión antidemocrática. Retomando una metáfora naipesca de Dworkin, un liberal que Lodares y compañía no han leído, el valor de las lenguas grandes se convierte en un triunfo ante la voluntad de los hablantes de las lenguas pequeñas: y ante los triunfos no cabe discusión ni debate alguno. En el contexto español no importa el apoyo que han recibido las políticas de fomento del catalán / valenciano, vasco y gallego, ni la validación de que han sido objeto por parte del Tribunal Constitucional.

En un artículo reciente (El español en España, Abc, 4-3-2005), Francisco Rodríguez Adrados pedía directamente la abrogación de la "anticonstitucional" legislación lingüística autonómica. Rodríguez Adrados es de los que tildarían de anticonstitucional la sentencia del Alto Tribunal que en 1994 dio por bueno el modelo lingüístico de las escuelas de Cataluña, que sin excluir el castellano tiene en la lengua catalana su "centro de gravedad". O incluso dedicaría el epíteto antedicho a la mismísima Constitución, en la medida que sugiere una contradicción en el interior del artículo 3 entre la oficialidad del castellano y la de las “demás lenguas españolas”.

Sea como sea, la voluntad de los hablantes de las lenguas pequeñas de España es algo que ha vuelto a aflorar políticamente: al menos en Cataluña, muchas de las personas que votaron "no" en el referéndum del día 20 de febrero lo hicieron por el insuficiente reconocimiento del catalán / valenciano en las instituciones europeas. Y muchos de los que votaron "sí" lo hicieron confiando en la virtualidad del memorándum que Moratinos envió a la Comisión el pasado 13 de diciembre, que solicita el reconocimiento en la Unión Europea de “todas las lenguas oficiales en España”.

Pero sin duda el mayor defecto del internacionalismo lingüístico es su simplismo maniqueo, que revela una antropología lingüística de una pobreza extrema. Pongámonos en la piel de un hablante de lengua pequeña: al decir de un "internacionalista" como Gregorio Salvador (Lenguas minúsculas, Abc, 19-1-2005), este hablante sólo tiene dos opciones: ceder al "espíritu de campanario" y a la "aberración reaccionaria" para mantenerse encerrado en su "exigua prisión lingüística" o, por el contrario, abandonar su lengua e integrarse a una lengua más extensa y más poblada que le permita "ensanchar su mundo y sus perspectivas de futuro". Tertium non datur: la posibilidad de que nuestro hablante adquiera la lengua grande sin menoscabo de la pequeña es simplemente ignorada. Y, puestos a ignorar, también se ignora la profesión más antigua del mundo, que no es la que suele pasar por serlo, sino la de trujamán: los "internacionalistas" nos hacen perder de vista que, gracias a los intérpretes, hablar la misma lengua nunca ha sido una condición necesaria para el entendimiento mutuo.

Se dice que los antiguos griegos sentían horror por el vacío; claramente, nuestros "internacionalistas" sienten horror por la diversidad lingüística. Su gran problema es que viven en un mundo y en un país plurilingües que van a seguir siéndolo. Lo que veremos en los próximos meses es si ese internacionalismo que asoma en las tribunas periodísticas se impone en la esfera política. La presencia del catalán / valenciano, gallego y euskera en el Congreso de los Diputados es uno de los tests que se avecinan. Si se prohíbe cualquier uso de esas lenguas, el internacionalismo habrá ganado la manga (y algunas señorías tendrán un argumento más para "irse" de España); si se inicia un debate sereno y pausado, libre por fin de escaramuzas contraproducentes, será posible acomodar esas lenguas en los términos y plazos que dicte la sola prudencia, sin otro efecto negativo que el rasgue de vestiduras de nuestros "internacionalistas" más furibundos.

www.guaranirenda.com - 2005

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