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Lo novedoso, aunque no único, de la lengua guaraní en el Paraguay está
en el hecho de ser una lengua indígena hablada por una sociedad no indígena.
Si hay fuerza y vitalidad en este hecho de lengua, de
ahí provienen también algunos de su graves males y dolencias actuales.
Conforme al artículo 140 de la Constitución de 1992,
«el Paraguay es un país pluricultural y bilingüe. Son idiomas oficiales
el castellano y el guaraní. La ley establecerá las modalidades de
utilización de uno y otro. Las lenguas indígenas, así como las de las otras
minorías, forman parte del patrimonio cultural de la Nación.»
Son discutibles en términos lingüísticos y
sociolingüísticos los fundamentos y las expresiones de esta proclamación,
pero en una lectura sencilla y directa, en la que cabe por otra parte mucha
imaginación y mucha emoción, así como discriminación y vacilación,
entendemos que se manifiesta un sentir ampliamente aceptado por la sociedad.
En la lengua guaraní la sociedad ve vitalidad, pero también graves
dolencias.
De hecho estamos lejos –e incluso nos estamos alejando–
de una meta en la que convergirían –por fin– sociedad y Estado. Después
de mucho tiempo de política estatal contra una de las lenguas
mayoritariamente habladas en el Paraguay, el guaraní adquiría ahora “carta
de ciudadanía plena”. Pero al señalar que “la ley establecerá las
modalidades de utilización de uno y otro” idioma, estamos avisados de que
algo esencial de la lengua, que es el uso, está todavía muy mal definido.
Pequeña historia del guaraní paraguayo
La historia de la lengua es la historia del Paraguay. Pero ambas historias
nos son mal conocidas, no tanto porque falten datos suficientemente
esclarecedores del proceso y formación de las lenguas en el Paraguay, cuanto
que esos datos son contextualizados conforme a tendencias y propósitos en los
que se mezcla lo que es con lo que quisiéramos que fuera. La historia de la
lengua guaraní en el Paraguay es una historia imaginaria, lo cual no quiere
decir que carezca de sentido.
La tesis predominante en la historiografía paraguaya
del sigo XX presenta esa historia como un proceso de mestizaje, del cual el
bilingüismo sería consecuencia. “Así el hijo de dos razas aprendió dos
lenguas desde su cuna” (Insfrán 1942: 61). No hay ningún fundamento
lingüístico para suponer que los mestizos serán bilingües; sabemos que de
hecho se da bilingüismo sin mestizaje y se da mestizaje sin bilingüismo.
Hasta qué punto el mestizaje, favorezca el bilingüismo debe ser examinado
con otros criterios. En el caso del Paraguay, la desvinculación del proceso
lingüístico del proceso de reproducción biológica es un ejercicio
necesario; se evitarán así esos peligrosos desdoblamientos imaginarios, que
tienen su fuerza en vistas a una simbología identitaria, pero no facilitan la
comprensión sociolingüística del fenómeno.
Es un lugar común en el Paraguay decir que nunca en
otro país una lengua fue tan perseguida por el estado, léase la corona
española, como el guaraní.
En realidad, hubo más bien quejas de españoles
peninsulares que, llegados al Paraguay veían que “las gentes nacidas en
España se van acabando en esta tierra” (1594) y que “los hijos de los
nobles conquistadores corren el riesgo de adquirir las costumbres de los
indios, con grave daño” (1625), siendo una de esas costumbres el hablar
guaraní (Cf. Melià 1992: 54-55).
De la documentación histórica se deduce que en todo el
tiempo colonial y aun en el primer siglo de independencia, el guaraní era de
uso ordinario y cotidiano como lengua coloquial en la casa y en la calle,
cuando la lengua castellana, si bien lengua oficial de la administración de
gobierno, no contaba con los medios para perpetuarse y, menos, para
desarrollarse. Los intentos por cambiar esta situación por parte del Estado
fueron irrelevantes y poco fructíferos. En el Paraguay, la literatura en
castellano, exceptuando algunas obras de la primera hora colonial, y la
correspondencia administrativa y documentos análogos, tiene escasa
representación.
Es de recordar que la política española en cuestión
de lenguas, a pesar de fluctuaciones e incoherencias, fue, sobre todo en
tiempos de los Habsburgo, de cierto respeto hacia las lenguas indígenas,
favoreciendo incluso el desarrollo de las llamadas “lenguas generales”.
La gran masa de población del Paraguay hasta mitad del
siglo XVIII era de indios guaraníes reducidos ya a vida urbana en pueblos,
entre los cuales eran los más importantes los jesuíticos, donde la vigencia
del guaraní, un guaraní “clásico”, como se lo ha designado
ocasionalmente, era absoluta. Lingüísticamente el siglo XVIII paraguayo se
cerraba sin grandes novedades respecto a los siglos anteriores, con el
guaraní como lengua común y auténtica, lengua propia del Paraguay.
En enero de 1777 el gobernador Agustín Fernando de
Pinedo reconocía ante el rey que
«en toda esta Provincia usan los naturales el idioma guaraní y tiene
particular empeño para la persuasión el idioma nacional, al mismo tiempo
que infunde recelo y sospecha la explicación en diverso lenguaje, cuando no
se comprende ni medianamente la lengua española, que es la que han usado
los gobernadores...» (Revista del Instituto Paraguayo, año VI, 552,
Asunción 1905, p.21).
Después de la Independencia (1811) y en todo el siglo
XIX el habla del Paraguay es guaraní. Los testimonios de viajeros repiten
hasta la saciedad la misma constatación (cf. Melià 1992, p. 157-173).
«Los hombres hablan poco y con cierta resistencia el español. La mujeres
lo hablan escasamente. El español ha sido sustituido casi completamente por
el guaraní» (Robertson /1848/, en Melià 1992, p. 160).
La sociedad paraguaya que renace de la desoladora Guerra
Grande (1864-1870), cuando todavía no había recibido el impacto de la
tímida inmigración europea y argentina que se produciría a fines del siglo
XIX y principios del siglo XX, todavía se comunica casi exclusivamente en
guaraní; esa sociedad de mujeres que vive en el campo, mantiene la lengua
propia y tradicional, y es capaz de reproducirla en la nueva generación.
Es a partir de los programas de educación, promovidos
por los nuevos gobiernos que se puede hablar de una abierta política contra
la lengua guaraní, que desarrolla los gérmenes diglósicos de otros tiempos,
pero que nunca había podido echar raíces en el pueblo. El guaraní es
denunciado como “el gran enemigo del progreso cultural del Paraguay” (cf.
Cardozo 1959, p. 82). Todo el siglo XX fluctúa entre políticas
gubernamentales, sobre todo de educación formal, que no saben qué hacer con
el guaraní, y una sociedad fundamentalmente leal a esa lengua que está en la
base del imaginario de su identidad. Hace poco tuve ocasión de tratar del “andamiaje
lingüístico en la construcción de la identidad paraguaya”, tema que me
parece pertienente (La construcción de las identidades nacionales en el
mundo hispánico; ideas, lenguajes políticos e imaginarios culturales.
Biblioteca Valenciana - CSIC - OEI, Valencia, 3-5 marzo 2003).
Como había sucedido en la Guerra Grande, también la
Guerra del Chaco (1932-1935) contribuyó a la conservación y defensa del
guaraní como expresión de lo nacional y propio. Son éstos entre otros
muchos los referentes sobre los que se apoya parte de la vitalidad del
guaraní en el Paraguay. Este sentimiento llegará a una expresión política
más favorable, primero tímidamente en la Constitución de 1967, en plena
dictadura, cuando en el artículo 5 se declara al guaraní como idioma
nacional, si bien será de uso oficial el español. Mientras tanto se inician
en la educación programas bilingües, que, sin embargo, mal esconden su
voluntad de transición: iniciarse en el guaraní para adquirir mas
fácilmente el español (que por otra parte es el deseo de las clases
populares que atribuyen su falta de oportunidades económicas al guaraní).
A la Constitución de 1992 ya me he referido al
principio.
Esta especie de introducción, necesaria para fijar
algunos puntos de referencia en el panorama de la política lingüística del
Paraguay, de todos modos es insuficiente cuando se trata de analizar la
vitalidad y dolencias del guaraní actual, que debe ser examinado también
desde otros puntos de vista. La política lingüística activa, si bien no
planificada, ha sido llevada a cabo por la sociedad a pesar del Estado, y en
ciertos períodos contra el Estado.
La vitalidad de la lengua guaraní
La lengua hablada por el pueblo paraguayo saca todavía su principal fuerza
y vitalidad del hecho de ser el guaraní una lengua indígena, que forma parte
de un conjunto de lenguas extendidas por amplias zonas de la selva amazónica
y cuyos orígenes se remontan presumiblemente a unos 5.000 años. Toda la
serie de actos comunicativos que se acumulan en la lengua, en sus variedades
dialectales y en sus hablas históricas, constituyen la gran riqueza de la
lengua.
Al hablar esa lengua indígena, el pueblo paraguayo,
prácticamente sin tener conciencia de ello, participa de las complejas
acumulaciones culturales y comunicativas en las que el ser se funde con el
decir. Y no hablamos sólo de léxico, sino de la configuración fonológica y
del arte gramatical. Esa riqueza no está suficientemente ponderada en muchos
de sus hablantes actuales. Hoy en día la sociedad paraguaya de habla guaraní
está como angustiada e inquieta, perpleja y resignada, por un hecho que es
real, pero mal interpretado y descorazonador. Ciertos “estudiosos” de la
lengua, cuya preparación en lingüística es más que discutible, han
difundido la opinión de que el paraguayo no sabe hablar bien su lengua.
En realidad, la totalidad de los hablantes domina
suficientemente y sin confusión la fonética y el sistema fonológico del
guaraní, en sí y en contraste con el español. Es cierto que ha acrecentado
su propio sistema fonológico añadiéndole fonemas del español, y no se da
ya en la actualidad la asimilación de esos fonemas españoles a la
canonicidad del guaraní por vía reductora.
Algo análogo sucede en el campo de las categorías
gramaticales. La estructura gramatical en sus aspectos esenciales se ha
mantenido. Las gramáticas normativas del guaraní paraguayo contemporáneo no
se apartan ni siquiera de la formalidad latinizante de las viejas gramáticas;
lo cual es de agradecer porque se hacen más manifiestas sus concordancias.
Nuevas gramáticas no dejarían de mostrarlas también. Es cierto que se ha
perdido notablemente el juego de los morfemas, términos de relación en la
lengua, aquella abundancia de afijos o “partículas”, que hacía decir a
Paulo Restivo que “si todas las lenguas piden especial estudio para saber
bien el uso de la partículas, mucho más lo pide esta que toda ella se
compone de ellas” (Restivo (1724) 1892, p. 215), aunque ya en aquella época
se dice que se puede hablar “la lengua ordinaria sin esos modos enfáticos”
(ibid.:202).
La gramática del guaraní paraguayo actual, para hablar
de este aspecto estructural y sistemático, mantiene todas las principales
categorías, que despertaron la entusiasta admiración de sus primeros
gramáticos. Desde el padre José de Anchieta (1595) y fray Luis Bolaños
(1607), hasta Lorenzo Hervás y Panduro (1782), pasando por Marciel de
Lorenzana (1593), Alonso de Aragona (1627), Antonio Ruiz de Montoya (1639),
Paulo Restivo (1718; 1724), Ignacio Chomé (1732), José Insaurralde (1759) o
Francisco Legal (1768), para citar a los principales, todos han visto en la
guaraní una lengua “tan copiosa y elegante, que con razón puede competir
con las fama” (Montoya, Tesoro, 1639: ff. prelim).
Las gramáticas contemporáneas, El Idioma guaraní,
del padre Antonio Guasch, con las numerosas reimpresiones de la 3ª edición
(1956), la Gramática guaraní, de Natalia Krivoshein de Canese y
Feliciano Acosta (2001), así como propuestas más innovadoras como las de
Michel Dessaint y Bareiro Saguier y la que yo mismo estoy a punto de sacar,
con el título Ñe’ë paraguái; gramática pedagógica para hablantes de
guaraní, cuando no están servilmente atadas a la categorías del
español que quieren traducir, muestran suficientemente la vitalidad y riqueza
de la lengua hablada por la gente de la calle. “Mirabile pel suo
artificio”, podemos decir todavía con Lorenzo Hervás y Panduro (Idea
dell’Universo 1782: 248).
La vitalidad de la lengua guaraní está en que hay
modos muy delicados y precisos que todavía no han desaparecido en absoluto, y
permiten que el paraguayo y paraguaya que hablan esta lengua puedan sentirse
todavía habitantes –y habitados– de un hermoso palacio, o mejor de una
maravillosa selva, de incontables especies de árboles, de pájaros y
animales, paisajes de amanecer y meridianos, todos ellos raíces y fuentes de
memoria.
Por su parte, los diccionarios de la lengua guaraní,
que han proliferado en estos últimos años, y que tienen como horma –no
siempre reconocida– el del padre Antonio Guasch (4ª ed., 1961), aun
habiendo eliminado los arcaísmos y muchos de los términos de la fauna y
flora, presentan un vocabulario muy abundante, conocido, aunque no siempre
usado, por la gran mayoría de los hablantes. Uno de los más recientes, el Diccionario
Básico (Guasch- Melià 2003), lo confirma.
A este propósito hay que recordar una vez más que una
lengua no es un depósito de palabras ni su riqueza consiste en poder contar
con el mayor número de ellas. Lo importante de una lengua es que cuente con
un número suficiente de términos para asegurar la posibilidad de crear
relaciones que produzcan una gran carga de sentido. La lengua es antes que
nada un arte combinatoria. Esta es la confianza que en la lengua depositaron
los misioneros jesuitas cuando no dudaron de que en esa lengua podían
expresar los misterios más particulares y extraños de la religión
cristiana. Tal vez en ninguna época se sometió la lengua con tanto éxito a
transformaciones semánticas y a neologismos, aunque se incorporaron no pocos
hispanismos.
La vitalidad de la lengua viene, como decía antes, de
su sistematización histórica y cultural, en la cual se han dicho
mitologías, se han narrado historias y “casos” y se han expresado modos
de decir y de decirse que todavía tienen su razón de ser.
Dolencias de la lengua guaraní actual
Por adelantado he hablado ya de algunas zonas frágiles de la lengua en su
situación histórica actual, en las que se insinuarán la dolencias.
Debo decir que muchas de estas dolencias no provienen
tanto de la calle y del pueblo, sino que a manera de un virus hospitalario han
sido desarrolladas y se están difundiendo desde los centros supuestamente
académicos. En otra ocasión hablé de las vías por las cuales se ha ido
expandiendo este guaraní impopular y a qué situaciones críticas ha llegado,
sobre todo a través de algunos programas escolares. Donde se manifiestan con
rasgos más acentuados y tristes esas dolencias es en la escuela (ver Melià,
1999).
Tal vez una de las dolencias más graves viene de donde
debería venir la salud: de sus gramáticos y sus seguidores, los docentes.
Gramáticos y diccionaristas nos creemos con harta facilidad, los dueños de
la lengua, sus emperadores, cuando somos sus empeoradores, citando a Günter
Grass, a propósito del año 1949, en Mi siglo (Madrid, 1999).
Esta dolencia tiene su causa justificada en un hecho por
el que tienen que pasar las lenguas cuando aspiran a la modernidad: su
normalización, por causa de la escritura, y su aplicación en la enseñanza.
Aunque las políticas lingüísticas no se agotan en la
normalización de la lengua, es en ella donde surgen numerosos conflictos, que
apenas enumeraré.
Para la normalización es muy conveniente y casi
necesario la determinación de una fonología y consecuentemente la
representación gráfica de dichos fonemas. Como muchas lenguas indígenas de
América del Sur desarrollaron su escritura a partir de la grafía del
castellano del siglo XVII y XVIII, las interferencias de éste último se
hacen sentir con la fuerza de una tradición. El guaraní tiene también una
historia literaria en la cual se han adoptado diversos alfabetos. La fidelidad
histórica –por otra parte no fácil de determinar, pues se entrecruzan
etapas y sistemas– pugna con criterios más estrictamente fonológicos y
mayor coherencia gráfica. Esta discusión –por otra parte normal en los
medios académicos–, trasladada a los hablantes, deja la impresión de que
la escritura es muy difícil, que ni los expertos se entienden, y que lo mejor
sería que el guaraní no hubiera salido del campo de la estricta tradición
oral.
Hay que reconocer, sin embargo, que desde hace unos
años hay una práctica de escritura bastante consensuada. Las pocas
divergencias que existen –en realidad, casi únicamente la /g/ velar nasal,
grafiada por algunos con el signo de nasalidad superpuesto– son por
desgracia exageradas, hasta tal punto que se establece una marcada división
entre los seguidores de una u otra propuesta. La situación, de momento, es
que los diversos escritores adoptan al respecto uno u otro uso ortográfico,
lo que en realidad no entorpece la lectura.
Más problemática es la asimilación de fonemas
provenientes de otras lenguas sin correspondencia en el guaraní y que hoy son
barbarismos, generalmente hispanismos, corrientes en la lengua.
Hacia una nueva gramática
En el campo gramatical, la gran dolencia es la categorización por
analogía o contraste con el castellano. No se discute la conveniencia y
necesidad de gramáticas contrastivas con el castellano –en tiempos
anteriores, incluso con el latín–, que de hecho han contribuido
notablemente al conocimiento de la lengua. El modelo del castellano o “romance”,
aplicado inteligentemente, no impidió detectar la casi totalidad de rasgos
específicos del guaraní. Por lo demás, lo que se pretendía era construir
gramáticas, diría yo de traducción, para los aprendices de guaraní. Sin
embargo, esta tendencia se ha visto prolongada hasta nuestros días por falta
de análisis más autónomos de la lengua guaraní. Tenemos incluso
gramáticas de la lengua guaraní en guaraní cuya categorización sigue
dependiendo del castellano. Los mismos nombres de las diversas categorías en
guaraní vienen derivados de su conceptuación y formulación en castellano.
En realidad, una gramática guaraní sería la mejor
introducción para la inteligencia y aprendizaje del castellano en los
programas de educación intercultural bilingüe. Pero no es el caso de
momento.
La posibilidades de matiz y exactitud de ciertos
recursos gramaticales se estarían perdiendo por desuso en el guaraní actual.
La pérdida se hace sobre todo sensible en la gran reducción sufrida en el
uso de las “partículas” o morfemas con los cuales las relaciones
gramaticales se expresan con claridad, rigor y buen gusto.
Por último está la dolencia que parece más grave y la
más sentida, y tratándose de lengua, la más audible. Donde tal vez se hacen
sentir con mayor preocupación las pérdidas de la lengua es en el léxico,
con el consiguiente empobrecimiento del conjunto del discurso. No es el único
problema del guaraní el que no muestre el dinamismo suficiente para decir con
palabras propias las experiencias nuevas de la vida –tarea en la que salen
bastante más airosos los pueblos indígenas del Paraguay y de otras regiones–,
sino que está perdiendo incluso por desuso y luego por ignorancia las
palabras de la lengua que todavía podrían expresar su vida. El léxico se va
empobreciendo, como ocurre por lo demás, en no pocas lenguas modernas.
Actúa en ese campo el viejo prejuicio de que la lengua
no tiene “palabras” para los conceptos abstractos y para la expresión de
realidades de la vida moderna, especialmente la tecnológicas.
Cuando se dice que la lengua está empobrecida y hasta
envilecida, en el Paraguay nos solemos referir al léxico. La avalancha de
términos que entran en el habla de la lengua guaraní paraguaya es
enormemente elevado, sobre todo cuando nos movemos en aquellos campos
semánticos llamados modernos, que no son solamente los técnicos. La empresa
llevada a cabo por los misioneros del siglo XVI y XVII que en realidad crearon
un lenguaje cristiano nuevo en guaraní no se ha vuelto a repetir. Lo más
grave es que han caído en desuso palabras que ya pertenecían a la
cotidianeidad de la vida incluso urbana.
La cuestión de los neologismos
En los primeros siglos de contacto fueron incorporadas palabras castellanas
que fueron asimiladas y hoy son hispanismos que forman parte de la
lexicografía guaraní. Este proceso quedó luego casi del todo interrumpido.
La gran dolencia del guaraní paraguayo actual sería su
incapacidad para “hispanimizar” correctamente y su afán de neologizar
incorrectamente. ¿Por qué incorrectamente? Porque los creadores de
neologismos no parecen estar atentos ni a la índole de la lengua ni a las
reglas de la composición guaraní. A todo ello se junta que su punto de
partida para los neologismos es casi exclusivamente la semántica castellana.
De ello resulta que las nuevas palabras guaraní son castellano en guaraní,
sin más. Sólo sabiendo castellano se entiende ese guaraní.
En estas condiciones es de esperar, pues, que el
hablante de guaraní no se sienta reconocido en los nuevos términos que le
proponen y haga de ellos objeto de mofa cuando los escucha.
Hasta aquí he tratado de algunas dolencias de la
lengua, pero habría que decir que estas dolencias se anuncian como
enfermedades precoces cuando llegan a infectar la escuela. Afecciones
prematuras que podrían volverse crónicas y acabar con la lengua.
Un programa saludable
En principio en el Paraguay no hay oposición al guaraní y ni siquiera a
su uso en la escuela. Sin embargo ha ganado impopularidad por el modo como
está siendo impuesto desde ciertas instancias de la educación formal.
Encontramos aquí de nuevo los problemas de la
normalización, cuando ésta no es llevada a cabo con sentido común, que
equivale a criterio científico y pedagógico.
Repercute en la escuela con demasiada frecuencia la
cuestión de la ortografía, sobre todo en los casos en que la usada por el
docente no está en consonancia con los materiales didácticos que por una
razón u otra tiene que usar. Es un asunto en el que el tacto es esencial para
no crear confusiones. Cualquier docente en el Paraguay debería estar en
condiciones de explicar por qué hay varias grafías, aunque él opte por una
y la enseñe. No usar una determinada ortografía no puede tildarse de falta
de ortografía, siempre que se haga con coherencia.
En muchos centros escolares se le otorga a la gramática
una dimensión exagerada, sobre todo si se tiene en cuenta que la gramática
enseñada maneja categorías muy discutibles y poco apropiadas que no
facilitan lo propio de una lengua, que es que sea hablada por una comunidad e
instrumento de comunicación. La pedagogía de la lengua guaraní es en la
mayoría de las escuelas una asignatura pendiente.
“Enseñar en guaraní” y “enseñar guaraní”
debería tener como primera tarea el desarrollar las posibilidades expresivas
a partir de un vocabulario básico que es todavía patrimonio común de la
mayoría de la sociedad paraguaya. El niño y niña paraguayos cuando van a la
escuela ya saben guaraní. Es una aberración pedagógica presuponer que esta
población paraguaya no sabe guaraní. Y es una crueldad crear un guaraní de
escuela diferente del guaraní de la familia. Y ya orilla el sadismo el usar
el local de la escuela y el sistema escolar como lugar y ocasión para imponer
el “dialecto escolar” y tornar impopular la lengua guaraní. Aun los
paraguayos que no saben guaraní conocen palabras y frases hechas que ya son
puerta abierta para iniciar un conocimiento más amplio.
En todo el primer ciclo de la Educación Básica (los
tres primeros “grados”), según mi modesto entender, no habría que
enseñar ni una palabra que exceda ese vocabulario básico. Hay que desterrar
de una vez por todas la práctica de enseñar listas de palabras en el aula.
Ninguna lengua se aprende con esa metodología; profesores de inglés o
francés lo saben perfectamente.
Pero alguien preguntará a qué llamamos vocabulario
básico.
A su manera lo ha dicho el compositor paraguayo Oscar
Nelson Safuán, un fragmento de cuyo texto publicado en el diario Última
Hora; Correo Semanal, de fecha de viernes 31 de octubre de 1997, quiero
citar:
«Existe dentro de nuestra lengua pura, una gama inmensa de términos
atemporales, que no han sufrido ni sufrirán las influencias del tiempo
evolución, como kuarahy, arai, jasy, yvyra, po, y, mombyry, mba'asy,
yvytu, arandu, yvoty, e innumerables otros términos a los que defino
como verdaderos glóbulos rojos del idioma. Extremadamente importantes y
dignos de ser tenidos en cuenta, precisamente, para los programas educativos
[...] Esos programas deben ser estructurados, fundamentalmente, sobre los
términos atemporales puros de nuestro idioma. Clasificarlos
puntillosamente, primero, y distribuirlos criteriosamente después a lo
largo de todo el sistema de enseñanza guaraní.»
Por lo que expuse más arriba el lector se dará cuenta
de las grandes coincidencias en nuestras opiniones. Sólo quisiera anotar
alguna precisión conceptual. A los términos “atemporales” yo los
llamaría “tradicionales”, ya que en ellos ha cristalizado una historia de
significaciones: ni siquiera kuarahy es hoy lo mismo para un grupo
indígena como los Mbyá o los Chiriguano que para el paraguayo, y lo mismo se
diga de jasy, que trae incluido en sí mismo múltiples sentidos. Jasy
ra’y nteko ojovahéi hína alude al mito mbyá de la prohibición del
incesto, por una parte, y al cambio climático, cuando va a llover, como saben
los antiguos habitantes del Guairá. Cada palabra al fin y al cabo es un
núcleo del que puede salir una historia.
Si se enseñan las palabras del guaraní en contextos
proverbiales –ñe'ẽnga–, poéticos o narrativos, adquieren una
profundidad de vida y un resplandor simbólico que despiertan la admiración.
Buena poesía guaraní no falta y hay libros con excelente prosa narrativa.
Si los adolescentes salieran de la escuela comprendiendo
y pudiendo utilizar el vocabulario que está presente en un libro como Las
cien mejores poesías en guaraní, de Pedro Encina Ramos y Tatajyva (2ª
edic. 1997) tendrían lo suficiente para expresarse en buen guaraní y estar
compenetrados con una parte significativa de la cultura paraguaya.
Recuperar lo recuperable del guaraní antiguo puede ser
también una de las tareas de la escuela, con tal de que se haga de modo
gradual y prudente. Que se tenga que consultar alguna vez el diccionario no va
contra el principio de lo tradicional. El palacio de la memoria lingüística
tiene muchas cámaras y recámaras, salones nobles, cocinas y retretes, y el
dueño no conoce necesariamente todos los recovecos de su castillo. Descubrir
la lengua es apasionante.
¿Quiere esto decir que hay que renunciar a la creación
de neologismos? De ninguna manera. El dinamismo de una lengua se manifiesta en
la producción y puesta en circulación de vocablos y expresiones conforme a
las nuevas condiciones de vida. Pero en el guaraní esta labor requiere
estudios serios y estrategias adecuadas de adopción y de divulgación. En
ningún caso es la escuela, en sus primeros grados, el lugar adecuado para
tomar a los niños como conejillos de Indias para una aventura tan peligrosa e
imprevisible. Uno de los mayores problemas de la escuela bilingüe en el
Paraguay es el de verse convertida en laboratorio de normalización y
aprendizaje masivo de neologismos cuando éstos están todavía lejos de estar
bien definidos y ser aceptados por la comunidad hablante. Muchos docentes,
debido seguramente a una formación deficiente, no respetan los niveles ni
grados en la enseñanza del guaraní ni en el uso del guaraní como lengua de
enseñanza.
La impopularidad del guaraní en la escuela viene
precisamente de que se lo haya querido uncir a la pesada carreta de la
educación formal y a su odiado poder coercitivo. Ya es insoportable un
sistema educación demasiado rígido, ¡cuánto más cuando se impone un modo
de hablar que no es el de la familia y ni siquiera el de la comunidad!.
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