En Cartagena de Indias, “un párpado de piedra bien cerrado” por murallas
frente el mar, concluía el 29 de marzo el IV Congreso Internacional de la
Lengua Española. Las emociones de los encuentros y los encantos de las
novedades ya han entrado serenamente en la memoria. Las notas y comentarios
que siguen no son, pues, periodismo del día siguiente ni crónica puntual de
actos y actividades; sólo tal vez una reflexión sobre una y otra lengua, en
las que vivo ordinariamente, entrañables, instrumentos utilísimos de
comunicación, que también son mías: el castellano, o español, y el
guaraní.
La galaxia castellana
Entre mi lengua propia, la primera y materna, que es el mallorquín, y una
tercera lengua, aprendida por elección afectiva y de la que tanto he
recibido, el guaraní, está esa otra lengua castellana que me es patrimonio
común con otros 400.000.000 (así con números que impresionan más) de
hablantes que habitan las geografías más dispares. Pertenezco a tres lenguas
y todas ellas me sirven. Amigo de una lengua millonaria de la que me beneficio
en mi pobreza.
He participado en ese congreso con gusto y admiración, con orgullo y sin
complejos. A decir verdad lo he vivido en continuo contraste con la lengua
guaraní, una referencia siempre presente. Si ellos lo hicieron, ¿por qué no
yo? Aunque la galaxia castellana –he notado que Gabriel García Márquez se
decanta más por esta denominación– esta hecha de muchos y sorprendentes
mundos, no hay en fin de cuentas tantas diferencias con una lengua minimalista
como el mallorquín de mi cuna, con sus 500.000 hablantes apenas, el guaraní
con sus más de 6.000.000, y el castellano hablado en toda Hispanoamérica y
apartados y distanciados rincones del vasto mundo. En realidad el castellano
agonizaba a principios del siglo XX, y aun en su esplendor de hoy no le faltan
zonas oscuras. Las lenguas nacen, crecen y a veces mueren. Y ninguna está
fuera de las leyes de la vida.
El Congreso se realizó en olor de multitudes. No sólo los supuestos
sabios de las academias y los grandes de la comunicación, sino también una
población de 7.500 participantes de viva escucha.
En realidad fueron dos congresos. El de la Asociación de Academias de la
Lengua Española, del 21 al 24 de marzo en Medellín, libre de su triste etapa
de narcotráfico y que hoy se dice “la más educada”, orgullosa al
proclamar que ahí “se habla español”, y el de Cartagena. En el primero
se aprobaron el reglamento y estatutos de la asociación de las 22 academias,
se presentó el Diccionario esencial de la lengua española (2007) y se
aprobó el texto básico de la Nueva gramática de la lengua española, que se
espera saldrá a luz en 2008.
El homenaje a Gabo
El Congreso de Cartagena, del 25 al 29, se abrió con el esperado homenaje
al Gabo, por sus ochenta años, por sus 40 años de escritor, por los 25 de su
premio Nobel, con derecho a presencia de Sus Majestades los Reyes de España,
presidente de Colombia Álvaro Uribe y ex-presidentes –hizo su aparición
inesperada Bill Clinton– en una fiesta de palabras ofrecida por sus grandes y
sinceros amigos –Belisario Betancur, Tomás Eloy Martínez, Antonio Muñoz
Molina, introducidos por Cesar Antonio Molina, director del Instituto
Cervantes–. Cuando se le entregaba a García Márquez el primer ejemplar de
la nueva edición de Cien años de soledad, cayó del alto “cielo” del
auditorio una sorprendente “llovizna de minúsculas flores amarillas”, una
tormenta silenciosa que recordaba la macondiana muerte de José Arcadio
Buendía. Comenzaban otros cien años de gloriosa muerte-vida. Entonces con la
música de los niños valletanos, aquello fue un alboroto, y vinieron los
abrazos de quienes pudieron llegarse hasta él.
Las sesiones plenarias encararon la fuerza y debilidad de la lengua. El
martes, “el español, lengua de comunicación universal” y el miércoles
“ciencia, técnica y diplomacia en español”. Si el número de hablantes
de español muestra una curva siempre ascendente, constante y prometedora –ése
es su futuro de gloria y esperanza– tiene también su talón de Aquiles que
puede entorpecer su carrera: en el lenguaje científico, en el ámbito
diplomático y en el mundo del Internet. Raramente es lengua de trabajo en
muchos congresos internacionales y foros mundiales.
Es cierto que en el mercado y en los negocios la lengua española es cada
día más cotizada. Las cifras cantan. La lengua tiene un gran valor
económico y para hacerla todavía más rentable está la literatura, la
canción, el arte y la televisión. Para mejor vender sus “culebrones”
televisivos, la jerga local de Venezuela o de Colombia cede el paso un
español más universal y común.
La enseñanza del español en países como Brasil, por ejemplo, requerirá
en los próximos años 200.000 profesores; estudiar español es una buena
inversión. “Hay que pedir militancia al científico y al político”,
exige el director del Instituto Cervantes.
Hay que reconocer el pragmatismo de una institución como la Real Academia
de España que se abre a todos los hablantes del español, acepta todas las
palabras que pueden surgir de la boca del pueblo, y casi siempre da su
bendición a las novedades. Sus diccionarios se renuevan día a día y se
diversifican en nuevos formatos adaptados a las diversas necesidades del
hablante, sea estudiante o científico, diplomático o escritor. Unidad en la
diversidad, ha sido el lema de este congreso sobre el presente y el futuro de
la lengua española. La lengua española mantiene de hecho una gran unidad con
un 93% de palabras que son comunes para quienes la hablan y la comunican por
escrito u otros medios audiovisuales.
Aplicación al guaraní
Pues bien, todos estos datos y hechos, las loas entusiastas y la voces de
alerta, la alegría de vivir en una lengua amurallada en el recinto seguro de
su unidad, al mismo tiempo que abierta a los cuatro vientos cardinales de
influencias y de ataques, a las suaves brisas de la conversación amigable y a
las tormentosas corrientes de la injuria y la calumnia, los he vivido desde la
analogía y el contraste con el guaraní.
Me decía que no hay una lengua mejor que otra, cuando ambas son humanas.
La culpa de los fracasos y la euforia de los éxitos provienen de quienes la
hablan, la aman, la promueven y la planifican. Estar siempre quejándose de
que los otros no me dejan hablar es estúpido masoquismo. Entregar al lengua a
un Estado, especialmente cuando éste es poco democrático, es una aventura
peligrosa.
La lengua sólo muere cuando nos callamos y la callamos, cuando por opción
nos negamos a reproducirla, es decir a hablarla, en lo íntimo de la casa y en
el ajetreo de la calle. Hay en cualquier lengua un potencial generativo que se
nutre de opciones y voluntades acertadas y consistentes.
El guaraní no carece de méritos para afirmarse. En el siglo XVI tenía
casi un tercio de los hablantes del castellano; en su diversidad mostraba una
gran unidad. Casi al mismo tiempo en que Sebastián de Covarrubias publicaba
en Madrid el primer diccionario que llamó Tesoro de la lengua castellana, o
sea española, en 1611, el jesuita Antonio Ruiz de Montoya trabajaba ya lo que
sería el Tesoro de la lengua guaraní, publicado también en Madrid en 1639.
Las lenguas son ricas por sus palabras, las usadas y las registradas, pero
más todavía porque con ellas se forman frases y oraciones nuevas, algunas
que nunca serán repetidas, en las cuales brilla la creación y la
inspiración. Y lo decimos en el hablar de cada día, en el discurso político
o profético, en el floreo de la poesía o en el canto ceremonial y festivo.
Las lenguas viven y se mueven al ser habladas. Están en el pueblo y son del
pueblo. Los gramáticos y diccionaristas las escuchan y las recogen, y con
ellas forman un tesoro de palabras que no son sólo piedras precisas y
preciosas amontonadas, sino componentes de variados aderezos y joyas variadas
y deslumbrantes cuando están ordenadas con gusto y con gracia, con arte e
imaginación. Todo esto lo consiguió y lo consigue el guaraní, en el campo y
en la ciudad, en lo coloquial y en lo solemne. Para muchos pobres su lengua es
su único tesoro.
La fuga del pájaro campana
Gran parte del tesoro guaraní se echó a perder por desánimo e incuria.
Los arquitectos de la lengua renunciaron a construir, los políticos cerraron
los oídos y no abrieron espacios dignos para la expresión. Preferimos la
soja a la selva; indígenas y campesinos son “los que tienen que morir”.
En esa tierra que fue selva no hay lugar para orquídeas y el canto del
pájaro campana enmudece.
Pero no todo está perdido. Uno vuelve de un congreso como el de Cartagena,
con planes e ideas que, con los debidos cambios, pueden ser aplicados al
presente y futuro del guaraní. Siento con toda convicción que habiendo
pueblo hay futuro. Que hable como quiera, pero que hable.
El guaraní de los primeros mestizos fue tradicionalmente una jerigonza y
algarabía intolerable; lo sigue siendo. Gracias a Dios, sustentaron el mejor
guaraní los indígenas que provenían de las misiones franciscanas y
jesuíticas, que a su vez se mestizaron, pero que permanecieron masivamente en
sus lugares de origen. Ellos reguaranizaron el Paraguay después de la Guerra
del 70, pero se encontraron sistemáticamente apartados y alejados de las
decisiones políticas, cada vez más en manos de los advenedizos del comercio
y usurpadores de la propiedad rural. Fueron dejados sin tierra y sin palabra.
A los de habla guaraní, se les ha dejado sin educación y sin recursos. En
nombre de la lengua se insistió en hacerlos pobres, cada vez más pobres. El
resultado es un país fragmentado.
Las dos culturas de esta nación, si es que hay una sola nación en estos
momentos, hace tiempo que no dialogan entre sí. La unidad en la diversidad y
la equidad en la diferencia no entran en la política. La discriminación
latente, pero no menos persistente, contra los indígenas guaraníes está
llevando a caminos sin salida. Por esto se ha inventado la esdrújula teoría
del bilingüismo que nos mantiene entre dos aguas sin poner pie firme en
ninguna de las dos orillas. Por qué no recuperar el orgullo de un guaraní
nacional, mayoritario y sujeto de derechos inalienables, no sólo en la calle,
sino el palacio de gobierno, en el palacio de justicia y en el palacio del
congreso. Pero ¡qué ridículos los palacios donde no hay casas! El guaraní
es ante todo la lengua nacional, y si se quiere también oficial, lengua
propia del Paraguay, la única realmente hablada por todos hasta después de
la Guerra del Chaco, aun cuando los bolsones y enclaves de los
no-guaraníhablantes se hacían ya sentir en sus espacios exclusivos y
cerrados.
Es claro que también el guaraní tiene su talón de Aquiles: desarrollo
científico mínimo, uso oficial nulo, presencia en el Internet limitadísimo
(e incluso más fuera del Paraguay que dentro).
Los lingüistas no hacen la lengua, pero ¡ay de una lengua sin
lingüistas! La ausencia de un trabajo literario y científico serio y
planificado ensombrece el futuro. Parecen lujos, pero no lo son, los pacientes
estudios de gramática histórica, diccionarios de los siglos XVII y XVIII,
recuperación de palabras arcaicas, compilación de textos indígenas
actuales.
La crisis del bilingüismo
Nadie, con buen acuerdo, está contra el bilingüismo, en el sentido de que
sepamos una segunda y una tercera y una cuarta lengua, destino manifiesto para
los paraguayos de mañana. Pero hay que partir de una, sabida no de cualquier
manera sino con perfección, en la medida de lo posible. Aun los que no saben,
no quieren saber y no quieren que otros sepan hablar en guaraní, como repite
nuestro compañero Ramón Silva, quieren saber también otra lengua, pero
prefieren despreciar a otros paraguayos no hablándoles en su lengua. Es la
política de la exclusión, de la expulsión y de la distancia; es el muro de
Berlín levantado dentro del Paraguay, construido tenazmente por poderes
económicos y culturales que nos separan de nosotros mismos.
Mi amado castellano se sentiría más fortalecido si se supiera mejor el
guaraní. De una no lengua es difícil pasar a una lengua.
Por ahí anduvieron mis reflexiones en el Congreso de la lengua española,
en el salón Zacatecas, en un miércoles por la tarde, compartiendo con
colegas del mundo quechua, centroamericano, nahuatl, maya y chibcha, en un
panel sobre “el español en convivencia con las lenguas indígenas de
América”. Después de todo a los cantos fúnebres de mis colegas a lenguas
desaparecidas, pude hacer ver que hay una lengua indígena, que por estar viva
y ser lengua de un estado latinoamericano, se le pueden cantar cantos de
gloria y de esperanza.
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