El "modo de ser" guaraní en la primera documentación
jesuítica (1594-1639)
Por: Bartomeu Melià, 1981
[*]
El conocimiento del "modo de ser" y realidad cultural de los
Guaraní es una cuestión preliminar y obvia para el análisis del proceso
colonial, del que el proceso reduccional jesuítico no es sino una variante
[1].
Para este conocimiento etnográfico de los Guaraní, la
documentación jesuítica, aunque no única –está también la de otros
clérigos, así como la de pobladores, soldados y funcionarios de la colonia–
es ciertamente la que registra la mayor y más importante cantidad de datos.
Fuentes documentales
Lo mejor de la documentación etnográfica de los jesuitas respecto a los
Guaraní se concentra de hecho entre los años 1594 y 1939, tomando como
referencia límite dos documentos importantes: la carta del padre Alonso Barzana
a Juan Sebastián (1594) [Pulicada en Furlong 1968] y la Conquista Espiritual
del padre Antonio Ruiz de Montoya (1639) [Usamos la edición más moderna:
Montoya 1892]. Es el período en el cual se dan los primeros contactos de los
jesuitas con las naciones genéricamente conocidas como Guaraní, cuando se
realizan "entradas" en regiones hasta entonces poco o nada
"batidas del español", y se establecen nuevas reducciones.
La información etnográfica se halla, sobre todo, en
aquellas cartas en las que se narra la fundación de las sucesivas reducciones
[2]. Estas cartas de "fundación"
presentan la característica de contar los sucesos diversos que acaecían en los
primeros contactos entre jesuitas y Guaraní, por vista de ojo y de forma
bastante directa e inmediata. Estas cartas son la fuente primera y principal. Y
de paso hay que notar que es la menos citada –y probablemente también la
menos conocida– por los mismos historiadores.
Junto a las cartas de los misioneros particulares que
vivían in loco los sucesos del proceso reduccional, deben ser vistas las
llamadas cartas anuas de los superiores provinciales
[3]. Estas incluyen con frecuencia largos
fragmentos de cartas remitidas por los propios misioneros particulares del lugar
y presentan la ventaja de ofrecer un cuadro general de las situaciones distintas
en que se encuentran los jesuitas según los distintos lugares y momentos de sus
relaciones con los indios. En una misma carta anua se puede leer la
excelente acogida de los Guaraní a los jesuitas en un lugar, mientras que en
otro los jesuitas son asesinados por los Guaraní, lo que indica la complejidad
de factores que determinaban el comportamiento indígena frente a las nuevas
formas de vida introducidas por los padres. Las cartas anuas presentan
ya, eventualmente, una elaboración secundaria de la actividad misionera entre
los indios, con acentuadas intenciones apologéticas, pensando incluso en un
lector europeo que debe quedar edificado con tanto heroísmo de los jesuitas, y
maravillado con el modo de ser tan curioso de aquellos "bárbaros".
Respecto a las cartas de los misioneros particulares, estas cartas anuas
provinciales representan una versión más ideologizada.
Otra fuente documental para la etnografía guaraní de la
época, de la cual prácticamente no se ha sacado todavía ningún partido, son
los trabajos lingüísticos del padre Montoya, en especial el Tesoro de la
lengua guaraní (1639) y las páginas dedicadas a los nombres de
parentesco que figuran en el Catecismo de la lengua guaraní (1640)
[4]. Está implícita en estos trabajos la
mejor etnografía de los Guaraní tal como "se vivían" ellos mismos
en su lengua, lugar privilegiado en el que se expresa la cultura de un pueblo.
La Conquista Espiritual (1639) del mismo Antonio
Ruiz de Montoya es la única crónica contemporánea de las primeras
reducciones [5]. Viene a ser un memorial casi
autobiográfico de las actividades de Montoya entre los Guaraní, que ilustra
con detalle las diversas situaciones políticas y culturales a través de las
cuales procedía la reducción.
Posteriormente a esta fecha referencial de 1939, la misma
documentación jesuítica pierde relevancia en términos etnográficos
[6]. El período de entradas y primeros
contactos está prácticamente cerrado, y los cambios que se operan en las
reducciones se refieren a traslados y reubicación de pueblos de indios ya
reducidos. Consecuentemente los jesuitas hablan cada vez más de la evolución,
progresos y problemas de los pueblos y doctrinas, mientras que las referencias
al estado "primitivo" de los Guaraní se hacen menos frecuentes.
Metodología etnohistórica
De la lectura de las fuentes citadas, ¿pueden extraerse datos suficientes y
apropiados para la reconstrucción de la realidad cultural guaraní previa a los
primeros contactos coloniales o por lo menos concomitante con ellos?.
En la documentación ciertamente no se encuentra lo que
pudiera ser considerado un tratado etnológico sobre cultura guaraní. No se
cuenta para los Guaraní con aquella documentación relativamente bien
sistematizada con que fueron dados a conocer los Tupinambá del área de
colonización portuguesa y francesa
[7].
De todos modos, las referencias respecto a los Guaraní de
los siglos XVI y XVII, aunque dispersas y por lo mismo difíciles de ser
inventariadas y detalladas, no dejan de ser numerosas y ricas en contenido.
Incluso, a pesar de lo dicho, no faltan algunas páginas en las cuales se
presenta un cuadro general de cómo el jesuita llegó a ver lo que creyó más
característico del modo de ser de los Guaraní. Así en la carta de Barzana
(1594) se aborda expresamente algo de «su religión, gobierno, costumbres,
vestidos, comidas, cantos» [Cf. Furlong 1968: 93]; el capítulo X de la Conquista
Espiritual responde precisamente al título de «ritos de los indios
guaranís» [Montoya 1892: 49-54]; un informe de un jesuita anónimo –que tal
vez sea el padre Marciel de Lorenzana– presenta en 1620 una apretada síntesis
del estado cultural y político en que se encuentran los indios relacionados con
la colonia paraguaya [MCA I, 1951: 166-174]; y está también un fragmento de
una carta de Montoya que trata un poco más detenidamente de las «fábulas y
supersticiones que esta gente tiene» [Anua de 1628, en MCA I, 1951:
271-275].
Pero lo más importante en la documentación conocida no
son estos esbozos de cultura guaraní algo sistematizados, sino el conjunto de
datos en los que el modo de ser indígena aparece en acción, como práctica
propiamente cultural, que es al mismo tiempo práctica política, de los
Guaraní frente a ese otro sistema que se introduce entre ellos y pretende
mudarlos. En la confrontación los dos sistemas se juzgan mutuamente y, entrando
en crisis, se revelan. Por eso mismo las cartas, las de fundación sobre todo,
tienen que ser leídas a modo de diario de campo que recoge impresiones
inmediatas, casos particulares, anécdotas, contrastes llamativos, sin que haya
habido tiempo para formular una visión de conjunto y mucho menos sistematizar
los conocimientos en una totalidad integrada, como podría desear un etnólogo
actual. Aun así, muchos de estos escritos misioneros superan –como hacía
notar Malinowski a propósito de misioneros de otras latitudes y de época mucho
más moderna [Malinowski 1976: 33]– a la mayoría de relatos tenidos como
científicos, en plasticidad, vivacidad y realismo. Los detalles, la reflexiones
directas, los imponderables de la vida real que se acumulan en las páginas
misioneras son tantos que constituyen una buena base para una reconstrucción de
la realidad, con tal que se aplique una metodología y unas reglas de
interpretación adecuadas.
Tal vez la clave hermenéutica más importante para
abordar la lectura de la documentación jesuítica es la que tiene en cuenta su
"reduccionismo"
[8]. Los jesuitas que escriben sobre los
Guaraní están actuando existencial e ideológicamente en un proceso de
"reducción a la vida política y humana" del indio guaraní, como
condición para la reducción a la fe y vida cristiana.
Desde el punto de vista etnográfico el reduccionismo
opera sobre todo de dos modos: fragmentando la realidad y traduciéndola a otras
categorías. De hecho las dos operaciones se condicionan mutuamente. Los datos
consignados en los documentos escritos son fragmentarios, no sólo porque no
abarcan todos los aspectos de la vida real de los Guaraní –limitación
inherente de suyo a cualquier intento de documentación etnográfica–, sino
porque no dejan de ver esa realidad ya traducida según las categorías propias
del observador, que en ningún momento se desprende de su condición de
"reductor". Al hacer la traducción de la realidad guaraní a la
mentalidad misionera de aquel momento histórico, esa realidad en seguida es
relativizada, connotada y modificada a partir de un sistema de significado
ajeno. Los problemas de fragmentación y traducción reductiva son comunes a
casi toda la literatura etnográfica, y no exclusivos de esta literatura
jesuítica aquí considerada.
Lo específico de la "reducción" jesuítica
está en el modo concreto como serán determinados los aspectos de la realidad
guaraní que deben ser reducidos, como serán conceptuados y como serán
tratados "políticamente", es decir, a través de actos que pretenden
decididamente el cambio cultural. La realidad guaraní es vista no tanto en sí,
cuanto en contraste con el ideal de hombre político y humano, que es de hecho
el hombre "reducido". Al hombre guaraní real se le pretende sustituir
el hombre "reducido". Esta ideología connota y especifica la
documentación jesuítica sobre los Guaraní, aunque en distinto grado según
los aspectos tratados.
De este modo se puede considerar que el
"reduccionismo" no se extiende ni es aplicado uniformemente de la
misma manera sobre todo el campo etnográfico. Había formas de la realidad
guaraní que aparentemente contrastaban poco o apenas interferían en la
proyectada redución. Tales eran ciertos comportamientos rutinarios o elementos
de cultura material, los cuales podían ser considerados como más neutros, y
así son presentados más objetivamente. Otras formas, en cambio, eran
inmediatamente juzgadas como incompatibles con la "vida política y
humana". Tales eran la desnudez, la poligamia, las "borracheras"
y los ritos "supersticiosos", las "hechicerías" y la
antropofagia, y así eran vistas e ideologizadas negativamente.
De hecho, sin embargo, siendo la "reducción" un
proyecto global, afectaba prácticamente la totalidad de la cultura guaraní,
como puede verse en lo que se refiere a casas y aldeas, actividades de
subsistencia, sistema de parentesco, organización social, formas de gobierno,
etc. Todo era juzgado y "criticado" desde el punto de vista
reduccional; no se puede leer un discurso etnográfico misionero fuera de esta
perspectiva. Por otra parte, esta constatación no lo invalida, pero sí lo
relativiza [9].
Hay que notar también que entre los jesuitas de la misma
época se dan diferencias notables en la manera de ver y conceptuar la realidad
guaraní, dependiendo ello en parte del modo que tiene cada misionero de
situarse dentro de aquella realidad, de sus puntos de vista personales, de su
capacidad de adaptación, de su mayor o menor equilibrio emocional, sin que se
deba descontar el consancio, el hambre, la enfermedad o las incomodidades del
día, que no poco influyen en cualquier escritor
[10]. Mientras un misionero describe la gran
abundancia de los Guaraní, otro no comenta sino su penuria y lo desabrido de
sus comidas [11]. Es un ejemplo, entre otros, de la
subjetividad documental del misionero.
Admitida la posición reduccionista, que afecta tanto al
contenido como a la forma de la documentación jesuítica colonial, ¿sería
todavía posible revertir los datos de que se dispone hacia la búsqueda de una
totalidad guaraní?. En otros términos, ¿se puede, con los elementos
etnográficos de la documentación jesuítica, reconstruir una etnología
guaraní?.
De dos recursos parece que se puede echar mano. Uno
consiste en la lectura atenta de las mismas fuentes, comparando textos
análogos, analizando las divergencias, intentando desideologizar los trazos
más prejuzgados, valorando la mayor o menor autenticidad de los diversos
autores, a fin de reencontar las constantes de la visión que los jesuitas hayan
podido tener de los Guaraní.
Con el otro recurso se intenta semantizar distintamente
los elementos suministrados por la documentación jesuítica según la totalidad
cultural de los Guaraní actuales. No se trata de buscar simples coincidencias
ni de superponer rasgos semejantes, ya que entre los Guaraní actuales y los
"históricos" media un largo proceso de interferencias exteriores que
ha producido cambios significativos; sino de procurar las categorías
fundamentales para una reestructuración semántica que sea auténticamente
guaraní. Los conocimientos que se tienen de la cultura guaraní actual, gracias
a los trabajos de Nimuendajú, Cadogan y Schaden, permiten apelar a este recurso
con seriedad [Cf. Nimuendajú 1914 (y 1978); Cadogan 1959, 1971; Schaden 1954; Melià-Grünberg 1976].
Ñande reko
Discernidas, pues, las fuentes y determinado el recurso metodológico,
¿cómo se presenta en ellas la realidad cultural guaraní?. Sin entrar en el
análisis diferenciado de los principales aspectos fundamentales de la cultura
guaraní, lo que rebasaría los límites de este ensayo, se puede detectar en la
documentación examinada una categoría que parece realmente esencial en el
pensamiento y en la expresión de los Guaraní "históricos", y que
también aparece con la misma importancia en los Guaraní actuales. Es la
noción de ñande reko, que puede ser traducido como "nuestro modo
de ser", pero que encierra también otros significados.
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Viejo Paĩ-Tavyterã, con su brillante tembetá. «Vivamos al
modo de nuestros pasados...» [Montoya 1892: 221].
Foto G. Grünberg.
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Hay que decir que este "modo de ser" guaraní
viene explicitado sobre todo cuando se da la confrontación de dos modos de ser,
el de los Guaraní y el traído por la colonización hispánica, de la cual el
de los jesuitas es sólo una variante. Las formulaciones más explícitas del
modo de ser guaraní aparecen en aquellas situaciones críticas en las que los
indios se sienten amenazados en su propia identidad; es en el momento en que van
a ser "reducidos" cuando ellos más se declaran irreductibles, y
justifican su posición –y su reacción– apelando a su "modo de
ser", es decir, a su cultura particular y diferente y a su identidad
específica.
Véase por ejemplo cómo se articula, en 1628, la
oposición guaraní a la entrada "colonial" del misionero en términos
precisamente de irreductibilidad cultural. Habla Potirava, intentando convencer
a Ñesú, dirigente religioso de aquel lugar, para que rechace la intromisión
misionera:
«Yo no siento mi ofensa ni la tuya; sólo siento lo que esta gente
advenediza hace a nuestro ser antiguo (así llaman ellos su antiguo modo de
vida) y a lo que nos ganaron las costumbres de nuestros padres. ¿Por
ventura fue otro el patrimonio que nos dejaron sino nuestra libertad? [...]
¿No han sido hasta ahora común vivienda nuestra cuanto rodean esos montes,
sin que adquiera posesión en nosotros más el valle que la selva?. Pues
¿por qué consientes que nuestro ejemplo sujete a nuestros indios, y, lo
que es peor, a nuestros sucesores, a este disimulado cautiverio de
reducciones?» [Blanco 1929: 525].
La autenticidad de este discurso viene apoyada en el hecho
de que también Montoya, en su Conquista Espiritual, lo trae. Su versión
es distinta, pero mantiene las mismas ideas fundamentales [Montoya 1892:
228].
Cuando un jesuita intentaba fundar reducciones en el
Itatín,
«uno de los principales caciques le dijo con mucha determinación y
dureza que se volviese para su tierra porque ellos no habían de admitir
otro ser (su frase es ésta) al que sus abuelos heredaron» [Carta Anua de
1632-1634, ms. en la Biblioteca Universitaria de Granada, Caja A 40: f. 273].
Varios pasajes de la ya citada Conquista Espiritual
expresan dramáticamente en qué términos se daba el conflicto cultural y
político, lo que permite inferir cómo los Guaraní, sobre todo los
"hechiceros", en realidad los chamanes, conceptuaban su cultura en
contraposición con la nueva y extranjera.
«Los demonios nos han traído a estos hombres –decía uno de estos
dirigentes a su gente–, pues quieren con nuevas doctrinas sacarnos del
antiguo y buen modo de vivir de nuestros antepasados, los cuales tuvieron
muchas mujeres, muchas criadas y libertad en escogerlas a su gusto, y ahora
quieren que nos atemos a una mujer sola. No es razón que esto pase
adelante, sino que los desterremos de nuestras tierras, o les quitemos las
vidas». Y, enfrentando con los mismos misioneros jesuitas, «salió
diciendo a voces: "Ya no se puede sufrir la libertad de éstos, que en
nuestras mismas tierras quieren reducirnos a vivir a su mal modo"»
[Montoya 1892: 57-58].
Otro chamán, siempre en la versión del padre Montoya, se
expresaba de este modo contra la reducción:
«Vivamos al modo de nuestros pasados; ¿qué hallan estos Padres de mal
en que tengamos mujeres en abundancia?. Por cierto es locura que, dejadas
las costumbres y buen modo de vivir de nuestros mayores, nos sujetemos a las
novedades que estos Padres quieren introducir» [Montoya 1892: 221].
Como puede verse en los textos citados, hay una referencia
continua al modo de vivir y al ser propio de los Guaraní. Esta
referencia normativa a un modo de ser específico está en el centro de todas
las argumentaciones de aquellos Guaraní "históricos". Los jesuitas,
al recoger estos propósitos, tienen interés en señalar que este lenguaje es
del todo auténtico, al añadir ellos mismos entre paréntesis que "así
llaman ellos a su modo de ser antiguo" y que "su frase es ésta".
La palabra que se adivina directamente detrás de estas
expresiones en castellano es el término teko. Según Montoya, en su Tesoro
de la lengua guaraní, se atribuyen a teko estos valores semánticos:
«ser, estado de vida, condición, estar, costumbre, ley, hábito». Las
ejemplificaciones lexicográficas que añade Montoya explicitan todavía más su
sentido:
«Teko'a: cogerle su costumbre, imitar [...] Teko katu:
buena vida, libre. Teko katu dicen a los salvajes que viven como
bestias. Teko katu ahê: éste es un salvaje [...] Teko yma:
proceder antiguo. Teko yma nde heja aguyjetei: es bien dejar las
costumbres antiguas. Oñemboeko yma angaipávari: ha hecho callos en
el pecado» [12].
El traductor al guaraní de la Conquista Espiritual,
allí donde el castellano decía "costumbres" y "modo de
vivir", restablece la expresión ñande reko –o formas derivadas–,
sabiendo perfectamente que ella reproduce adecuadamente la expresión original
del discurso indígena y que es bastante improbable que se pueda haber usado
otro modismo en su lugar:
«Ñande ruveta ha'e ñande mongakuaa haguérami ñote ke jaiko xe ryvy
reta... Mba'e ramo pãnga ãva'e ñande Pa'i nombokatui ñande reko
ijojaeteramo jepe ñande ypykue jeesaereko hague rehe? Mba'e ramo pãnga ko
ñande jekohu aguyjei katu habangue omokañy mota rau ñande hegui teko pyahu
ase moãngapyhy katu haveỹ rehe ñande mbojepokuaa aubo. Kone ñande rekorã
xe ryvy reta?» [Manuscripto 1879: 310. Cf.
Nota 5. La negrita de este texto es nuestra].
Al recuperarse en este texto la expresión guaraní,
aparece todavía más clara la confrontación de dos modos de ser, de dos
culturas: el ñande reko tradicional y el teko pyahu, el sistema
nuevo, que no puede satisfacer a los Guaraní.
El capítulo que en la misma Conquista Espiritual
llevaba el título de "Ritos de los indios guaranís", recibe la
siguiente versión: Ikarai e'ỹ va'e rekokue rau, que significa
literalmente: Detestable antiguo modo de ser de los no cristianos [Manuscripto
1879: 106].
La existencia y la conciencia expresa de un modo de ser
guaraní específico es un dato que aparece con bastante frecuencia en la
documentación examinada.
Aquí conviene anotar que la referencia a un teko
como forma de vida propia y como definición de identidad es también una
constante en la expresión de los Guaraní actuales, especialmente cuando marcan
su diferencia frente a otras sociedades que continúan amenazando su libertad y
su derecho a ser ellos mismos.
Los Paĩ-Tavyterã, que no son otros que los antiguos
Guaraní del Itatín, designan su auténtico y verdadero modo de ser como teko
katu:
«Por lo que hemos podido escuchar, los Paĩ conciben el teko katu
como regla de lo que el Paĩ es y hace, o mejor dicho, de lo que debe
ser y debe hacer. El teko katu lo constituyen una serie de ideas, de
categorías, de leyes y normas, pautas de comportamiento y actitudes que son
las que definen el modo de ser paĩ. Para el Paĩ el teko katu
es una especie de conciencia que configura además su identidad... Cuando el
Paĩ se piensa como tal Paĩ, lo hace según el sistema y palabras
del teko katu» [Melià-Grünberg 1976: 186-187].
En Montoya, el significado primero de teko katu es
también: «buena vida, libre», pero ejemplifica en seguida: «teko katu
dicen a los salvajes que viven como bestias» [Montoya 1876: f. 364]. Con ello
no hace sino confirmar que los Guaraní no reducidos, y que tampoco querían
reducirse, definían su autenticidad y su identidad en términos de teko katu;
sólo que, a través de un proceso semántico que la historia colonial reproduce
frecuentemente, lo más cualificado de una cultura, en este caso el teko katu,
pasa a ser objeto de desprecio y tenido como signo de salvajismo y barbarie.
Un espacio cultural
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Aldea tupinambá, según Hans Staden (1557). «a su antigua usanza... en
tres, cuatro o seis casas solas...» [Montoya 1639 a: f 6].
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Aun teniendo en cuenta que los discursos indígenas han sufrido
transposiciones e inflexiones reductivas, todavía es posible observar que el teko
guaraní es presentado según dos categorías principales: la espacialidad y la
tradición.
El modo de ser guaraní estaría ligado esencialmente al
modo como los indios vivían su espacio geográfico. Datos de la época
confirman el hecho de que los Guaraní estaban
«viviendo a su antigua usanza, en montes, sierras y valles, en
escondidos arroyos, en tres, cuatro o seis casas solas, separados a legua,
dos, tres, y más, unos de otros» [Montoya 1892: 29].
Es esta forma de organizarse en el espacio la que los
dirigentes guaraní consideraban como una estructura esencial de su cultura,
aunque tal vez no tenían de ella una conciencia tan explícita antes de que se
los indujera, más o menos impositivamente, a "reducirse", es decir, a
aceptar una nueva configuración espacial [Cf. Melià 1978 b: 157-167; ver
infra: 193-209.
Ciertamente la "reducción" como pueblo, y el espacio que ella
producía, se diferenciaban profundamente del tekoha guaraní, el lugar
donde hasta entonces se había realizado y producido la cultura guaraní. Entre
los Paĩ actuales, el tekoha consiste en el complejo de
casas-chacras-monte dentro del cual vive una comunidad semi-autónoma. El tekoha
según estos Guaraní actuales, es «el lugar donde vivivos según nuestras
costumbres» [Melià-Grünberg 1976: 218].
El tipo de poblados que describen las fuentes jesuíticas
presenta notables coincidencias con los tekoha, tal como se conocen a
través de la etnografía moderna; de ahí que sea permitido inducir supuestas
analogías incluso para aquellos aspectos que la documentación histórica no
señaló.
En aquel "informe de un jesuita anónimo" de
1620 se dice de los Guaraní que
«es gente labradora, siempre siembra en montes y cada tres años por lo
menos mudan chácara [...]. Habitan casas bien hechas, armadas encima de
buenos horcones, cubiertas de paja; algunas tienen ocho y diez horcones, y
otras más o menos, conforme el cacique tiene los vasallos, porque todos
suelen vivir en una casa [...]. Sus poblaciones, antes de reducirse, son
pequeñas, porque como siempre siembran en montes, quieren estar pocos,
porque no se les acaben, y también por tener sus pescaderos y cazaderos
acomodados» [MCA I: 166-167].
Montoya es más escueto, pero por esto mismo resalta
todavía más la relación entre estructura espacial y forma de gobierno:
«Vivían y viven hoy los gentiles en poblaciones muy pequeñas, pero no
sin gobierno. Tenían sus caciques, en quien todos reconocen nobleza,
heredada de sus antepasados, fundada en que habían tenido vasallos y
gobernado pueblo. Muchos se ennoblecen con la elocuencia en el hablar [...],
con ella agregan gente y vasallos» [Montoya 1892: 49].
Un tekoha paĩ actual se presenta con las siguientes
características:
«Su tamaño puede variar en superficie [...] y en la cantidad de
familias (de 8 a 120 en los casos extremos), pero estructura y función se
mantienen igual: tienen liderazgo religioso propio (tekoaruvixa) y
político (mburuvixa, yvyra'ija) y fuerte cohesión social. Al tekoha
corresponden las grandes fiestas religiosas (avatikyry y mitã
pepy) y las decisiones a nivel político y formal en las reuniones
generales (aty guasu). El tekoha tiene un área bien definida,
delimitada generalmente por cerros, arroyos y ríos y es propiedad comunal y
exclusiva (tekohakuaaha) [...]. El tekoaruvixa es autoridad
religiosa, siempre varón, y generalmente de edad, y es el vicario y
lugarteniente de Dios-Creador, Ñane Ramõi Jusu Papa, quien es el tekoaruvixa
pavẽ [...]. El es también responsable del bienestar moral (teko
ñemboro'y) y social (teko johayhu, teko joja) en su tekoha,
y tiene la obligación de purificarse junto con su comunidad en los rezos (oñemboro'y
ojehe oñembo'epe). Por eso la principal condición para ser tekoaruvixa
es su bondad reconocida (marangatukue, arandukue ha ipoxy'ỹngue)»
[Melià-Grünberg 1976: 218-219].
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El tekoha, espacio de cultura e identidad guaraní. «Es gente
labradora, siempre siembra en montes y caa tres años por lo menos mudan de
chácara» [MCA I: 166].
Panambiy, comunidad Paĩ-Tavyterã del Amambay.
Foto Melià.
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Aunque tal vez no se puedan aplicar sin más todas las
características del tekoha paĩ actual a las formaciones guaraní
antiguas –había ya entonces como ahora diferencias "dialectales"
entre las distintas naciones guaraní– el texto etnográfico moderno aquí
transcrito hace entender más específicamente cómo la categoría del tekoha,
lugar de modo de ser, de cultura, de teko, significa y produce al mismo
tiempo relaciones económicas, relaciones sociales y organización
político-religiosa esenciales para la vida guaraní. En otros términos: la
categoría de espacialidad es fundamental para la cultura guaraní, ella asegura
la libertad y la posibilidad de mantener la identidad étnica. Aunque parezca un
paralogismo, hay que admitir, con los mismos dirigentes guaraní, que sin tekoha
no hay teko.
Este es el razonamiento de Potirava:
«La libertad antigua veo que se pierde, de discurrir por valles y por
selvas, porque estos sacerdotes extranjeros nos hacinan a pueblos, no para
nuestro bien, sino para que oigamos doctrina tan opuesta a los ritos y
costumbres de nuestros antepasados»
[13].
Tierra sin mal
Dentro de la categoría de la espacialidad guaraní entraría también aquel
modo particular de vivirla que es la migración. En los textos históricos aquí
considerados, el teko guaraní se afirma como localización libre frente
a la concentración impuesta por el sistema de encomiendas o por la reducción;
el aspecto migratorio del modo de ser guaraní no aparece claramente, aunque
implícitamente no queda excluido. Mudar de lugar para hacer chacras nuevas o
para mejor aprovechar los recursos naturales, no exige necesariamente migración
propiamente dicha, pero ciertametne la incentiva. De hecho se tienen datos de
migraciones todavía en tiempos "históricos" y son numerosas las
muestras arqueológicas que atestiguan grandes desplazamientos de las naciones
guaraní [Métraux 1927; Susnik 1975 (especialmente los mapas)].
Sin embargo, la documentación manejada no permite
deducir, por lo que se refiere a los Guaraní de esa época, que «todo
pensamiento y la práctica religiosa de los indios gravitan en torno a la Tierra
sin mal» [Clastres 1978:51].
En el Tesoro de Montoya la expresión yvy
marane'ỹ aparece traducido como «suelo intacto, que no ha sido
edificado»; y ka'a marane'ỹ, como «monte donde no han sacado
palos, ni se ha traqueado» [Montoya 1876: f. 209 v.]. Estas acepciones indican
un uso ecológico y económico, que dista bastante del significado religioso y
místico de "tierra sin mal" con que reaparece la expresión yvy
marane'ỹ entre los Guaraní actuales [Nimuendajú 1978: 116-128].
El tema de la "tierra sin mal" es demasiado
complejo para que pueda ser tratado brevemente. Se sugiere, sin embargo, la
hipótesis de que, si yvy marane'ỹ en la acepción más antigua
registrada documentalmente es simplemente un suelo virgen, su búsqueda
económica puede haber sido el motivo principal de muchos desplazamientos de los
Guaraní [Fernandes 1963: 107]. La historia semántica de yvy marane'ỹ,
de suelo virgen hasta "tierra sin mal", probablemente no está
desligada de la historia colonial que los Guaraní han tenido que soportar.
En la búsqueda de un suelo donde poder vivir su modo de
ser auténtico, los Guaraní pueden haber hecho cristalizar tanto sus antiguas
aspiraciones religiosas como la conciencia de los nuevos conflictos históricos.
Yvy marane'ỹ se convertía en "tierra sin mal", tierra
física, como en su acepción antigua, y a la vez tierrra mística, después de
tanta migración frustrada.
Por los caminos de la tradición
Otra categoría con que los Guaraní daban razón de su teko era su
ser tradicional. Si la espacialidad estructuraba el sistema en términos
sincrónicos, la tradición lo colocaba en el eje de la diacronía, lleno de
pasado y preñado de futuro. Los Guaraní apelaban continuamente a las
"expresiones colectivas anteriores", para usar una expresión de
Florestán Fernandes a propósito de la educación tupinambá [Fernandes 1975:
34]. En este sentido se pueden interpretar expresiones como "ser antiguo y
a lo que nos ganaron las costumbres de nuestros padres", "el ser que
sus abuelos heredaron", "el buen modo de vivir de nuestros
antepasados". Es cierto que este modo de hablar, tal como está
documentado, aparece casi exclusivamente como reacción contra la novedad
subversiva que es la invasión del mundo colonial; pero no se reduce a ella. La
tradición no nace en el momento de la confrontación; la tradición, como
"comportamiento sacramentado" [Ibidem], está presente antes, durante
y después del accidente colonial.
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Dirigente religioso Paĩ-Tavyterã. «Es toda esta nación muy
inclinada a religión...» [Padre Alonso Barzana, en Furlong 1968: 93].
Foto Melià.
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El contenido de la tradición guaraní lo registra, en
parte, la documentación jesuítica al recoger detalles etnográficos de todo
orden que el misionero sólo sabe explicar como costumbre inveterada, hábito
antiguo o condición recibida. Son precisamente aquellos comportamientos que
más desafían la racionalidad supuestamente universal del misionero, los que
revelan los aspectos más tradicionales de la cultura guaraní: desnudez,
comidas raras, práctica de la "couvade", poligamia, ritos funerarios,
antropofagia, hechicería, etc. Para el misionero casi parece establecerse una
oposición sistemática entre tradición guaraní y racionalidad.
El teko katu, que Montoya no desconocía significar
"vida buena y libre", pasó a ser semantizado en la vida misionera
como comportamiento salvaje y hasta bestial: «teko katu dicen a los
salvajes, que viven como bestias» [Montoya 1876: f 364/358]. Está claro
que con este sentido peyorativo de teko katu se pretende denigrar a los
"selvícolas", a todos aquellos que en la selva viven todavía como
Guaraní libres. Una ideologización análoga fue aplicada a la expresión teko
yma, "proceder antiguo", dándose de ella las siguientes frases
ilustrativas:
«Teko yma nde heja aguyjetei, es bien dejar las costumbres
antiguas. Gueco yma nderari año oiko, no deja su costumbre antigua. Oñemboeko
yma angaipávari, ha hecho callos en el pecado» [Montoya 1876: f
364v/358v].
Se ve cómo en la conceptualización misionera existe una tradición antigua,
pero que debe ser abandonada; ella viene a ser asimilada con el pecado.
Por supuesto que las frases seleccionadas por Montoya en su
Tesoro no tienen valor axiomático, pero no dejan de tipificar
lingüísticamente la mentalidad misionera respecto a la cultura tradicional de
los Guaraní. Más aún: los indios "reducidos" son inducidos a pensar
del mismo modo sobre sus antiguas usanzas, su proceder antiguo, en fin, su
tradición. Cuando, por ejemplo, el chamán Guyraverá se va convirtiendo, se
dirá de él que «va perdiendo su ser y se va humanando» [MCA I: 302],
mientras que el retorno a la tradición es considerado negativamente:
«se huyeron tres tropas de indios –cuenta un misionero– a sus
tierras antiguas, a meterse por aquellos montes a vivir como salvajes, sin
acordarse más de Dios»
[14].
Por supuesto que para los mismos Guaraní el "antiguo
modo de proceder" y la tradición tienen otro sentido, como se entrevé en
los mutilados discursos que los jesuitas transcribieron. La tradición, lejos de
ser un desafío a la racionalidad, la sustenta y la justifica. La tradición es
algo más que el comportamiento habitual, y no se reduce a una repetición
rutinaria de actividades. La tradición muestra su carácter normativo basado
sobre la sacralidad de las experiencias y las palabras primigenias, y tiene
también un carácter paradigmático, que viene sancionado por los ejemplos de
los antepasados. La tradición echa sus raíces en la mitología, pero se
procesa concretamente a través de quienes la vivieron durante un largo período
de tiempo: los "abuelos". De este modo, en la tradición convergen
perennidad e historia.
Concretamente, son dos las herencias tradicionales sobre
las que los Guaraní de esta documentación más insisten, sin duda por
considerarlas más amenazadas en ese momento: la poligamia y la práctica
ritual.
Poligamia tradicional
La poligamia –pero no se olvide que se está limitado por el punto de vista
misionero– aparece en boca de los Guaraní como la más tradicional de sus
estructuras fundamentales:
«Hermanos y hijos míos, ya no es tiempo de sufrir tantos males y
calamidades como nos vienen por estos que llamamos Padres; enciérrannos en una
casa (iglesia había de decir), y allí nos dan voces y nos dicen al revés de
lo que nuestros antepasados hicieron y nos enseñaron; ellos tuvieron muchas
mujeres, y éstos nos las quitan, y quieren que nos contentemos con una; no nos
está bien esto; busquemos el remedio de estos males» [Montoya 1892: 61].
En los varios discursos de este caquique-chamán, que reproduce la Conquista
Espiritual de Montoya, poligamia y tradición se confunden. Discutiendo con
los misioneros, les decía:
«Vosotros no sois sacerdotes, enviados de Dios para nuestro remedio,
sino demonios del infierno, enviados por su príncipe para nuestra
perdición [...]. Nuestros antepasados vivieron con libertad, teniendo a su
favor las mujeres que querían sin que nadie les fuese a la mano [...], y
vosotros queréis destruir las tradiciones suyas, ponernos una tan pesada
carga como atarnos con una mujer» [Montoya 1892: 58. Cf. supra, Montoya
1892: 57-58, 221].
La existencia de la poligamia la atestigua Montoya: «conocimos
–dice él– algunos de estos [caciques] que tenían a 15, 20 y 30 mujeres» [Montoya
1892: 49]. De hecho, los misioneros de los pueblos de Loreto y San Ignacio,
entre ellos el mismo Montoya, pensaban que la poligamia estaba tan arraigada
entre los Guaraní, que era mejor no problematizarla de entrada:
«todos los domingos tratábamos con toda claridad de los misterios de
nuestra santa fe y de los preceptos divinos, [pero] en el sexto [mandamiento]
guardamos silencio en público [...]. Duró este silencio dos años»
[15].
Hay que notar que los misioneros no conseguían pensar la
poligamia sino como libertinaje sexual y desenfreno, cuando la lectura
contextual de las expresiones de los Guaraní permite detectar que para ellos es
ante todo una forma esencial y tradicional de cultura:
«honremos el modo de vivir de nuestros pasados, y acabemos ya con estos
Padres, y gocemos de nuestras mujeres y de nuestra libertad» [Montoya 1892:
61].
Se sabe que la poligamia de los Tupinambá, como sistema
de intercambio social de mujeres, estaba también relacionado con la
organización social y política y con actividades económicas propiamente
femeninas [16].
Montoya relaciona de hecho la poligamia con la economía
al decir que a los caciques «sirven sus plebeyos de hacerles rozas, sembrar y
coger las mieses, hacerles casas, y darles sus hijas cuando ellos las apetecen»
[Montoya 1892: 49].
La indicación de Montoya sobre todo que «su autoridad y
honra la tenían [los caciques] en tener muchas mujeres y criadas» [Montoya
1892: 55], permite asumir una conclusión como la de Florestan Fernandes
respecto a los Tupinambá:
«El análisis de los datos disponibles muestra que había una relación
muy íntima entre el número de esposas de un individuo y su posición en la
jerarquía tribal [...]. [Existiría] una conexión causal entre la
poliginia y el sistema tribal de relaciones económicas. De hecho, razones
de orden económico impulsaban a una pareja a procurar atraer otras mujeres
a su convivencia» [Fernandes 1963: 240-241].
Por otra parte, el número de mujeres de 15 a 30 para un
hombre era excepcional. Los casos concretos de poligamia que refieren las
fuentes dan cuenta de un número más limitado, sin excluir que la mayoría de
los Guaraní no tenían sino una sola esposa
[17].
No es extraño, pues, por todo lo anotado aquí
brevemente, que los Guaraní pretendan preservar la poligamia como un valor
cultural que echa sus raíces en una tradición aceptada, respetable, y nuclear
para su sistema
[18].
Danza ritual y resistencia política
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Maracas y flauta ritual de los Paĩ-Tavyterã. «Óiganse,
sólo en nuestra tierra el sonido de nuestros calabazos y tacuaras» [Blanco
1929: 447].
Foto Melià.
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«Óiganse, sólo en nuestra tierra el sonido de nuestros calabazos y
tacuaras» [Blanco 1929: 447], fue otro modo de apelar por la tradición. El mbaraka
(el "calabazo" de que aquí se habla) y el takua como bastón de
ritmo, son los dos instrumentos rituales por excelencia, del hombre y de la
mujer respectivamente, usados en la danza y el canto. Estos dos instrumentos
musicales tenían y tienen todavía hoy una importancia muy significativa en el
complejo cultural tupí y guaraní [Métraux 1928 a: 215-217]. Mbaraka,
según Montoya, es un «calabazo, con cuentas dentro, que sirve de instrumento
para cantar, y de ahí ponen nombre a todo instrumento
músico» [19]. El bastón de ritmo de las mujeres está
poco citado entre los Guaraní, y Montoya parece desconocerlo, dando de takua
solamente los significados botánidos o aquellos relacionados con la cultura
material
[20].
Es curioso que la documentación misionera no recoge
argumentaciones tan explícitas sobre danza ritual y tradición, como a
propósito de la poligamia. Parecería que para los misioneros la mayor
oposición a la conversión y a la reducción era simplemente de orden moral,
concretamente la supuesta lujuria inherente a la poligamia, y no de orden
propiamente religioso. Sin embargo, como se verá, el comportamiento actuado por
los Guaraní se presenta como el de un pueblo profundamente religioso, que
encuentra en la danza ritual una expresión privilegiada de su ser.
«Es toda esta nación muy inclinada a religión, verdadera o falsa [...];
hasta hoy [...] tienen sembrados mil agüeros y supersticiones y ritos de
estos maestros, cuya principal doctrina es enseñarles a que bailen de día
y de noche, por lo que vienen a morir de hambre, olvidadas sus sementeras»
[Carta del padre Alonso Barzana, de 1594, en Furlong 1968: 93].
El discurso de Potirava, citado ya varias veces, opone la
doctrina de los Padres a «los ritos y costumbres de nuestros antepasados» [Montoya
1892: 228-229] y de nuevo hay que admitir que había captado lo que de más
fundamental había en el conflicto entre dos modos de ser, de pensar y de
expresarse.
Un payé, Juan Cuara, queriendo levantar la resistencia de
los Guaraní guayreños contra la misión, argumentaba de modo parecido:
«Vivid según vuestras antiguas costumbres, danzad y bebed. Celebrad el
culto de vuestros antepasados» [Del Techo 1897, III: 179-180].
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Marangatuha, lugar de santidad, de canto y danza ritual. «Vivid
según vuestras antiguas costumbres, danzad y bebed. Celebrad el culto de
vuestros antepasados» [Del Techo 1897: 179-180].
Foto G. Grünberg.
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Ya en el primer movimiento mesiánico histórico de que se
tiene noticia entre los Guaraní del Paraguay, la danza ritual tradicional
constituye en sí una afirmación agresiva de identidad frente a los invasores:
«Entre los indios se ha levantado uno con un niño, que dice ser Dios o
hijo de Dios, y que tornan con esta invención a sus cantares pasados, a que
son inclinados de su naturaleza, por los cuales cantares tenemos noticia que
en tiempos pasados muchas veces se perdieron; porque, entre tanto que dura,
ni siembran ni paran en sus casas, sino, como locos, de noche y de día en
otra cosa no entienden sino en cantar y bailar, hasta que mueren de hambre o
de cansancio, sin que quede hombre ni mujer, niño ni viejo, y así pierden
los tristes la vida y el ánima» [Carta del clérigo Martín González,
5 de julio de 1556, en Cartas de Indias, Madrid 1877: 632].
Otras rebeliones de los Guaraní contra la dominación
colonial se procesaban, no pocas veces, como vuelta a sus «ritos y ceremonias»
[Cf. Necker 1979: 75]. El famoso levantamiento de Oberá en la
región de Guarambaré, en el año 1579, es un buen paradigma de lo que eran los
movimientos de liberación guaraní y del lugar que en ellos ocupaba la danza
ritual. Por donde pasaba, Oberá era seguido por una grande multitud de indios,
que se negaban en adelante a servir a los españoles. Oberá prometía a todos
la libertad. Cantaban y danzaban ininterrumpidamente durante días:
«Entre otros cantares que les hacía cantar, el más celebrado y
ordinario, según alcancé a saber –dirá el poeta Martín Barco de
Centenera–, era éste: Overa, overa, overa, pa'i tupã ñandẽve,
hije, hije, hije. Quiere decir: Resplandor, resplandor, resplandor del
padre, también Dios a nosotros, holguémonos, holguémonos, holguémonos»
[21].
Por supuesto que no son las rebeliones las que causan la
danza ritual, siendo ésta una práctica religiosa anterior y no limitada a los
momentos de crisis extrañas. Pero la danza sustenta la rebelión, dándole un
adecuado cauce simbólico y emocional en la línea de la más auténtica
tradición.
Manteniendo la danza o revitalizándola, los chamanes
reactualizaban de hecho tanto la mitología tradicional como la propia
institución chamánica ligada con ella, en un intento por fortalecer todo el
sistema cultural guaraní. De ahí su importancia como recurso en la lucha
anticolonial.
«Preguntando un día a los indios que dónde estaban y qué era la causa
de perderse sus casas, me dijeron que unos jerokyhára [danzantes],
que andaban por los tetãmini [aldeas], los engañaban,
diciendo que este pueblo se había de destruir, y que predicaban contra
nosotros haciendo burla de lo que enseñábamos, y decían que ellos eran
dioses y criaban los maizales y comida y eran señores de los fantasmas de
los montes, de los itakyseja [dueños de las piedras cortantes] y de
los yvytypo [habitantes de los cerros], y que los tigres andaban a su
voluntad y mataban a los que ellos querían, y que los primeros que habían
de perecer habían de ser los vaqueros y los yvyrapondára [carpinteros]
y los que se hacían cristianos, y que los que trabajaban en el pueblo se les
había de perder las comidas» [MCA III: 106].
La especial relevancia de este texto consiste en que
relaciona la danza de estos chamanes con los discursos que profieren, donde se
pueden reconocer varios elementos esenciales de la mitología guaraní, en
especial los referentes a la cataclismología, tal como aparecen también en
otros textos [MCA IV: 253-254. Cf. Melià 1975: 126-127] y como
fueron revelados por la etnografía más moderna [Nimuendajú 1978: 87-91,
173-176. Cadogan 1959: 57-59]. En las palabras de estos chamanes hay
también una toma de conciencia contra aquellos elementos coloniales
sonsiderados desintegradores de la identidad guaraní, como ser vaqueros y
carpinteros y trabajar en pueblos formados.
La categoría de los jerokyhára, según algunos
textos, estaría subordinada a la de los grandes "hechiceros", siendo
tal vez algunos de ellos meros ejecutores y guías de la danza:
«Depacharon [los hechiceros] –se dice– a toda aquella tierra muchos
discípulos suyos, que llaman jerokyhára [...], trayendo los que
estaban en los pueblos, con danzas, bailes y cantos, diciendo en ellos cómo
aquellos pueblos se habían de acabar, y todo lo demás que los hechiceros
decían. Con esto la gente comenzó a temer, y muchos se iban del pueblo y
dejaban perder sus casas, estándose en sus chácaras y pueblecillos» [MCA
IV: 254. Cf. también MCA IV: 272; Montoya 1892: 273].
Una vea más la danza aparece como forma de resistencia
contra la nueva cultura de reducción a pueblos, e implícitamente como
afirmación de la propia identidad.
La existencia de jerokyhára de condición inferior
a la de los hechiceros "profetas" no relega de ningún modo la danza a
un segundo plano, ya que los verdaderos dirigentes de la danza y los señores
del decir son aquellos grandes "profetas" que nunca dejan ellos mismos
de danzar y cantar, haciendo de la danza y del canto el espacio y el tiempo
privilegiado de su ser.
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Opy, casa con funciones rituales, con su cerca empalizada. Aldea
mbyá de Potrero Guasú, en la región de Jesús y Trinidad.
Foto Melià.
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La danza ritual, como deja entrever la documentación
citada, es el lugar donde se estructuran la más importantes funciones
chamánicas, donde los hombres se dicen y se vuelven dioses, donde se cantan las
palabras inspiradas, donde se profieren amenazas cataclísmicas, especialmente
cuando llegan las invasiones coloniales que pretenden destruir la identidad
guaraní.
La importancia que tiene la danza ritual entre los
Guaraní actuales, aun admitiendo procesos históricos que hayan podido influir
en ella, permite entender por qué la cultura guaraní, ya desde los primeros
tiempos en que pudo ser registrada documentalmente, apelaba tan dramática y
fuertemente a esta forma de tradición:
«Un problema que a todos preocupa; un peligro que amenaza al grupo,
aunque sólo sea en la fantasía del payé; una epidemia; una empresa
común; a veces, una simple sensación de malestar general inexplicable, y
hasta el mero placer del espectáculo, reúne a los Apapokúva en su casa de
danza» [Nimuendajú 1978: 104].
En este ensayo no es posible examinar exhaustivamente la
danza ritual en relación con el sistema guaraní total, pero la documentación
escogida como base de este trabajo permitiría, a pesar de sus lagunas y
prejuicios, deducir algunas de sus formas y finalidades principales. El tema
llevaría naturalmente al análisis del chamanismo guaraní, para lo cual
abundan los datos, por la simple razón de que la actuación de los misioneros
se desarrolla en buena parte como confrontación y respuesta a los
"hechiceros", una "guerra de mesías", cuyos episodios son
narrados con bastante detalle en las fuentes documentales [Cf. Métraux 1967:
23-32; Melià 1969, I: 5; 1975: 122-123].
Tal vez lo más interesante de la documentación
jesuítica del primer período reduccional está en que los Guaraní en ella
tratados todavía llegan a transmitir de sí mismos una imagen bastante
auténtica, estructurada sobre las categorías fundamentales de espacialidad
irreductible y de tradición firme.
[*]
Publicado en Archivum Historicum Soc. Iesu 50, Roma 1981, pp.
212-233.
[1] La importancia de la cuestión ha sido reconocida, aunque a partir
de planteamientos diversos, por los autores que han tratado más detenidamente
de las reducciones del Paraguay: Pablo Hernández (1913), Métraux (1943),
Mörner (1953), Furlong (1962), Haubert (1966), Bruno (1966), Susnik (1966,
1971), Nécker (1979).
«Es de gran importancia formar exacta idea del carácter y cualidades de los
indios en general y de los Guaraníes en particular si se quiere entender y
apreciar debidamente la organización social entre ellos introducida por los
jesuitas», Hernández 1913, I:43.
«Magnus Mörner, qui, dans une oeuvre classique, a fait descendre sur terre
les "paradis" jésuites en les situant dans leur contexte économique
et politique, a remarqué qu'une compréhension sociologique de ces
institucions n'était possible qu'avec une "connaissance exhaustive des
contitions ethnographiques". La validité de cette afirmation a été
démontrée pour la première fois dans les études d'Alfred Métraux, Maxime
Haubert et Branislava Susnik. Celles-ci ont notamment montré comment para
plusieurs aspects les institutions des réductions ressemblaient à des
institutions précolombiennes; elles ont aussi mis en évidence le fait que la
société Guaraní n'était pas une pâte infiniment malléable entre
les mains des "civilisateurs" jésuites et que ceux-ci durent
s'adapter aux indigènes autant que ces derniers durent s'adapter aus
missionnaires», Necker 1979: 3.
Sin embargo, a pesar de admitir que se trata de una cuestión fundamental, se
carece todavía de una etnología guaraní aceptable. En el caso de algunos
escritores eclesiásticos: Hernández, Furlong, Bruno, la presentación del
indio guaraní da lugar a verdaderos despropósitos históricos, alimentados
por prejuicios racistas.
«Los indios Guaraníes [...] eran un pueblo en estado de decadencia, que cada
vez iba acercándose más a la degradación que llega a la semejanza con los
animales irracionales [...]. [Los vicios] los habían reducido a la condición
de no tener entendimiento de hombres adultos sino por intervalos. Sólo les
quedaba la habilidad para las artes mecánicas», Hernández, 1913, I: 83.
Las páginas que el padre Furlong dedica al indio guaraní están también
llenas de contradicciones y asertos gratuitos, explicables en quien considera
como ideal de hombre al "europeo" (Furlong 1962: 70-79). El padre
Bruno (1966) hereda el mismo papel de prejuicios.
[2] La mayor parte de esta documentación ha sido publicada en MCA. De
menor importancia etnográfica son los documentos recogidos en la obra de Pablo
Pastells, Historia de la Compañia de Jesús en la Provincia del Paraguay, I
(Madrid 1912). Para una historiografía jesuítica más completa, cf. Efraim
Cardozo, Historiografía paraguaya, I: Paraguay indígena, español y
jesuíta (México 1959). La obra de Blanco 1929 trae documentos de la
época de estos mártires de 1628.
[3] Cartas anuas 1927-29. Está todavía inédita la carta anua
de 1632-34, del padre Diego de Boroa, "Anales de la Prov. del Paraguay,
desde el año 32, hasta el de 34, a Nro. Muy Rdo. Padre Mucio Vitheleschi
Prepósito General de la Comp.a de Jhs.", manuscrito en la Biblioteca de
la Universidad de Granada (España), Caja A 40, f. 249-308. Alguna de estas
cartas anuas fue publicada ya en aquella época para "edificación"
de todos: Adam Schirmbeck. Messis paraquariensis a Patribus Societatis Jesu
per sexennium in Paraquaria collecta annis videlicet 1638, 39, 40, 41, 42, 43
(Monachii... 1649).
[4] El Tesoro de Montoya será citado según la edición de
París-Viena 1876. Cf. p. 318-329 de dicho Catecismo. Varios trabajos
modernos han tomado el análisis de esta terminología de parentesco para una
interpretación del sistema social de los Guaraní; cf. Fernandes 1963: 201.
[5] Casi un siglo después se hizo de esta obra una versión en lengua
guaraní, al parecer destinada a eventuales lectores indígenas; «Aba reta
y caray eỹ baecue Tupã upe ynemboaguiye uca hague Pay de la Comp.a de Ihs
poromboeramo ara cae... 1733 pipe S. Nicolas pe»», que fue publicado bajo
el título general de Manuscripto guaraní da Bibliotheca Nacional do Rio do
Janeiro sobre a Primitiva catechese dos índios das Missões, composto en
castelhano pelo P. Antonio Ruiz Montoya, vertido para guaraní por outro padre
jesuita, e agora publicado con a tradução portugueza, notas, e un esboço
grammatical do abáñeẽ pelo Dr. Baptista Caetano de Almeida Nogueira, en
Annaes da Bibliotheca Nacional do Río do Janeiro, 6 (Rio 1879), XVIII-366 p.
Nos referimos a veces a esta versión, porque a pesar de ser un texto
"reduccional", deja trasparentar en la lengua guaraní formas de
cultura auténticas.
[6] Dobrizhoffer (I, 1967), ya en pleno siglo XVIII, ofrece todavía
datos de primera importancia sobre los Guaraní del Mba'e verá; en
realidad se trata de la última entrada de los jesuitas en una región poco
explorada, donde se encontraban los "monteses" del Tarumá, lugar
donde se establecieron las últimas reducciones.
[7] Trabajando sobre esa documentación, Métraus (1928 a y b) y
Fernandes (1963; 1970) escribieron obras hoy clásicas, y modelo de síntesis
de etnología histórica.
[8] Cf. Melià 1978 a: 541-548. El término
"reduccionismo" está usado en función de la noción de
"reducciones", como queda explicado aquí.
[9] Es un hecho que, ya para aquella época, había jesuitas que,
"etnográficamente" hablando, sabían "colgar su hamaca en el
lugar adecuado" (para usar la expresión de Malinowski 1976: 26), y otros,
no.
[10] Se puede admitir con Malinowski (1976: 33) que, «cuando
un comerciante, funcionario o misionero establece relaciones activas con los
nativos, es para transformarlos, influenciarlos o usarlos, lo que hace
imposible una observación verdaderamente imparcial y objetiva, e impide un
contacto abierto y sincero»; pero, contra el mismo etnógrafo, pensamos
que tampoco es objetiva la posición de aquel que, «viviendo en la aldea,
sin otras responsabilidades que no sean las de observar la vida nativa, ve las
costumbres, las ceremonias, y los intercambios por muchas veces».
[11] «Siembran [...] maíz, mandioca y otras muchas raíces y
legumbres, que ellos tienen muy buenas: dase todo con grande abundancia», MCA
I: 166.
«Aunque a los Padres les falte, como suele casi siempre, el socorro de limosna
del Rey, no les faltan las limosnas de estos buenos indios, que todos los días
traen a casa de su voluntad las legumbres, el pescado, la fruta silvestre, la
miel también silvestre, con lo que tienen, con lo que a los Padres les sobra»,
MCA I: 214.
Pero otro misionero se expresa de este modo: «No hay año ninguno en que estos
pobrecitos naturales no padezcan mil calamidades y desventuras de hambre, frío,
enfermedades y mortandades, de que abundan todas estas pobres tierras, causadas
sin duda ya del poco gobierno y traza que tienen en cuidar de sus comidas, pues
sólo están solícitos del día de hoy... [Sigue una descripción enteramente
prejuzgada sobre práctica indígena de las actividades de subsistencia]. La
comida es del mismo jaez; la ordinaria es un triste vino, que hacen de maíz
mascado y cocido en una poca de agua (y éste es el sumo regalo, y lo que más
apetecen), o unos pocos frijoles cocidos con mera agua, sin otro recaudo ni
especies; y cuando quieren variar, es con una harina que hacen de raíces
podridas de propósito, que sólo el mal olor que tiene nos ahuyenta de ella.
[El misionero se extiende en comentarios negativos sobre hábitos indígenas que
le repugnan y que quisiera mudar]. Si queremos regalarlos, con la pobreza que
tenemos, y quitárnoslo de la boca por dárselo, no lo amostran ni comen. Antes
dicen muchos o todos que nuestras comidas les matan [...]; estos desdenes [...]
nacen [...] no de mala voluntad, sino de poco caudal y entendimiento, criado
entre montes, sin otro magisterio que el de los brutos animales», MCA IV:
80-82.
[12] Montoya 1876: f. 363-364v. Transcribiremos todas las citas
en guaraní según la ortografía establecida por el padre A. Guash sin mudar,
por supuesto, la forma de las palabras. Los vocablos no acentuados
gráficamente son oxítonos .
[13] Montoya 1892: 228-229. Un texto de C. Lévi-Strauss, Tristes
Trópicos (São Paulo 1957: 230-231 ilustra, aunque a propósito de
una estructura aldeana muy diferente de la de los Guaraní, la importancia de
la categoría espacial: «La distribución circular de las casas en torno de la
casa de los hombres es de tal importancia, en lo que se refiere a vida social y
práctica de culto, que los misioneros salesianos [...] percibieron luego que
el medio más seguro para convertir a los Bororo consistía en hacerles
abandonar su aldea por otra en la que las casas estuvieran dispuestas en
líneas paralelas. Desorientados con relación a los puntos cardinales,
privados del plano que administra un argumento a su saber, los indígenas
pierden rápidamente el sentido de las tradiciones, somo si sus sistemas social y
religioso fuesen demasiado complicados para dispensarse del esquema que el
plano de la aldea hacía patente y cuyos contornos refrescaban perpetuamente
sus gestos cotidianos».
[14] MCA IV: 96. Este modo de pensar sobre la vida libre de los indios
perdura hasta la actualidad; los indios son continuamente acosados, capturados
y hasta matados, bajo la espeie de hacerlos entrar en la civilización. Cf.
Melià-Miraglia-Münzel 1973 (especialmente p. 48-50).
[15] Montoya 1892: 55. El sexto mandamiento se refiere generalmente a
la fornicación, pero en el contexto se entiende de la poligamia. Antes que los
jesuitas, los franciscanos, en su trabajo de reducción de los Guaraní, «les
quitaron muchas supersticiones de que usaban, y abusos que tenían, en especial
uno, que era que todos generalmente estaban con cinco, seis y más mujeres; les
dieron a entender que no habían de tener más de una mujer legítima, conforme
nuestra ley católica y cristiana, lo cual hicieron los Indios» (citado por
Necker 1979: 77). La documentación jesuítica casi no habla de homosexualidad,
que probablemente existía entre los Guaraní, como entre los Tupinambá; cf.
Montoya 1876: f. 362v/356v., item tevíro: somético. Cf. también Fernandes
1963: 159-161.
[16] Cf. Fernandes
1963: 239-242; 129-133. La división sexual del trabajo entre los Guaraní ha
sido mantenida bastante extrictamente hasta los tiempos modernos. Cf. Müller
1934: 191; Milià-Grünberg 1976: 205-206.
[17] «En realidad, los Tupinambá vivían en régimen de monogamia
ocasional y de poliginia ocasional», Fernandes
1963: 239. Lo mismo puede decirse de los Guaraní.
[18] En la historia de las reducciones misioneras se tiene no raras
veces la impresión de que la conversión cristiana es encarada primordialmente
como aceptación del matrimonio monogámico, especialmente entre los caciques.
Véase, por ejemplo, el caso de Guyraverá, en Montoya 1892: 62.
[19] Montoya 1876: f. 212v. «La condición indispensable para una
danza payé es que por lo menos el payé tenga una maraca; ésta se fabrica con
una calabaza de capacidad variable, pero que suele ser de un litro o más. En
su interior las maracas llevan las semillas negras de ymau [...]. Estas mbaraka
son a menudo viejas herencias que pasan de padre a hijo. Me parece que su
santidad y fuerza mágica reside especialmente en su "voz", es decir:
en su sonido. Yo considero la mbaraka como símbolo de la raza guaraní [...].
Tan pronto la mbaraka suena, seria y solemne, parece invitar a presentarse ante
la divinidad; luego suena fuerte y salvaje, arrastrando los danzantes hacia el
éxtasis; más tarde, otra vez suave y temblorosa, como si llorara en ella el
viejo anhelo de esta cansada raza por "nuestra madre" y por el reposo en la "tierra sin mal"»,
Nimuendajú 1978: 99.
Este modo de ver las maracas es, sin duda, más objetivo y guaraní que
escucharlas, a la manera de algún misionero, como simples «calabazos que
atruenan el aire», MCA IV: 95. La maraca fue incorporada como instrumento
músico en la liturgia de las reducciones, como muestra el friso de los
ángeles músicos de la iglesia de Trinidad (ver Furlong 1962: 482), pero ya
desacralizada y lesligada de su virtud chamánica.
[20] Montoya 1876: f. 355v/349v. «El uso del takuapu ( takuára
de danza) es absolutamente común entre las mujeres: la takuára es un
instrumento todavía más exclusivo de la mujer que el mbaraka lo es del
hombre. También en este instrumento la "voz" es lo principal, pero
tanto en capacidad de modulación como en fuerza mágica y nimbo religioso,
queda muy por detrás de la mbaraka»,
Nimuendajú 1978: 100.
[21] Martín de Barco de Centenera, La Argentina. Poema
histórico. Reimpresión facsimilar de la primera edición, Lisboa 1602. Buenos
Aires 1912: f. 159. La rebelión de Oberá representó un verdadero peligro para
la frágil e insegura colonia española de aquellos años. El episodio figura
con detalle en la historia de Lozano (1873-75, III: 210-227). Métraux (1967:
23-26) lo comenta, dándole grande importancia. Cf. Melià 1969, I: 4-6.
«La agitación socio-religiosa de Overá no era nueva al concepto de los
guaraníes; basta comparar el rol de los shamanes en la lucha de los guaraníes
del Guayrá por la integridad frente a los invasores, o de los shamanes en la
provincia uruguayense de los guaraníes. Hay que considerar los siguientes
factores: la influencia de los payés andantes por las aldeas guaraníes y
tupinambáes en la época de la cultura neolítica; el poder de su oratoria; el
concepto siempre vivo de una extraposición de las almas de los shamanes; su
poder mágico basado en el principio de los "tupichuá", un poder
derivado del dominio de las fuerzas malignas y negativas como garantía de un
destino seguro de la comunidad; la misma idea de la búsqueda de una
"tierra sin mal", de "yvy mara'eỹ", de una tierra
sin peligros cataclísmicos y de una tierra parecida al destino de las almas
definitivamente externadas, creaba una predisposición psicológica para que
los guaraníes, viéndose amanazados por las vejaciones continuas de los nuevos
conquistadores, recurrieran a sus "cantores y hechiceros"; y aun no
creyéndoles, como lo sucedió con frecuencia en dichas provincias norteñas,
representaba tal agitación un desahogo y creaba una psicosis colectiva por la
persistencia del ceremonial de danzas», Susnik 1965: 223.
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