El Guaraní reducido
Por: Bartomeu Melià, 1981 [*]
La historiografía dominante reprodujo durante años la imagen de un Guaraní
servicial y servil, de un aliado que en realidad es un dominado.
Sin embargo los textos documentales que se refieren al
primer siglo de la dominación española, muestran suficientemente la
resistencia activa de los Guaraní contra aquellos «1.500 parásitos
europeos» [Necker 1979: 23] que se habían establecido en sus
tierras, y luego reclamaban los productos de la tierra, el servicio personal de
los indios, sus mujeres y su libertad. El detalle de los movimientos de la
resistencia activa contra los conquistadores y colonos cuenta con nada menos
que 23 acciones de levantamiento y rebelión entre 1537 en que se funda la casa
fuerte de la Asunción, y 1609, en que se inician las reducciones de los
jesuitas [Necker 1979: 249-54]. A estos ataques y reacciones armadas
hay que añadir las huidas, la pasividad y la inercia con que los Guaraní,
hombres y mujeres, respondían contra aquella dominación; voces y silencios de
un pueblo que sufre [cfr Susnik 1965: 30-33].
Para la mentalidad española resulta indignante que muchos
de los levantamientos eran liderados por los "hechiceros", hombres que
se decían dioses o hijos de Dios. Eran los "payé", aquellos chamanes
inspirados que con sus cantos y danzas interminables, dinamizaban y encauzaban
simbólicamente la desesperación de un pueblo que se ve amenazado en las
tradiciones de sus antepasados, burlado políticamente en una alianza no
correspondida, y explotado económicamente el don sin reciprocidad. La rebelión
de Oberá –el resplandeciente– hacia 1579, puede considerarse como un
paradigma de lo que fueron muchos de los movimientos de liberación guaraní.
Oberá decía que era hijo verdadero de Dios, nacido de
una virgen, encarnado para la liberación de su pueblo. Su hijo Guyraró era su
pontífice,
«con rango de que fuese borrando los nombres que a toda su nación
habían impuesto los cristianos, y confiriéndoles con nuevo bautismo, nuevos
nombres según sus antiguos ritos» [Lozano 1873-75, III: 212].
Los Guaraní de Oberá cantaban y danzaban durante días y días. Pero no era
solamente la danza ritual la que hacían revivir para oponerse a la dominación
española que había llegado imponiendo otra religión. Para marcar su reacción
contra el sistema colonial y sus novedades económicas, la gente de Oberá
llegó a hacer
«sacrificio de una ternera... hasta que reducida a cenizas, las
esparcieron al viento, queriendo significar con esta supersticiosa ceremonia que
como la ceniza se disipaba por el aire, así habían de acabar ellos a todos los
cristianos» [Lozano 1873-75, III:223].
Por desgracia, el movimiento fue dominado, los indios se
rindieron y «se fueron reduciendo a servir a sus encomenderos» [Ibid.:
229].
En las rebeliones de los Guaraní sobresale su carácter
profético, pero esta respuesta profética contra los abusos coloniales no es
una simple rebelión contra la opresión, y una liberación de la esclavitud,
sino más bien una afirmación de la identidad y una voluntad de autenticidad.
La religión guaraní no es instrumentalizada en vistas a la liberación, sino
que es la forma que en sí da sentido al movimiento. Más que una reacción es
una búsqueda del propio modo de ser. De ahí la gratuidad de la danza ritual
como expresión sin más de un modo de ser irreductible, contrario a la cultura
del nuevo dominador.
Todavía surgieron otros movimientos de rebeldía y en
casi todos ellos se deja adivinar una estructura profética que se enraiza en la
religión guaraní.
A fines del siglo XVI los Guaraní habían organizado
suficientemente su reacción contra la dominación española, y estaban
consiguiendo neutralizarla, limitando la expansión colonial, y en algunas
regiones, haciéndola retroceder.
Fue en ese momento político en el que surgen las
reducciones del Paraguay, las de los franciscanos, primero; las de los jesuitas,
después.
El recurso de la reducción
La reducción surgió en América como proyecto político de integración del
indio dentro del sistema colonial [cfr. Necker 1979: 57; ver infra:193-194].
En este proyecto colonial el sacerdote, y el religioso
más que el clérigo secular, iba a jugar un papel de primera importancia. La
reducción era vista también como un excelente método misional.
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Yaguarón, una reducción franciscana a fines del siglo XVI. «Juan de San
Bernardo ayudó a hacer las reducciones de los indios naturales de Itá y
Yaguarón» [cf. Necker 1979: 69]. Esta nueva iglesia fue comenzada, sin
embargo, en 1752. Foto Blanch.
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En el Paraguay el régimen de reducciones se instaura y
afirma a partir de los años 1580 con los franciscanos. Con ellas la colonia
conseguiría de hecho "reducir" la confrontación y el conflicto,
tanto militar como social que oponía indios y españoles.
«La intervención de los franciscanos produjo un efecto procurado, pero
jamás alcanzado por las armas: la pacificación y sumisión de los Guaraní
a los españoles. Esto permitió no solamente la evangelización de los
indios, sino también su sujeción a la encomienda» [Necker 1979: 81].
Las reducciones de los jesuitas se inscriben en un
contexto histórico análogo, pero con una diferencia de intención
significativa. En la conciencia de los primeros Padres –y esto aparece muy
claro en las "instrucciones" del Provincial Diego de Torres Bollo–
la reducción es un lugar de protección contra la encomienda y cualquier forma
de esclavitud. Los franciscanos, de hecho convivían con el sistema encomendero;
los jesuitas quieren prescindir de ella, hacen todo lo posible para
desprestigiarla moral y políticamente, y hasta pretenden suprimirla quitándole
simplemente sus condiciones de posibilidad; esto es, dando a los indios otro
espacio de vida colonial independiente de la encomienda; una especie de proyecto
anticolonial dentro de la misma colonia. De hecho los jesuitas en ningún
momento cuestionarán el patronato real o cualquier otro aspecto del orden
colonial como tal [cfr. Villegas 1975: 65-70].
Al indio encomendado se opone el indio reducido. Para los
jesuitas esta diferencia es sustancial y satisfactoria. Hoy sabemos cuánto de
ilusión había en esa perspectiva. Las reducciones nunca dejarían de ser un
producto de la norma colonial, cuya práctica abusiva querían corregir. De
ahí, a mi modo de ver, procede la alta dramaticidad histórica de esta
experiencia.
Cómo vieron los jesuitas esa singular realización
misional, no dejaron de explicarlo a sus superiores y al mundo entero durante
decenas de años. Tuvieron sus defensores y sus detractores.
Pero no se trata de exponer aquí los objetivos de la
reducción según los jesuitas ni la evaluación de sus resultados supuestos. Mi
perspectiva es otra: ¿cómo vieron los Guaraní su propia reducción?.
Es claro que tendré que usar casi exclusivamente
documentación jesuítica, pero aun así creo que se pueden rescatar muchas
expresiones y actitudes auténticas de los mismos indios, siempre que se aplique
una adecuada corrección hermenéutica.
Las hachas de hierro
Delante de la reducción jesuítica, la actitud de los indios es
aparentemente contradictoria: francamente aceptada y hasta solicitada por unos,
es contestada y vehementemente rechazada por otros.
Los testimonios de la buena aceptación que tenía la
entrada de los Padres entre los Guaraní se repiten con frecuencia.
«Nueve caciques, todos ellos muy cuerdos, se han ofrecido a venirse con
su gente desde luego, y han comenzado algunos de ellos a hacer sus chozas,
que es la mejor señal que podíamos tener» [Lozano 1755, II: 179].
Esta es la impresión entusiasta que tiene el P. Lorenzana
al fundar la primera reducción de San Ignacio Guasú. Los Guaraní del Guayrá
se muestran igualmente abiertos.
«Varios caciques desde el primer momento se apalabraron y dieron su
nombre para hacer dos pueblos, uno en el mismo Pirapó, de tres mil indios
que contados con las mujeres e hijos y toda la chusma a seis cada casa, son
diez y ocho mil almas... y es tanta la gente de la circunvecina que piden
sacerdotes, que me envió a pedir el Padre Joseph [Cataldini] para otras
tantas reducciones otros seis padres» [Pastells I: 153-55, citado por
Furlong 1962: 104].
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La cruz misionera de San Miguel. «Se querían todos juntar y tener pueblo
grande y Padres que les levantasen cruz...» [MCA II: 37]. Foto Blanch.
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En otros lugares se da la misma acogida a los misioneros:
«Un cazique llamadoYtupayu... vino a pedir Padres para su tierra...
[otros] me recibieron con mucha alegría y me dijeron que en el río Yiquity
donde estaban sus tierras avia mucha gente; y que se querían todos juntar y
tener pueblo grande y Padres que les lebantassen cruz...» [MCA III:
36-37].
«En un pueblo antes de llegar a él levantaron al Padre sobre sus brazos
y hombros, y llevaron un buen trecho...» [MCA II: 33].
La acogida dispensada a los jesuitas por parte de los
Guaraní puede explicarse por las normas de la hospitalidad indígena, por la
curiosidad que despertaba su llegada, y por la simpatía que se establecía con
esos hombres amables y desarmados que sabían acariciar a niños y viejos.
«El fruto que hasta ahora experimentamos es haberles ganado [a los
indios] la voluntad; en especial a los viejos y viejas, que se precian mucho
de que los quiero y regalo más que a los demás», confesará el Padre
Lorenzana [cit. por Furlong 1962: 97; Pastells I, 163].
Alfred Métraux, uno de los mejores analistas de la
relación jesuítico-guaraní en términos antropológicos, se hace la siguiente
pregunta:
«¿Por qué los indios recibieron a los jesuitas como amigos y aceptaron
incluso su tutela? La respuesta a esta cuestión no es simple. La política
de los jesuitas triunfó por diversos motivos; pero si leemos atentamente
cartas y relaciones que nos describen sus primeros contactos con una tribu
salvaje, notaremos el papel primordial que el hierro desempeña en eso»
[Métraux 1959].
En efecto, hachas de hierro y reducción aparecen con
frecuencia estrechamente unidas. «Presentada a un cacique una cuña... sale de
los montes», dice el padre Montoya [Montoya 1892: 197].
Neolíticos de la edad de piedra, los Guaraní conocían y usaban las hachas de
piedra para hacer sus canoas y derribar los árboles para sus rozas.
«Después de reducirlos nuestros Padres, les llevan esta misma forma de
cuñas, pero hechas de hierro; y con cada una de ellas se gana una familia
que se reduce de buena gana, por tener con qué hacer sus canoas y
sementeras » [Blanco 1929: 627].
La obtención de cuñas como motivo para reducirse aparece
todavía más expresamente en este testimonio sobre la actividad misionera del
Padre Roque González:
«Fueron juntándose los caciques comarcanos a ver los Padres y tomar
cuñas (que es con lo que se prendan), porque recibida la cuña se obligan a
reducirse... Este mismo día habiendo acabado de repartir doscientas cuñas
antes de decir misa escribió un billete el Padre Roque al Padre Pedro
Romero (que fue el último que escribió en esta vida) en que decía que
estaba aquella reducción tal cual se podía desear, y que si tuvieran
cuñas vendrían más de quinientos indios» [Blanco 1929: 486-87].
«El hierro crea entre quienes descubrieron su uso, una
tiranía invencible. Una vez conocido el metal no se vuelve a la edad de piedra»,
constataba Métraux con toda la verdad en el ya citado estudio.
Otras ventajas que pueden considerarse menores pero que
probablemente ejercieron una considerable influencia psicológica en los indios,
eran también motivo de atracción. A veces eran los presentes y regalos de
ropas y objetos de metal: cuchillos, tijeras, anzuelos, agujas... Otras era
incluso la repartición de alimentos [MCA III: 39-40; 76].
La agrupación en poblados mayores y la adopción de la casa particular para una
familia nuclear, parece también haber sido recibido con agrado [Blanco
1929: 660]. La previdencia del misionero que poco a poco se
ocupaba y se preocupaba de todo –«él hace todo solo», se dirá del Padre
Roque González [Blanco 1929: 581]– no desagrada tampoco
a los indios. Son los tantos imponderables del régimen paternalista que tanto
atrae y ata.
Un espacio de libertad
Las reducciones jesuíticas se presentan en un momento histórico en que la
libertad de los indios ha sido ya repetidamente maltratada y continúa siendo
amenazada por varios frentes.
La defensa del indio contra el servicio personal que
exigían los encomenderos, constituía un principio básico del plan jesuítico
de reducción. Los Padres que fueron a fundar las reducciones del Guayrá,
llevaban instrucciones precisas de su Provincial Diego Torres Bollo, para que se
controlara la entrada de españoles en los pueblos y de ningún modo se
permitiera que éstos sacaran "piezas", es decir, indios de servicio.
Estas normas fueron siempre seguidas.
A un cacique que había llegado a la reducción de
Guarambaré, el Padre Francisco de San Martín «le tranquilizó además en lo
referente a las temidas invasiones de parte de los españoles, sus vejaciones y
crueldades...» [CA I: 296]. La posición de los Padres
fue en este punto de notable firmeza, y los Guaraní entendieron que no se
trataba de meras palabras.
«El hecho es que se ha difundido el buen olor de los nuestros entre los
habitantes de Guarambaré, y esto mismo saca a los indios de sus
escondrijos, adonde se habían refugiado por miedo de los españoles,
animándeles a ponerse a salvo bajo nuestro amparo» [CA I: 299].
Llegó a arraigarse firmemente la convicción de que «donde
los indios reciben a los Padres, no entran los españoles a inquietarlos»
[MCA II: 37].
Que las reducciones jesuíticas no estaban ordenadas en
función de los pueblos de españoles, fueron éstos los primeros en sentirlo.
El Paraguay criollo miraba las reducciones como un cuerpo extraño que no se
dejaba asimilar. Una lucha sorda y continua dominó durante décadas las
relaciones entre los españoles, jesuitas y Guaraní de las reducciones.
La reducción, sin embargo, no pretendía ser una
organización económica o una protección política. Para los jesuitas era
decididamente una misión y una doctrina que llama a la conversión.
¿Cómo aceptaron los Guaraní esta misión? Creo que con
los datos que se tienen en la documentación hay que admitir que los Guaraní
aceptaron la fe cristiana, de la que la vida en la reduciión era como el
sacramento. La devoción a la cruz, a María, a los santos, la participación en
la liturgia, el aprendizaje de la doctrina cristiana, la moralidad de las
costumbres, significan una sinceridad en la aceptación de la fe en Jesucristo,
que no es justo poner sistemáticamente en duda.
Un disimulado cautiverio
Paralelamente con la visión que asume y asimila la reducción, se dio otra
de marcada oposición. En medio de los indios reducidos, quedaba todavía el
Guaraní irreductible. Lo característico de esta actitud de rebeldía y
crítica es que viene identificada con la categoría especial de personas: los
"hechiceros", los payés, los chamanes. Para los padres la actitud y
argumentación de estos críticos del sistema reduccional tiene mucho de
ridículo, insensato y hasta diabólico, lleno de "disparates" [Blanco
1929: 410].
He aquí algunos de sus discursos y puntos de vista
retenidos por la misma documentación jesuítica.
«¿Por ventura fue otro el patrimonio que nos dejaron nuestros padres,
sino la libertad? La misma naturaleza que nos eximión del gravamen de ajena
servidumbre, ¿no nos hizo libres aun de vivir aligados a un sitio? ¿No ha
sido hasta ahora común vivienda nuestra cuanto rodea estos montes, sin que
adquiera posesión en nosotros más el valle que la selva? Pues, ¿por qué
consientes que nuestro ejemplo sujete a nuestros indios y lo que es peor a
nuestros sucesores, a este disimulado cautiverio de reducciones de que nos
desobligó la naturaleza?» [Blanco 1929: 525].
El instigador de la muerte del Padre Roque, el indio
Potirava, hace un análisis muy correcto del significado político de la
reducción. Él y otros como él manifiestan su recelo y oposición contra la
reducción, porque captaron, creo yo, el colonialismo interno e inherente al
sistema reductor. Otro dirigente guaraní se expresa en términos análogos:
«La libertad antigua veo que se pierde, de discurrir por valles y
selvas, porque estos sacerdotes extranjeros nos hacinan a pueblos, no para
nuestro bien, sino para que oigamos la doctrina tan opuesta a los ritos y
costumbres de nuestros antepasados» [Montoya 1892: 228-29].
Los dirigentes guaraní no se engañan sobre los cambios
radicales de estructura que producirá la reducción. Es interesante notar que
la reducción haya sido conceptuada por los Guaraní más críticos como
pérdida de libertad; en otros términos, opresión y no liberación. La
expresión "disumulado cautiverio" queda ahí como toque de alerta
inquietante.
Si por una parte la reducción es aceptada y acogida como
novedad tecnológica, protección contra la esclavitud y afirmación política
de algunos caciques, por otra no consigue apagar ni suprimir la conciencia que
muchos tienen, en especial los chamanes de que su modo de ser tradicional, su teko,
está siendo amenazado. Es la propia identidad guaraní la que está siendo
amenazada. Es la propia identidad guaraní la que está en juego a través de la
reducción. De ahí la oposición de los Guaraní contra los jesuitas en varios
casos. Al jesuita que entra en el Itatín para fundar reducciones,
«uno de los principales caciques le dijo con mucha determinación y
dureza que se volviese para su tierra porque ellos no habían de admitir
otro ser (su frase es ésta) al que sus abuelos heredaron» [Carta Anua
1632: f. 273].
«Los demonios nos han traído a estos hombres –decía otro
dirigente guaraní a su gente– pues quieren con nuevas doctrinas
sacarnos del antiguo y buen modo de vivir de nuestros antepasados... No es
razón que esto pase adelante, sino que los desterremos de nuestras tierras,
o les quitemos las vidas».
Y encarando a los Padres:
«Salió diciendo a voces: Ya no se puede sufrir la libertad de éstos
que en nuestras mismas tierras quieren reducirnos a vivir a su mal modo»
[Montoya 1982: 57-58].
Otro chamán se expresa de modo parecido:
«Vivamos al modo de nuestros pasados; ¿qué hallan estos Padres de mal
en que tengamos mujeres en abundancia? Por cierto que es locura que dejadas
las costumbres y buen modo de vivir de nuestros mayores, nos sujetemos a las
novedades que estos Padres quieren introducir» [Montoya 1892: 221].
La reducción tiene un carácter totalizante y sus
consecuencias serán irreversibles en todos los órdenes. La reducción perturba
la ecología tradicional, trae una nueva morfología social, dispone del espacio
urbano según intenciones precisas, modifica el sistema de parentesco. En la
reducción la religión guaraní es atacada, ridiculizada, suprimida y en fin
sustituida. Los "hechiceros" son acosados y perseguidos, expulsados o
domesticados. No hay duda que la reducción pretende cambiar el ser guaraní.
Del chamán Guyraverá se dice, cuando se convierte, que «va perdiendo su ser,
y se va humanando» [MCA I: 302].
Si la intención de la reducción es ésta, no es extraño
que aquellos Guaraní que tienen de su ser una conciencia más aguda y crítica
cuales son los chamanes, se levanten proféticamente contra la reducción. Yo
veo la muerte de los Padres Roque González, Alonso Rodríguez y Juan del
Castillo, como el precio de una invasión colonial, por lo menos en la
mentalidad indígena.
La resistencia contra la reducción, muda sin embargo de
tono. La lucha no es contra un conquistador sin escrúpulos, un cazador de
esclavos o un encomendero brutal; el jesuita no es visto así. A lo más
llegóse a sospechar que él fuese el portaestandarte y la punta de lanza de una
invasión posterior. Hubo fugitivos provenientes del sector ya colonizado que
esparcieron esta inquietud [ver supra: 152]. Pero en el
fondo la oposición contra la reducción es más sutil. Es la conciencia más o
menos expresa de que quien entra en la reducción, queda reducido.
La resistencia de los Guaraní contra la reducción
raramente se levantó en armas. Se manifiesta por el contrario
"espiritualmente". Con razón se ha podido hablar de «guerra de
mesías» [Métraux 1967: 11-41; ver supra: 151]. Los chamanes
guaraní, a través de la comunicación privilegiada del canto y de la danza,
intentan poner a su gente en estado de rechazo conra la reducción-pueblo.
«Despacharon [los "hechiceros"] a toda aquella tierra muchos
discípulos suyos que llaman jerokyhára [danzantes]... trayendo los que
estaban en los pueblos, con danzas, bailes y cantos, diciendo en ellos cómo
aquellos pueblos se habían de acabar... Con esto la gente comenzó a temer,
y muchos se iban del pueblo y dejaban perder sus casas, estándose en sus
chácaras y pueblecillos» [MCA IV: 254].
Contra la reducción la resistencia guaraní se estructura
del mismo modo como se presentó contra la dominación colonial de los primeros
tiempos de la conquista. Esto induciría a pensar que para los
"profetas" guaraní, se trata todavía de la misma invasión y
"desnaturalización", siendo las diferencias entre ambas actuaciones –las
de los colonos y las de los jesuitas– sólo accidentales.
«Preguntando un día a los indios de dónde estaban y qué era la causa
de perderse sus casas, me dijeron que unos jerokyhára [danzantes] que
andaban por los tetâmini [aldeas], los engañaban diciendo que este pueblo
se había de destruir... decían que ellos eran dioses y criaban los
maizales y comida y eran señores de los fantasmas de los montes, de los
itakyseja [dueños de las piedras-cuchillo] y de los yvytypo [habitantes de
los cerros] y que los tigres andaban a su voluntad y mataban a los que ellos
querían, y que los primeros que habían de perecer habán de ser los
vaqueros y los yvyrapondára [los carpinteros] y los que se hacían
cristianos, y que los que trabajaban en el pueblo se les había de perder
las comidas» [MCA:III 106].
La tierra que Dios nos dio
Con los años el sistema de las reducciones se afianzó, se extendió y
consolidó. Desde la segunda mitad del siglo XVII cualquier resistencia activa
contra él puede darse por eliminada; por lo menos no deja rastros de
consideración en la documentación. Aunque en el sector de dominación criolla
no jesuítica tuvo lugar todavía en 1660 la gran rebelión de los indios de
Arecayá [Velázquez 1965: 307-25].
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San Miguel. «Tupã Ñ.Y. tecatuai raco S. Miguel marangatu ombou ybagagui, co
yby ore recoha poriahurehe, ore ramõinguera upe» (El mismo Dios N.S.
envió a San Miguel del cielo a nuestros abuelos, por esta pobre tierra en
que estamos) (Carta del cabildo de San Miguel, de 20 de julio de 1753) [Archivo
Histórico Nacional, Madrid, Leg. 120 j., 39]. Museo Santa María,
Paraguay. Foto Blanch.
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Es cierto que los padres, a medida que pasaba el tiempo,
se quejan con más frecuencia de la pereza, dejadez y desinterés de los indios
en asumir sus trabajos; lo que podría ser interpretado como una forma de
resistencia pasiva contra aquella vida. Estaban también los fugitivos; pero
éstos en general no volvían al monte, sino que se huían a los pueblos de
españoles donde mal vivían de changas y conchabos ocasionales, fenómeno que
se acentuó todavía más después de la expulsión de los jesuitas [Susnik
1966: 44-46].
Los chamandes guaraní habían desaparecido o su
influencia estaba enteramente neutralizada. Los Guaraní cantaban y danzaban
ahora en la iglesia y en la plaza el nuevo orden reduccional. La vida había
sido ritualizada según pautas nuevas que los Guaraní aparentemente asumieron y
asimilaron con agrado [ver infra: 199-203]. En la
literatura jesuítica y pro-jesuítica se difundía la imagen de un pueblo
feliz, felizmente reducido.
¿Cuál era la visión que tenían los propios Guaraní de
su reducción? Durante la llamada guerra guaranítica (1753-56) apareció una
oportunidad extraordinaria para que los Guaraní expresaran lo que sentían
sobre sus pueblos.
Por el Tratado de Madrid de 1750 entre España y Portugal
siete pueblos de las reducciones debían pasar al dominio portugués. Esto
equivalía a tener que abandonarlos. Los Guaraní se rebelaron y explicaron su
actitud en numerosas cartas que son otros tantos manifiestos. Es en estos
escritos donde aparece fehacientemente un modo de ser guaraní ya
transculturado, pero relativamente autónomo y decidido en su resistencia. Todas
estas cartas escritas por los cabildos y caciques argumentan con una dialéctica
similar: el mandato del rey es absurdo e incomprensible porque va contra los
mismos intereses de la corona española. Es además injusto. Ellos no fueron
conquistados por las armas; se sometieron voluntariamente. Sus servicios en la
defensa de la corona, especialmente contra las invasiones de los portugueses, no
merecen este trato. Es insoportable tener que entregar sus pueblos a sus
enemigos, españoles y portugueses. Por otra parte, ¿dónde encontrar tierras
tan buenas?.
No se trata de hacer aquí un análisis de la
articulación dialéctica de estas cartas. Sólo voy a fijarme en el tópico de
lo que significa para el indio esta su reducción, su pueblo.
La tierra en la que ahora están, es ante todo "la
tierra en donde Dios nos puso", "la tierra que Dios nos dio",
"donde Dios nos crió", "donde Dios nos reunió". Esta
tierra es una especie de sacramento de vida cristiana.
«[Los portugueses] quieren y pretenden destruir nuestro cristiano modo
de proceder en nuestras tierras que Jesucristo nos dio y en que nos bendijo
con el mérito de su santísima sangre... la sangre que siguiendo los
ejemplos de Jesucristo derramaron los dichos padres Mendoza y los demás la
derramaron para que los indios después de ya cristianos poseyésemos aun
mejor que antes estas nuestras tierras, y no para que las lograsen y gozasen
los portugueses, que son una gente del diablo» [cfr. Mateos 1949, y
Rabuske 1978, para todos estos textos].
Los indios aprecian con orgullo la construcción
majestuosa de sus famosas iglesias.
«También se llega que tenemos una iglesia grande donde nos juntamos,
que nos ha hecho sudar y dado mucho trabajo, y no sólo sudar sino que por
ella hemos derramado mucha sangre y acabado las vidas».
«La iglesia está fabricada de piedra de sillería...»
dicen los indios de San Miguel. Las ruinas de esa iglesia barroca están ahí
con toda su grandeza adivinada. Desde un punto de vista socio-económico los
indios tienen clara conciencia de que sus pueblos son fruto de su trabajo.
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El templo de San Miguel, como símbolo de la resistencia de los Guaraní de
los Siete Pueblos. «Mabyte tenanga Tupã upe ñote ore ñemocaneõ hague
naicatui ore heya haguãma» (Mucho menos está bien que dejemos nuestra
grande iglesia, en la que sólo para Dios nos cansamos) (Carta del cabildo
de San Miguel, 20 de julio de 1753) [A.H.N., Leg. 120 j., 39]. Foto Blanch.
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«Nuestro Santo Rey no sabe ciertamente lo que es nuestro pueblo ni lo
mucho que nos ha costado. Mirad, señor, más de cien años hemos trabajado
nosotros, nuestros padres y nuestros abuelos para edificarlo y ponerlo en el
estado que al presente tiene, habiendo todos tolerado con incesante tesón
por tan dilatado tiempo increíbles fatigas hasta derramar nuestra sangre
para concluirlo y perfeccionarlo... consta el pueblo de 72 grandes hileras
de casas, tiene hierbales muy grandes, y seis algodonales de mucha
extensión. Las chacras de los indios de todas suertes de semillas son como
mil y quinientas. Hay en fin otras innumerables obras de toda suerte de
labor».
Los de San Lorenzo hablan también de "cuatro
yerbales, cuatro grandes algodonales". Los de San Miguel advierten que no
han de dejar sus yerbales, su gran algodonal y la enorme estancia que poseían.
Se había corrido la voz de que los jesuitas habían
vendido los pueblos por cuatro mil pesos cada uno, lo que naturalmente les
había llenado de indignación.
«Nosotros somos cristianos. Los cuatro mil pesos que recibió del
Gobernador por esta tierra, dígale V. Ra. que luego los vuelva».
Y ahí empiezan a sospechar traición en los jesuitas:
«Los padres juegan con nuestros pueblos, con nuestras hermosas
iglesias, con nuestras tierras y hacienda».
Buscar otra tierra no es solución:
«No hemos hallado tierra alguna buena para hacer iglesia, para fundar
el pueblo, ni para un buen hierbal, ni aun para buena estancia; y así sólo
padeceremos y tendremos una suma pobreza y trabajo».
Algunos padres escribieron a los indios de los pueblos
rebelados:
«No os dejéis engañar, hijos, del apego y excesivo amor a las cosas
de la tierra».
En aquellas circunstancias estas palabras no podían ser
más inoportunas. Los indios sienten por esa tierra un amor entrañable en el
setido más visceral del término:
«Aun los animales se hallan y aquerencian en la tierra que Dios les dió»... «Aun
los animales más bravos, afligiéndolos alguno, se vuelven y acomenten
contra él. Cuánto más nosotros que somos cristianos, amamos muy mucho el
pueblo que Dios nos dió».
Hay que notar, sin embargo, que el amor por la tierra no
es de modo alguno un sentimiento "natural", y mucho menos animal. Para
ellos la tierra es la reducción y el pueblo, como realidad social, cultural y
religiosa: lugar de hombres y de personas que no consienten ser tratados como
animales.
«¿Queréis por ventura tratarnos como animales cansados que echan al
campo, echándonos y apartándonos de la tierra que Dios nos crió?».
Les dicen los indios de Santo Ángel a los Padres
Fernández y Ballester. Y el cacique Nicolás Ñeengyrú repite casi lo mismo,
dirigiéndose al comisario jesuita, Padre Altamirano:
«Nos quiere echar como si fuéramos conejos a los montes, o al campo
raso como si fuéramos caracoles».
Este amor por la tierra se manifiesta incluso con tonos
delicadamente bucólicos:
«Dios nos ha proveído de todo lo necesario en esta nuestra tierra. Hay
montes de madera buena para iglesias y casas. Hay arroyos cristalinos para
los cristianos. Por eso no dejaremos a Dios que los crió para nuestro
alivio».
(El poeta paraguayo canta hoy todavía el arroyo que
brilla: ysyry porãite remimbíva...)
Estos sentimientos por la tierra, aunque parezcan
naturales y primitivos, son en realidad el producto de una transculturación. No
son la añoranza de un modo de vida anterior, sino la afirmación de la vida en
reducción y se expresa a través de ella. Es la reducción a la que ahora
defienden pro aris et focis.
«Hinc inferes quod latet in cordibus eorum. Yo no dudo que todos
pelearán pro aris et focis, como muchas veces el P. Rafael y yo decíamos
al Padre Comisario».
Los indios repiten una y otra vez en sus cartas que no
quieren la guerra, pero tampoco la temen si es el único medio para conservar
sus tierras y hacienda.
«Aunque no queremos la guerra, mas por si la hubiere sólo decimos a
los nuestros: Prevénganse sólo para ella, compongamos bien las armas,
busquemos a nuestros parientes que nos han de ayudar, y confiando en
Jesucristo nuestro ayudador decimos: "Salvemos nuestras vidas, nuestra
tierra y nuestros bienes todos, porque no nos conviene que con la mudanza
quedemos pobres y afligidos de balde, ni que nos perdamos en balde por estos
campos, por los ríos y agua, y por esos montes". Y así sólo decimos
que aquí sólo queremos morir todos si Dios nos quiere acabar, nuestras
mujeres y nuestros hijos pequeños juntamente. Esta es la tierra donde
nacimos y nos criamos y nos bautizamos, y así aquí sólo gustamos de
morir, dicen los de San Luis».
La visión que tienen los indios de 1753 sobre la
reducción estaría en la línea de aquella aceptación que mostraron en los
tiempos fundacionales. La reducción representa un modo de vida con ventajas
nada despreciables. Y este modo de vida, en 1753, parece plenamente asumido a
través de una ideología que podemos calificar de reduccional. El Guaraní de
la reducción sería una nueva realidad sociocultural y religiosa.
Si es así, ¿cuáles son los alcances de la reducción?
¿Los mismos que los producidos por la dominación colonial sin más?.
«El esforzado y guerrero cario que acompañaba a los conquistadores en
todas sus jornadas transchaqueñas, el rebelde guarambarense, el altivo y
belicoso paranaense, el resistente arecayense, el orgulloso itatín, todos
estos caracteres del siglo XVI volviéronse pronto en pasivos, resignados o
dóciles, aglomerados en sus nuevos pueblos, sufriendo el impacto de
vejaciones... y como el guerrerismo guaraní siempre estuvo íntimamente
asociado con la agitación shamánica en función de respaldo mágico, los
naturales quedaron desposeídos del acondicionamiento esencial para ofrecer
una ressistencia activa contra los españoles» [Susnik 1965: 215-16].
Cabe preguntarse si en las reducciones jesuíticas se dio
el mismo fenómeno de dominación por amansamiento.
Las acciones de guerra que los Guaraní misioneros
mantuvieron periódicamente contra diversos enemigos (bandeirantes paulistas,
comuneros paraguayos, invasores portugueses, más enemigos de la corona
española que de los mismos indios), contribuyeron sin duda a mantener entre
ellos la conciencia de un cierto valer y valor. La resistencia armada nunca
desapareció del horizonte del indio guaraní de la reducciones.
Antiguamente, liderados por sus caciques y "profetas"
defendían su modo de ser contra los ataques y acechanzas del mundo colonial,
del que la reducción podía ser considerada una forma mitigada, pero no menos
activa.
Después de años de reducción, y privados de sus
"hechiceros" tradicionales, los Guaraní van a la guerra en defensa de
una tierra y de un pueblo que "Dios les dió"; defienden hasta la
muerte las condiciones de poder vivir su reducción como modo de ser nuevo,
incluso en lo que tiene de específicamente religioso.
[*]
Publicado en Christus 46, 551 (México 1981) pp. 30-36.
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