Uruguay, tierra guaraní...
Por: Leonardo Haberkorn, 2004
Cuando semanas atrás se celebró el día de indio, "charrúa" fue la palabra que más se
escuchó en los homenajes. Fue un error: debió decirse "guaraní". Porque los indios que
mayor influencia tuvieron en Uruguay no fueron los charrúas sino los guaraníes.
La diferencia de aportes es tan grande como ignorada. Eso al menos
es lo que sostienen –contra la idea habitualmente difundida– varios de los más
respetados antropólogos e historiadores uruguayos.
De hecho, el antropólogo Daniel Vidart
está preparando un libro para reivindicar a los guaraníes en general y su aporte al
Uruguay en particular. No es el primero en hacerlo: otros lo han hecho antes pero
con poca suerte.
Recordar el aporte guaraní en la formación del país choca contra
dos muros. En primer lugar, es un asunto incómodo para quienes sostienen que Uruguay
se formó exclusivamente con la inmigración europea. En segundo término, molesta a
quienes mitifican todo lo charrúa.
Lo cierto es que la mayoría de los uruguayos
desconoce la influencia que los guaraníes tuvieron en la formación de Uruguay.
"El país a lo largo de la mayor parte del presente siglo ignoró
o desdeñó tan importante aporte étnico, pues un equivocado nacionalismo indigenista,
y, sobre todo, la persecución del afán de un Uruguay blanco, hizo que la etnia de los
cazadores nómades, los charrúas, monopolizara el concepto de lo indígena en el Uruguay,
posición totalmente insustentable de acuerdo a las modernas investigaciones etnohistóricas,
antropológicas y arqueológicas", escribió el historiador Oscar Padrón Favre en
Los
inmigrantes olvidados, un librillo editado por el autor, en Durazno, el año pasado.
Se comieron a Solís
A la llegada de los europeos, los guaraníes podían ubicarse entre las culturas medias
de América del Sur: eran menos desarrollados que la civilización inca pero estaban en un
estadio superior a los pueblos nómades y cazadores, como los charrúas. Habían aprendido
a plantar la mandioca y vivían en poblados. Navegaban los ríos en canoas y eran temibles
guerreros. Creían en un paraíso, la Tierra sin mal. Sabían tejer, eran eximios ceramistas
y tenían un gran dominio de la herboristería. Conocían los usos medicinales y las
propiedades de muchas plantas. Entre ellas, la yerba mate.
Originarios de algún lugar de la selva tropical, explicó Vidart, ya
antes de la conquista los guaraníes habían llegado al Río de la Plata. "Llegaron entre
los años 1400 y 1500, bajando por los grandes ríos", afirmó el antropólogo. Fueron
guaraníes y no charrúas quienes mataron y se comieron a Solís: eran los únicos indios
de la región que practicaban la antropofagia, no se sabe si únicamente con fines rituales
o también alimenticios.
Al arribo de los españoles, el área de dispersión guaraní era enorme
y estaba lejos de limitarse al Paraguay como hoy suele creerse: habitaban desde las Guayanas
hasta el Río de la Plata, de los Andes a la costa atlántica brasileña.
Las referencias históricas a los guaraníes que habitaban nuestras
costas a la llegada de los europeos pronto desaparecieron: se supone que no eran muchos
y que su población fue rápidamente diezmada por las enfermedades que trajo el hombre blanco.
"Como se encontraban en las bocas de los grandes ríos –explica el
antropólogo Renzo Pi Hugarte en su libro El Uruguay indígena– fueron los primeros con
los cuales los conquistadores establecieron relaciones. (...) Es probable que hayan sufrido
antes y más que ningún otro grupo los efectos de dolencias desconocidas para ellos".
Pero no demorarían en volver y en mayor número, aunque en circunstancias
totalmente diferentes.
La jauja
En 1607 se crearon las misiones jesuíticas y con ellas comenzaron a surgir a orillas de
los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay reducciones de indios impulsadas por los jesuitas.
La inmensa mayoría de los indios reducidos en las misiones eran
guaraníes, que allí fueron convertidos a la fe católica, aplicaron y perfeccionaron sus
conocimientos ganaderos y agrícolas y aprendieron a desarrollar diversos oficios manuales.
Las misiones jesuíticas han suscitado hasta hoy opiniones opuestas.
"Para algunos, fueron santuarios del trabajo y la oración, donde el indio estaba a salvo
de los ataques de los bandeirantes paulistas que venían a buscarlos como esclavos. Para
otros, las misiones fueron simplemente un modo de reunir indios para su mejor explotación,
bajo una fachada de cristianización", explicó Vidart.
De un modo u otro, los 30 pueblos que conformaron las misiones reunieron
una enorme población. Padrón Favre anota que, en 1729, cuando Montevideo tenía apenas
300 vecinos, las misiones estaban pobladas por 140.000 habitantes.
El principal recurso alimenticio para semejante población era el ganado
vacuno que se había multiplicado prodigiosamente en la Banda Oriental, ya conocida como
la Vaquería del Mar.
Para aprovisionar a sus pueblos, los jesuitas enviaban al sur de la
Banda Oriental a grupos de 60 troperos guaraníes que, acompañados de dos sacerdotes y de
una tropilla de caballos, efectuaban gigantescas arreadas de vacunos hacia el norte. Fue
entonces cuando los guaraníes comenzaron a volver a la Banda Oriental.
"En todas estas excursiones –explicó el antropólogo Vidart– había
indios que desertaban, porque la disciplina de las misiones era muy severa y la tentación
de la libertad era muy fuerte. ¡En las misiones hasta para fornicar había que obedecer el
toque de campana!. Ellos ya sabían que esto era la jauja, el paraíso de los pobres: había
comida de sobra y se la podía obtener con un mínimo esfuerzo: aire fresco y carne gorda.
Era un imán muy poderoso. Cada una de aquellas excursiones dejaba más guaraníes radicados
en la Banda Oriental".
Carne de cañón
Los guaraníes también escaparon de las misiones huyendo de las repetidas epidemias.
Pero fueron muchos más los que llegaron a la Banda Oriental como soldados al servicio de
la corona española, que muchas veces los reclutó para servir en sus ejércitos. España se
valió repetidamente de los guaraníes de las misiones para combatir en nuestro actual
territorio a los portugueses y charrúas.
Por ejemplo: miles de guaraníes llegaron varias veces para atacar a
los portugueses en Colonia. La primera vez fue en 1680, pero luego los ataques se repetirían.
En las campañas contra los indios salvajes, 2.000 guaraníes se
enfrentaron a los charrúas en 1702, en la sangrienta batalla del Yi, un choque que
duró cinco días.
Luego, entre 1724 y 1726, otros 2.000 guaraníes llegaron para levantar
las murallas de la recién fundada Montevideo.
"En cada una de estas campañas –relató Vidart– muchos indios
desertaron. Desertaban los inadaptados al muy estricto sistema misionero, tentados por
los salarios que les ofrecían los estancieros que sabían que los guaraníes eran mano de
obra calificada. Y en las misiones los guaraníes trabajaban sin recibir ninguna paga".
Decadencia misionera
Pero la cantidad de guaraníes que se radicaron en campos de la Banda Oriental aumentó
considerablemente a partir de 1750, cuando comenzó la decadencia del sistema misionero.
Ese año, España entregó a Portugal parte de las misiones a cambio de Colonia. Los
guaraníes se resistieron al acuerdo, por temor a ser esclavizados por los lusitanos.
En 1754 se revelaron pero, tras dos años de guerra fueron vencidos. En esos años, muchos
escaparon y llegaron a estas tierras.
Existe la constancia histórica de que 3.000 guaraníes fueron llevados
por los portugueses a Viamao, en Río Grande, pero esa población desapareció en pocos años
y se supone que muchos escaparon a campos orientales.
Los investigadores Rodolfo González Rissotto y Susana Rodríguez Varese
han comprobado que, en muchos de los archivos parroquiales del Uruguay, existe a partir
de la década octava del siglo XVIII, la constante definición o expresión: "indio natural
de Viamao".
El proceso de llegada de guaraníes a la Banda Oriental aumentó aun
más en 1767, cuando España expulsó a los jesuitas. El sacerdote alemán Martin Dobrizhoffer
dejó constancia que 15.000 guaraníes "se dispersaron en los campos más remotos sobre el
Uruguay, para tener pronto su alimento porque allí abunda el ganado".
Finalmente, existen otros tres momentos en que grandes grupos guaraníes
llegaron a la Banda Oriental. Cuando Portugal tomó para sí las misiones ubicadas al oriente
del curso norte del río Uruguay, en 1777, muchos huyeron al sur para no quedar bajo el
gobierno de sus antiguos enemigos. En 1820 cuando Artigas fue vencido y buscó refugio
en Paraguay, 4.000 guaraníes que eran su último apoyo en Corrientes, Entre Ríos y Misiones,
cruzaron a refugiarse en la Banda Oriental. Y, finalmente, en 1828, cuando Rivera reconquistó
las misiones orientales, entre 4.000 y 10.000 guaraníes ingresaron con él al actual
territorio uruguayo.
Arriba de la mesa
¿En definitiva cuántos guaraníes llegaron a vivir en Uruguay?.
González Rissotto y Rodríguez Varese investigaron años atrás las actas
de bautismos y defunciones existentes en los registros parroquiales desde la época colonial
hasta 1851 y detectaron casi 30.000 pobladores guaraníes.
"¿Usted cree que alguien citó nuestro estudio? No, nadie. No tuvo ni
una sola mención", relató González Rissotto. "Lo que pasa es que hay una mentalidad que
privilegia el aporte europeo, que fue muy importante pero no fue el único. Y por otro lado,
las nuevas reivindicaciones indigenistas desconocen todos los estudios serios, son un
mamarracho. Los que saben que tienen un antepasado indígena dicen: 'yo tengo un antepasado
charrúa', porque la gente común repite lo que siempre le han dicho. Pero la verdad es que
el mestizaje indio que existió fue en su casi totalidad guaraní".
"Nosotros encontramos cerca de 30.000 guaraníes registrados hasta
1851. En el mismo lapso, en los mismos registros, los charrúas no llegaban a 100. Yo tengo
30.000 fichas para poner arriba de la mesa. ¿Qué tienen ellos?", agregó el investigador,
que hoy se desempeña como ministro de la Corte Electoral.
Para la escasa población que entonces tenía el país –algo más de
70.000 habitantes al momento de la independencia– la cifra de fichas parroquiales de
indios guaraníes es muy importante.
Además, esos indios –a diferencia de los charrúas– sí se mestizaron.
La población charrúa en la Banda Oriental –que según las fuentes más serias jamás sobrepasó
las 5.000 almas– nunca aceptó la religión cristiana ni las pautas de conducta y trabajo
que traían los europeos. Tampoco aceptaron mezclarse con los blancos. "El charrúa fue hasta
el final un grupo endógamo, muy cerrado. Obviamente, algún cruce existió, pero fueron casos
aislados, excepcionales. El 95% de quienes tienen algún antepasado indio, tiene sangre
guaraní y no charrúa", sostuvo Vidart.
En cambio, los guaraníes llegados de las misiones, habían aceptado
la fe católica, formaban familias monogámicas, dominaban las técnicas agrícolas y ganaderas
del campo y habían aprendido los oficios manuales que traían los europeos: estaban en
condiciones ideales de asimilarse sin problemas a la población de campaña.
"Esa población indígena, preparada en una serie de oficios manuales,
con tradición de agricultores y criadores de ganado vacuno y ovino, muy religiosa, se
integró con suma facilidad a la sociedad hispano criolla", sostiene Padrón Favre en una
de sus obras.
"Esos guaraníes acristianados, destribalizados y eurotecnificados
forman parte de la fuerza de trabajo calificada que lleva adelante la ganadería y la
agricultura en el país", anotó Vidart.
Justamente, para integrarse, la gran mayoría cambió sus apellidos.
"Llevar un apellido indio –agregó el antropólogo– era un lastre, ser indio conllevaba
una aureola de desprecio. Una enorme cantidad de paisanos de apellidos como González,
Pérez, Rodríguez, no eran españoles, sino guaraníes".
La sangre
Aunque los guaraníes selváticos sobreviven hasta hoy, casi todos los llegados a Uruguay
provenían de las misiones jesuíticas. Es por eso que esos indios no trajeron a la Banda
Oriental su cultura original.
"Los guaraníes que llegaron aquí estaban deculturados y
destribalizados. Su cultura original se la habían hecho pedazos en las misiones.
Aquello, en lo que refiere a la cultura, fue una máquina de picar carne. La mayor
parte de las cosas que trajeron esos indios fueron elementos de la cultura popular
española, como el uso de la guitarra. Es verdad que trajeron el conocimiento de las
plantas medicinales, pero las nociones de enfermedad, tratamiento y cura son de los
españoles", señaló Pi Hugarte.
Pero pese a todo, los guaraníes dejaron una huella notoriamente
mayor que la de cualquier otro grupo indígena.
La más visible herencia guaraní está en los nombres de casi todos
los accidentes geográficos uruguayos que llevan nombres guaraníes, como Aiguá, que quiere
decir manantiales, o Batoví, que significa seno de mujer.
La lista es extensísima. Por ejemplo, casi todos los ríos del país
tienen un nombre que deriva de una voz guaraní: Arapey, Cebollatí, Cuareim, Daymán,
Queguay, Tacuarembó, Tacuarí, Yi. Por supuesto, Uruguay también es un nombre guaraní.
"¿Por qué todos los lugares tienen nombre en guaraní?. Porque
quienes vivían ahí hablaban guaraní. Eso es de una claridad meridiana", sostuvo
González Rissotto.
Vidart explicó que en campaña, hasta 1830 o 1840, el idioma era
el guaraní. "Esto duró hasta que comenzó el aluvión migratorio, cuando el europeo comenzó
a exigir que se hablara el castellano".
Incluso algunas palabras –especialmente nombres de especies animales
y vegetales– sobrevivieron y hoy se usan, incorporadas al castellano: ñandú, ombú, jaguar,
tararira, yacaré, yarará, entre otras.
Casi todos los entrevistados destacaron que los guaraníes trajeron y
dejaron algunos usos que aún perduran especialmente en el campo. Vidart explicó que la
costumbre de cultivar hortalizas vino con ellos: "Antes de su llegada, en el campo
oriental comer verde era para animales. También trajeron su conocimiento sobre las
virtudes de los yuyos, lo que perdura hasta hoy".
Incluso la más típica de las costumbres uruguayas tiene origen
en el conocimiento de las hierbas que tenían los guaraníes: el consumo de yerba mate.
Los guaraníes sabían de las virtudes de esta planta, aunque la consumían de otro modo:
macerándola y masticándola.
El otro gran aporte guaraní al Uruguay fue el de la sangre. "Muchos
miles de uruguayos descienden de ellos", sostuvo Padrón Favre. Vidart coincidió: "el
componente amerindio de nuestra sociedad es guaraní, no charrúa". Pi Hugarte también:
"es indudable que el chinerío de campaña, que todavía se ve en los bordes de los pueblos,
esa gente de rasgos indios, de pelo chuzo, son descendientes de guaraníes de las misiones
y no de charrúas, que nunca se mezclaron con el blanco".
El olvido
¿Cómo pudo suceder que un país que lleva nombre guaraní, que tiene al mate como bebida
nacional olvidara tan terminantemente el aporte de estos indios?.
Para Pi Hugarte la razón está en que "los guaraníes llegaron tarde y
deculturados. Rápidamente se mezclaron con una población muy variada que había en la
campaña: se fundieron en la formación de la nueva sociedad".
Otros entrevistados marcaron que, además, existió un deliberado
olvido, ya sea para remarcar la "pureza blanca" del Uruguay o para apoyar la creación
de un mito charrúa.
Hubo una tendencia de los nacionalismos de fines del siglo XIX, que
se repitió en toda América, explicó Padrón Favre. "Cada país trataba de tener un indio
propio. Ahí apareció el azteca como símbolo de México, a pesar de que en ese país vivieron
y viven otra gran cantidad de pueblos indios; el guaraní quedó identificado sólo con
Paraguay; y en Uruguay apareció el charrúa como símbolo".
"Y se eligió a los charrúas –continuó el historiador– por una razón
muy simple: porque estaban muertos. En esa época había un racismo muy fuerte. El progreso
era posible únicamente si éramos un país 100% blanco. Entonces si los únicos indios de
Uruguay habían desaparecido, éramos un país homogéneamente blanco, el único de América.
Y como estaban muertos, reivindicar a los charrúas no tenía ningún efecto social".
La historiadora Ana Ribeiro realizó un análisis similar. "En 1930
se construyó en Uruguay el imaginario de un país joven, poderoso, blanco y orgulloso.
Estaba claro que no se podía ser blanco y magnífico si se tenía un antepasado indio.
Entonces ahí aparecieron los charrúas: el indio indómito, ejemplo de heroísmo y valentía,
un pasado muy lejano que no manchaba la pureza blanca del nuevo país ni ofrecía ningún
peligro: como estaban todos muertos podían ser elevados a la categoría de emblema, de
mito. Lo mismo pasó con los gauchos: mientras existieron fueron considerados un peligro,
un mal. Cuando dejaron de existir, pasaron a ser reivindicados".
La elección no pudo ser más afortunada: "Para el pueblo resultó
mucho más atractivo identificarse con el indio rebelde, que se sacrificó, que nunca
aceptó al europeo ni al cristianismo, que recordar a los guaraníes que, en cambio,
trabajaron humildemente al servicio de cualquier encomendero", explicó Ribeiro.
Nuevo intento
Vidart escribe sobre los guaraníes porque cree que se está cometiendo una gran
injusticia histórica. "De los guaraníes que pelearon con Artigas ya ni se habla.
Se habla mucho del caciquillo charrúa Manuel Artigas, pero de Andresito, Sotelo,
Sití, los caciques guaraníes artiguistas, nadie se acuerda. Fueron mucho más numerosos
los guaraníes que los charrúas comprometidos con Artigas. En la lucha contra los
portugueses murieron muchos más guaraníes que todos los charrúas juntos. Cuando
Artigas habla de repartir tierras a los indios, habla de guaraníes, no de charrúas".
Al igual que Vidart, todos los especialistas consultados no
dudan que los guaraníes dejaron una huella mucho más importante que los charrúas
en la formación del Uruguay.
"El único aporte de los charrúas a la nueva sociedad fue el uso
de la boleadora... y ya prácticamente no se usa más. Sacando eso, no dejaron otra cosa",
dijo Pi Hugarte.
Para Vidart "los charrúas sólo dejaron un extraordinario ejemplo
de valentía, de resistir hasta las últimas fuerzas. Pasaron como una sombra heroica,
pero no dejaron huellas en nuestro pueblo. No puede atribuírseles un aporte demográfico
y cultural que no tuvieron. Y no se puede equipararlos al peso efectivo que sí tuvieron
los guaraníes en la formación del Uruguay".
De todo eso hablará el nuevo libro de Vidart, una de las figuras
más reconocidas y destacadas de la ciencia uruguaya.
Es de esperar que la nueva obra tenga más suerte que la que han
tenido los anteriores intentos por poner las cosas en su lugar.
Levantadores de ciudades
Los guaraníes tuvieron un importante papel en la fundación de varias de las actuales
ciudades y pueblos de Uruguay.
Los arqueólogos Leonel Cabrera y María del Carmen Curbe lo, en su
trabajo Aspectos sociodemográficos de la influencia guaraní en el sur de la antigua
Banda Oriental, ilustran sobre varios casos. Paysandú, por ejemplo, nació como un
puesto de avanzada para las expediciones misioneras a la Banda Oriental en busca de
ganado. Idéntico origen tiene San Javier.
En 1724, 1.000 guaraníes, acompañados por dos religiosos, llegaron
a Montevideo para levantar sus murallas. Cabrera y Curbelo señalan que los indios
misioneros también levantaron las primeras fortificaciones de Santa Teresa y Maldonado.
Más adelante en el tiempo, "cuando se erigieron villas planificadas,
los indios misioneros constituyeron la mano de obra fundamental'". Dos ejemplos: fundadas
en 1783, San José y Minas fueron levantadas por indios misioneros.
Un año después de comenzada la construcción de Minas. Diego de Alvear
señalaba según cita el trabajo: "Extramuros es un arrabal de rancho de paja, vivían 300
indios tapes o guaraníes de las misiones del Uruguay y Paraná, los cuales bajo la
conducción de un Sargento de Dragones sostenían todo el peso del trabajo de aquellas
obras, que aun se continuaban".
Además –explicó Cabrera– los primeros habitantes de Maldonado fueron
guaraníes y también en Pando parte de la población fundacional provino de las Misiones.
Otra ciudad de origen guaraní es Bella Unión. En 1828 esa localidad
fue fundada con el nombre de Santa Rosa del Cuareim para albergar a miles de guaraníes
que habían llegado a Uruguay con Rivera, tras su conquista de las Misiones Orientales.
Cuatro guaraníes entre los 33 Orientales
Muy de vez en cuando se recuerda que entre los 33 Orientales –que como se sabe no
fueron 33 sino más probablemente 40– hubo cuatro paraguayos. Lo que nunca se dice es
que esos cuatro paraguayos eran de origen guaraní.
Para el historiador Oscar Padrón Favre, "los 33 Orientales son
un muestreo de lo que era la sociedad de entonces: había patricios como Manuel Oribe;
caudillos, como Juan Antonio Lavalleja; gauchos, como Andrés Cheveste; negros esclavos,
como Dionisio Oribe y Joaquín Artigas; y cuatro paraguayos de origen guaraní".
Su colega Aníbal Barrios Pintos publicó en 1976 en "El Día" dos
artículos destacando la estirpe guaraní de Pedro Antonio Areguatí, Felipe Patiño,
Francisco Romero y Luciano Romero, todo integrantes de la cruzada libertadora.
De los Romero se conoce poco, ni siquiera se sabe si eran hermanos.
Se incorporaron a la expedición en las islas del Paraná, donde vivían. Francisco se
cambió luego su apellido por el de Lavalleja. Luciano combatió con los patriotas en la
batalla de Sarandí.
Felipe Patiño era conocido como "Carapé", voz guaraní
que quiere
decir petiso. También combatió en Sarandí.
En el caso de Areguatí su apellido no deja dudas respecto a su
origen: En su acta de defunción, conservada en una parroquia de Paysandú, consta su
origen misionero. El documento dice: "El 14 de julio de 1891 di sepultura a Pedro
Antonio Arehuatí, natural de Misiones, donde era casado. Fue uno de los 33 que
acompañaron al general Lavalleja. Recibió sacramentos. Doy Fe". Y firma el sacerdote
Solano García.
Barrios Pintos cuenta que Areguatí había combatido antes en la
campaña libertadora de Perú: durante 17 meses se negó a cobrar el sueldo de soldado,
por entender que la causa patriota necesitaba más del dinero. Luego, fue prisionero
de los portugueses entre 1816 y 1822. Pero una vez libre volvió a servir a la causa
libertadora.
En 1842 Uruguay otorgó un premio en efectivo a todos los 33
Orientales. Areguatí no se presentó a cobrarlo.
Un apellido que se mantiene
Aunque la mayoría de los guaraníes que se instalaron en la Banda Oriental cambió su
apellido para integrarse más fácilmente a la sociedad criolla, no todos lo hicieron.
Algunos apellidos guaraníes todavía subsisten hoy en la población uruguaya.
Uno de ellos es Arapí. El músico folklorista Tabaré Arapí conoce
su origen guaraní. "En Paraguay me explicaron que mi apellido quiere decir 'gran cielo'".
Arapí, que también es profesor de historia, averiguó que sus antepasados llegaron tras
la campaña de Rivera en las Misiones, en 1828 y se establecieron en Durazno.
"El apellido se transmitió por vía materna, hasta mi abuelo. Quizás
como las mujeres de entonces tenían tan pocas posibilidades de ascenso social, no les
interesó cambiarse el nombre", conjeturó Arapí. "Luego mi abuelo obtuvo prestigio como
baqueano al servicio del ejército batllista y el apellido quedó. Yo lo recibí por vía
materna: es mi segundo apellido y lo uso corno nombre artístico".
Arapí coincide en que la mayor parte de los uruguayos desconoce el
aporte guaraní. Según su punto de vista, el fenómeno tiene que ver con varios factores:
un menoscabo del aporte indígena en general, el pensamiento equivocado respecto a que
los guaraníes sólo habitaron el Paraguay y el rechazo que para algunos significa comprobar
que los guaraníes combatieron y fueron enemigos de los charrúas.
"Los charrúas influyeron más entre los gauchos, pero los guaraníes
se incorporaron a los paisanos: fueron ellos quienes terminaron adaptándose a la nueva
sociedad, trabajando el campo y ayudando a crear el Estado moderno".
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