Los pobladores del “desierto”
Genocidio, etnocidio y etnogénesis en la Argentina
Por: Miguel Alberto Bartolomé, 2005 [*]
¿Quién supo jamás nuestra edad, quién supo nuestro nombre de hombre?
¿Y quién disputará algún día nuestros lugares de nacimiento?
Saint-John Perse, Crónica
El genocidio colonial
Resulta un lugar común suponer que el territorio que conforma la actual República Argentina,
se encontraba casi despoblado para el momento del contacto con los invasores europeos. Pero
aparte de un lugar común es también una mentira. Es cierto que la densidad demográfica del
área no era en absoluto comparable a la que poseían las altas culturas andinas y mesoamericanas,
pero eso no significaba que estuviera despoblada. El mito de un inmenso territorio “desierto”
y sólo transitado por unas cuantas hordas de cazadores “bárbaros”, ha sido particularmente grato
a la historiografía argentina, en tanto fundamentaba el modelo europeizante bajo el cual se
organizó el proceso de construcción nacional. Resulta muy difícil realizar estimaciones
demográficas sobre la magnitud de la población prehispánica, especialmente si consideramos
que los cazadores requieren de territorios bastante extensos para reproducir a comunidades
relativamente reducidas. Hace ya muchos años J. Steward (1949:661) propuso que dichos grupos
superarían los 300.000 miembros, aunque un cálculo más realista, que incluya la alta capacidad
productiva de los pueblos agricultores del noroeste, cuya sola población ascendería a
200.000 habitantes (G. Madrazo, 1991) puede hacer subir esta cifra hasta el medio millón de
habitantes. Sí, tal vez no eran tantos, pero allí estaban.
Desde un comienzo, la estructura colonial del Río de la Plata se organizó
como puerto de intercambio con los dominios del Alto Perú, controlando un hinterland en forma
de arco que se extendía hacia las actuales fronteras con Chile y Bolivia. La importancia económica
de este puerto creció; por lo que para 1776 se configuró ya como el Virreinato del Río de la Plata,
habitado por una población próspera y dotada de una rica economía ganadera. Durante los casi tres
siglos del mandato español, no fue necesario ampliar excesivamente el corredor que los comunicaba
con el Alto Perú, dejando como “tierra de indios” las extensas regiones conocidas como Patagonia y
el Gran Chaco, con cuya población cazadora de agricultura eventual, se mantenían relaciones tensa
basadas en efímeros tratados, intentos misionales, ataques ocasionales y expediciones punitivas.
La estrategia colonial española no requería de esas tierras, la economía basada en la extracción
y en la acumulación no necesitaba de una expansión colonizadora.
El peso de la colonización recayó sobre los pueblos agricultores y pastores
de camélidos del actual noroeste argentino (NO), culturas sedentarias influidas por la tradición
civilizatoria andina y en especial por la expansión del imperio incaico. Sometidos a las
instituciones coloniales, tales como la encomienda o trabajo forzado y a frecuentes traslados
compulsivos, sus rebeliones no lograron asegurar su supervivencia. Así, los historiadores
consideran que durante la época colonial fueron extinguidos la mayoría de los grupos locales,
víctimas de la violencia, de las epidemias y de la dilución étnica derivada de las
“recongregaciones”, que conjugaban a pueblos de diversa filiación lingüística y cultural,
así como de las “desnaturalizaciones” que suponían traslados masivos a grandes distancias
(S. Canals Frau, 1973). Se supone que, para la época de la revolución independentista de 1810,
ya habían desaparecido los huarpes, los olongastas, los comechingones, los sanavirones, los
diaguitas, los calchaquíes, los pulares y los tonocotés del NO. También los jesuitas lograron
la desaparición étnica de los lule y los vilela del sur del Gran Chaco, y en el litoral
mesopotámico se eclipsaron los mbeguá, los chaná, los mocoretáes, los mepenes y, ya a fines
del S. XIX, los kaingang [1]. Pero si muchos se fueron otros llegaron, ya que
durante los siglos XVII y XVIII, miles de araucanos de Chile ingresaron al territorio argentino
huyendo de la guerra colonial y fueron “araucanizando” progresivamente los bosques y llanuras
patagónicas anteriormente pobladas por montañeses (pehuenches), tehuelches y pampas.
Genocidio republicano: la conquista del “desierto”
En las últimas décadas del siglo XIX, el recién estructurado Estado centralista decidió
asumir el desafío de conquistar y consolidar sus “fronteras interiores”. Estas fronteras
internas, eufemísticamente llamadas “El Desierto”, estaban constituidas por las extensas
áreas que desde la época colonial permanecían bajo el control de los grupos indígenas.
Durante casi tres siglos los cazadores ecuestres de la Patagonia y del Gran Chaco habían
conservado su independencia, a costa de un casi continuo estado de tensión bélica,
ocasionalmente alterada por algún poco duradero tratado de paz. Durante esta época se puso
de manifiesto la dificultad de someter y subordinar a sociedades sin clases y de jefaturas
más bien laxas, puesto que no poseían grupos de poder susceptibles de ser destruidos o
comprados, ni líderes máximos con quienes pactar alianzas perdurables. Los decenios que
duraba la “guerra del malón”, tal como se llamaba a las incursiones bélicas indígenas contra
los establecimientos criollos de las fronteras, habían exacerbado el antagonismo étnico,
justificando ideológicamente la guerra de exterminio que la historia Argentina designa con
el sugestivo nombre de “La Conquista del Desierto”.
Hacia 1875 el Presidente Nicolás Avellaneda, expresaba que: “...suprimir
a los indios y ocupar las fronteras no implica en otros términos sino poblar el desierto...”
(en Auza, 1980:62). Los indios estaban y no estaban allí, el desierto era desierto a pesar de
la presencia humana, pero esta presencia no era blanca, ni siquiera mestiza y por lo tanto
carente de humanidad reconocible. Poblar significaba, contradictoriamente, matar. Despoblar
a la tierra de esos “otros” irreductibles e irreconocibles, para reemplazarlos por blancos
afines a la imagen del “nosotros” que manejaba el Estado “nacional” emergente. Así, un conjunto
de circunstancias, entre las que se destacaban la necesidad de ocupar efectivamente las
fronteras nominales con los países limítrofes, las demandas de tierra por parte de los
hacendados para incrementar la ya altamente significativa producción de carnes y granos
destinados a la exportación, y la voluntad de acabar con la llamada “amenaza india”, que
supuestamente impedía la configuración nacional en términos de un Estado moderno; fueron
las razones que determinan la concreción de las sucesivas expediciones militares que lograron
la “Conquista del Desierto”. A partir de 1876, el ejército armado por hacendados comenzó la
guerra abierta contra las “pampas” y araucanos de la Pampa y Patagonia. No es este el lugar
para tratar con detalle las características de esta guerra de exterminio, baste señalar que
a la crueldad de toda guerra, se sumó el profundo desprecio étnico que el ejército “civilizador”
sentía por los indígenas. El resultado era inevitable; los guerreros ecuestres fueron derrotados,
sus aldeas incendiadas, las mujeres y los niños masacrados; se llegó incluso a recurrir a la
guerra bacteriológica enviando prisioneros con enfermedades contagiosas a las aldeas que no se
doblegaban (Bartolomé, 1969).
De este dramático proceso no estuvo ausente el interés de quienes más se
beneficiaron con el incremento de la economía agroexportadora, que por medio de dicha campaña
incorporó 30 millones de hectáreas a la producción, me refiero a los hacendados y a sus
clientes británicos. No resulta casual que en su última recorrida de la Pampa en 1879, el
General Roca iniciara la etapa final de la erradicación de la “amenaza india”, a bordo de
un ferrocarril por cortesía de la Buenos Ayres Great Southern Railways Company Limited
(Lewis, 1980:484). Atrás de las tropas iba la presencia modernizadora del ferrocarril,
incrementando la capacidad del transporte y agilizando la economía exportadora (o
succionadora) que continuaba la herencia colonial.
Casi simultáneamente con la invasión de la Patagonia, se iniciaron
las expediciones militares hacia el norte, contra los grupos indígenas de la extensa región
chaqueña. Esta área, habitada por pueblos cazadores que habían desarrollado un complejo
ecuestre desde el siglo XVII, fue objeto de varios intentos colonizadores que incluyeron
la instalación de misiones religiosas, pero ninguno de ellos tuvo mucho éxito. A partir
de 1870 comenzaron las expediciones militares que intentaron el definitivo sometimiento
de este otro, y aún más contradictorio “desierto”, dotado de una geografía de bosques,
sabanas y caudalosos ríos. Hacia 1884 la expedición del General Victorica consiguió la
consumación de la Conquista, si bien en fecha tan tardía como 1911 debió realizarse una
nueva incursión para sofocar los últimos reductos de la resistencia india. Después de la
derrota, los antiguos cazadores pasaron a desempeñar como peones rurales de los
establecimientos madereros. Pero ante la inconformidad de los indígenas, expresada en
continuas rebeliones,. el representante local del ejército firmó en 1914 un contrato con
los ingenios azucareros del área occidental, comprometiendo la mano de obra indígena e
institucionalizando el sistema de patronazgo (M. Bartolomé, 1972, 1976). A la ocupación
militar siguió un lento proceso de colonización civil del vasto territorio “conquistado”
(H. Trinchero, 2000).
Resulta prácticamente imposible valorar con exactitud el impacto
demográfico que produjo la invasión militar, aunque el registro de enfrentamientos
militares en el siglo XIX consigna las cifras de 10.656 nativos muertos en Pampa y
Patagonia y 1.679 en el Chaco (C. Martínez Sarasola, 1992:570). Sin embargo, nadie
registró a los muchos miles de muertos de hambre, de sed, de frío, extenuados en las
huidas o víctimas de las enfermedades deliberadamente trasmitidas. El muy poco confiable
censo de 1895 estimó que habrían sobrevivido unas 180.000 personas, aunque se tratan sólo
de estimaciones.
Una vez consumada la conquista de ambos “desiertos” y arrinconados
sus habitantes en reducciones fronterizas o transformados en obreros rurales, la empresa
“civilizatoria” argentina dio un paso más hacia adelante; después de despoblar era
necesario poblar. El Estado que había derrotado a los indígenas poseía, hacia 1880,
menos de 2.500.000 habitantes para ocupar alrededor de 3.000.000 de km2
de territorio. Pero dicho poblamiento debía realizarse con blancos europeos, que
coincidieran con la imagen de sí misma que tenía la elite gobernante. Para la década
de 1880, clave en la configuración de la Argentina actual, ya Buenos Aires era una importante
caja de resonancia para las nuevas ideas que provenían de la Europa liberal y
positivista [2]. El darwinismo social y la casi teológica
idea del progreso tenían su paradigma de referencia en la Europa blanca y hacia ese
modelo se dirigió el esfuerzo poblacional. Así, se dictaron leyes de inmigración y
entre 1871 y 1914 llegaron 5.573.100 inmigrantes, de los cuales 2.720.400 emigraron
nuevamente, dejando un saldo de 2.852.400 nuevos argentinos (Maeder, 1980:565). Así,
en un poco más de cuatro décadas, la inmigración dejó un saldo positivo (radicados)
de alrededor de tres millones de personas, la mayor parte de las cuales provenían de
Italia, seguida por españoles y tal vez por un 20 % de franceses, ingleses,
eslavos y sirio-libaneses. Si a esta cifra sumamos el crecimiento vegetativo para
1914 la población total ascendió a 8.253.097 habitantes, lo que triplicaba con holgura
la cifra de 1880. Se había cumplido el anhelado propósito de tener una nación blanca.
Así, hacia principios del siglo XX a los argentinos les gustaba compararse con Australia,
pujante colonia británica a la que Argentina había superado en producción y en crecimiento
demográfico [3].
Los sobrevivientes actuales
La ideología racista derivada de la guerra de conquista se transmitió en buena medida
a los inmigrantes europeos, configurando así un bloque histórico en el cual la presencia
de los indígenas no sólo era despreciada sino también considerada un arcaísmo relictual
y prescindible. Así, la situación indígena actual es desgraciadamente similar a la de
la mayoría de los pueblos indios de América Latina. Los Mapuches sobrevivientes se han
visto arrinconados en reducciones (reservas territoriales adjudicadas por el Estado),
la mayor parte de las cuales están dotadas de malas tierras y ubicadas en los inhóspitos
contrafuertes andinos o en la tundra patagónica donde el clima es extremadamente riguroso
e imposibilita el desarrollo de una agricultura redituable. La cría de ovejas, una precaria
agricultura y la recolección de los harináceos frutos de las araucarias, son recursos
insuficientes que obligan a buen aparte de las poblaciones a migrar, temporaria o
definitivamente, hacia centros urbanos donde exista demanda de mano de obra no
especializada (M. Bartolomé,1967). En un diagnóstico pionero M. González y D. Núñez
(1973) destacaron que las condiciones coloniales de dominio y subordinación de la
población indígena no habían desaparecido, sino que incorporaron nuevas modalidades
formales tales como el endeudamiento cíclico, el despojo de tierras, los intercambios
asimétricos y la inducción al alcoholismo [4].
En las áreas andinas y subandinas del noroeste, los descendientes
de quechuas y aymaras están atrapados en las redes de una agricultura minifundista de bajo
rendimiento, que los obliga a la migración estacionaria a pesar de los fuertes lazos que
aún los unen a la vida comunitaria. Desde el punto de vista étnico es ésta un área de
definición bastante compleja, puesto que tanto los campesinos hablantes como los no
hablantes de lenguas indígenas participan de similares estructuras comunitarias y de
semejantes patrones culturales; en los que confluyen elementos andinos prehispánicos,
remanentes coloniales y rasgos contemporáneos. Guillermo Madrazo (1991, 1994) ha
destacado la persistencia de una identidad regional distintiva, basada en lógicas
productivas, culturales y comunitarias que, a pesar del mestizaje
histórico [5], tiende a asumirse como indígena en las
últimas décadas. En ello influye la discriminación y los intercambios desiguales con
la población que se considera “blanca”, lo que contribuye a mantener las fronteras
étnicas entre grupos que se perciben y son percibidos como diferentes. Para los no-indios
los considerados indígenas son globalmente designados como “coyas” (kollas), lo que en
el contexto regional es un despectivo, pero que ha sido reivindicado en la actualidad
como un etnónimo distintivo por los movimientos etnopolíticos protagonizados por los
que se consideran descendientes del kollasuyo, de la sureña jurisdicción imperial incaica.
El mantenimiento de la armonía y el equilibrio entre el hombre y
el medio natural, que Elmer Miller (1972:29) destacara como uno de los valores fundamentales
de la cultura Toba, puede adjudicarse también a los demás grupos de antiguos cazadores
del área chaqueña (wuichí, pilagas, chorotes, chulupies, etc.) Pero esa armonía ha sido
destruida de una vez y para siempre: la desertización de extensas regiones, el desarrollo
de la economía de plantación, la explotación maderera y la expansión de la ganadería,
han alterado radicalmente los ecosistemas chaquenses al cual los cazadores estaban
altamente adaptados. Más allá de cualquier discurso retórico y simplista sobre la
relación de los pueblos indios con la naturaleza, resulta claro que la mayor parte
de los emprendimientos productivos colonizadores en el área han fracasado o no han
dado los resultados esperados, a pesar de que el medio había permitido la reproducción
de las tradiciones basadas en la caza y la recolección durante milenios. A esta compulsión
ecológica se han sumado las compulsiones económicas y políticas, determinando que la otrora
cazadores y recolectores se vean obligados a incluirse dentro de los sistemas laborales
regionales o intenten imitar los modelos económicos de la neopoblación local. En ambos
casos, ya sea como trabajadores de los establecimientos monocultores o dedicados a la
agricultura comercial o de subsistencia, los indígenas chaquenses fueron colocados en
los peldaños más bajos de la estratificada y étnicamente diferenciada población que
compone la sociedad regional (M. Bartolomé, 1972; I. Carrera, 1983; H. Trinchero, D.
Piccinini y G. Gordillo,1992).
Etnocidio institucional: el Estado ante los indígenas
Después de la etapa puramente militar de la articulación entre los indígenas y la
sociedad global, fue sólo hacia 1928 que se decidió crear una comisión especial en la
Cámara de Diputados que se dedicaría a estudiar el “problema indígena”. Dicha comisión
se limitó a proponer el reforzamiento de los tratados de paz preexistentes y a impulsar
a que los indígenas fueran incorporados en forma más permanente al contingente de los
semiproletarios rurales. Casi veinte años después, y como los sobrevivientes mantenían
su obstinada voluntad de ser indios negándose a ser absorbidos por la “nacionalidad
argentina”, se creó en 1947 la Dirección de Protección al Aborigen. Esta institución
fue incapaz de alterar la estructura del sistema de despojo que padecían sus
“protegidos” ya que, de acuerdo a la lógica de la época, se dedicó básicamente al
clientelismo político. Hacia 1958 se fundó la División de Asuntos Indígenas; organización
fuertemente influenciada por los postulados del ya pujante indigenismo mexicano en su
faz integracionista, en concordancia con el proyecto desarrollista imperante.
Pero Argentina no se caracterizó en el siglo XX por su estabilidad
política. Así es que, en 1961, una vez derrocado el gobierno desarrollista por un nuevo
golpe militar, se disolvió la División de Asuntos Indígenas y se resucitó una Dirección
de Protección al Aborigen. Considerando, de acuerdo a la perspectiva militar, que los
indígenas no constituían un “problema nacional” sino regional, se descentralizó la
dependencia federal constituyéndose diversos departamentos de Asuntos Indígenas en las
provincias. El nuevo gobierno militar que ocupó el país en 1966, volvió a centralizar
el Departamento de Asuntos Indígenas ya que, desde una nueva óptica militar, los
indígenas sí constituían un “problema nacional”, puesto que muchos de los asentamientos
se congregaban en áreas de fronteras y éstas eran significativas para la doctrina de
“seguridad nacional” regida por la lógica de la “guerra fría”. Resulta obvio lo que se
puede esperar del indigenismo prusiano.
En 1983 regresó la democracia y en 1985 se creó el Instituto
Nacional de Asuntos Indígena (INAI), cuyas actividades fueron reglamentadas recién
en 1989. Sus actividades de tipo asistencial y legal fueron obstaculizadas por la falta
de presupuesto y por su énfasis propagandístico de las políticas gubernamentales sobre
el sector indígena. En alguna medida se trató de la irrupción en la Argentina del
“indigenismo de participación” generado en México como resultado del fracaso de sus
propias prácticas integracionistas. Quizás un atisbo de cambio ideológico, lo representó
la creación de una modalidad de enseñanza denominada “Comunidad Educativa Intercultural”,
que recurre a la participación comunitaria y a la formación de maestros bilingües.
También contribuyó a la presencia indígena en oportunidad de la Reforma Constitucional
de 1994, uno de cuyos resultados fue el reconocimiento legal de la preexistencia de los
grupos indígenas en el territorio del Estado, así como su capacidad para obtener
personería jurídica, la propiedad comunitaria de la tierra y el derecho a mantener
y desarrollar su diferencias lingüísticas y culturales. Sin embargo, no se trata de
una institución con prioridad estatal, por lo que ante las crisis económicas su capacidad
de acción se encuentra severamente limitada, aparte de ser cuestionada como una institución
que reclutó de manera vertical y no representativa a su Consejo Asesor de Pueblos Indígenas
en 1998 (L. Mombello, 2002).
Tanto el paternalismo, como el populismo, el desarrollismo, el
militarismo o las vacilantes políticas democráticas se basaron en un mismo principio
explícito o implícito: para ser argentinos de pleno derecho los indígenas debían renunciar
a su condición étnica y asumir el modelo cultural que le ofrecían los propietarios del
Estado. Estado que había sido su antagonista y que ahora les sugería la promesa de
aceptarlos si abdicaban de la posibilidad de seguir siendo ellos mismos [6]. Es decir que se les ofrecía un tramposo
derecho a la existencia, concedido a cambio de que asumieran esa inducción al suicidio
cultural que hoy llamamos etnocidio y que está, cada vez más, tipificado como un delito
en la más reciente legislación internacional.
Sin embargo, todas ellas fueron políticas estatales de poco alcance
y débilmente institucionalizadas. Durante todo el siglo XX se había formalizado una
invisibilización de los indígenas; no eran “el problema” de la Argentina, y su expulsión
hacia las remotas fronteras de un enorme país, ideológica y físicamente centrado sobre
la ciudad-puerto de Buenos Aires, los había alejado de la percepción social. Su presencia
se asociaba a los migrantes rurales que acudieron atraídos por la industrialización en
las décadas de 1920-1940, los llamados “cabecitas negras”, de acuerdo a la terminología
racista que provenía de la configuración nacional blanca y europea. Pero raramente no se
los consideraba “indios” sino, curiosamente, “negros”, como si Buenos Aires fuera un
enclave colonial inglés en la India o en Africa. La mitología nacional de la Conquista
del Desierto, repetida como discurso fundacional del país en las escuelas, proponía
(y propone) indirectamente que todos los indios han muerto, ahora se vive en la patria
del criollo cuyos antepasados son los gauchos. Por ello la población del “interior”,
como se llama al conjunto del país que no es Buenos Aires, carece de “indianidad” pero
no de “negritud”. Se trata de un extraño componente poblacional cuya nacionalidad es
puesta muchas veces en entredicho, ya que su aspecto los asemeja más a bolivianos o
paraguayos que a “auténticos argentinos”. Las asimétricas relaciones interétnicas
urbanas han sido analizadas en las ciudades de La Plata y Rosario por recientes
estudios de antropología (L. Tamango, 2000: H. Vázquez, 2000). Pero la discriminación
objetiva existente, no excluye la eventual y cíclica eclosión de encendidos discursos
nacionalistas, institucionales o contestatarios de acuerdo al momento político, que
aluden a las “raíces indígenas” de una población de colonos que no se da muy por aludida.
Emergencia étnica y movimientos etnopolíticos
Hacia 1968 algunos indígenas residentes en Buenos Aires, provenientes de las áreas
provinciales de expulsión laboral, fundaron el Centro Indígena de Buenos Aires (CIBA),
primera organización indígena estructurada en términos etnopolíticos, es decir no
relacionada con formas organizativas previas. Tal como sucediera originariamente
con algunos de los líderes del American Indian Mouvement de USA, a este Centro
confluyeron indígenas provenientes de distintos grupos, homogenizados ideológicamente
por la agudización de la confrontación interétnica y como estrategia de respuesta
colectiva a un medio social saturado de prejuicios étnicos y raciales. Dentro de este
contexto resulta lógico que las primeras consignas de dicho Centro se orientaran hacia
la reafirmación de sus identidades étnicas, proceso necesario previo a cualquier
proyecto de futuro que estuviera basado en la especificidad social y cultural de sus
miembros.
Hacia 1971 CIBA se transformó en la Comisión Coordinadora de
Instituciones Indígenas de la República Argentina (CIIRA), la que pretendía nuclear
a todos los indígenas residentes en Buenos Aires y proyectar su acción hacia el
interior del ámbito nacional [7]. Casi simultáneamente con el CCIIRA,
en 1970, había surgido en la provincia de Neuquén la Confederación Indígena Neuquina,
que buscaba aglutinar a las 34 reservaciones mapuches del área. Esta Confederación
nació signada por la ilegitimidad que le proporcionaba el hecho de haber sido
organizada por terratenientes, militares y políticos locales, que la percibieron
como una forma de captación del voto indígena, al mismo tiempo que como mecanismo
de reaseguramiento del control de las zonas fronterizas. De todas maneras, en 1972
la CCIIRA organizó en unión con la Confederación, el Futa Traun (Parlamento
Indio en lengua mapuche) al que se invitó a representantes de los otros grupos
étnicos del país. Cabe señalar que algunos gobiernos provinciales no enviaron
delegados aduciendo que no había indígenas en sus territorios, ya que allí
“todos eran argentinos” o “cristianos y civilizados” (Colombres, 1975:186).
Pese a la multiplicidad de obstáculos y de condicionamientos políticos el
Congreso tuvo lugar y logró plantear algunas demandas concretas [8]. Independientemente de los intentos
manipulatorios oficiales, estos encuentros comenzaron a generar una dinámica
propia y un efecto de resonancia que se extendía con una rapidez inusitada.
Fue así que en 1973 y con el apoyo del CCIIRA, se llevó a cabo en la provincia
del Chaco el llamado Encuentro de Cabañaró, en el que participaron Tobas y
Matacos sentando las bases para la edificación de la Federación Indígena del
Chaco que incluía a Tobas, Matacos y Mocovíes (A. Colombres, 1975:193).
Esta emergente dinámica étnica no podía ser ignorada por
el gobierno populista del momento, y los intentos de manipulación generaron
conflictos que llevaron a la disolución de CCIIRA., la que se reestructuró
en una nueva organización denominada Federación Indígena de Buenos Aires
(Serbin, 1981). Al no aceptar la co-opción la Federación fue reprimida, al
igual que la Federación Indígena de Tucumán que se había fundado en ese mismo
años; los dirigentes fueron perseguidos y muchos encarcelados. Lo mismo ocurrió
con la Federación del Chaco. Los miembros remanentes de la disueltas organizaciones
constituyeron en 1975 la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA).
Dicha organización se propuso evitar en sus filas colaboradores no-indígenas y
excluir de su línea programática la definición política coyuntural. Los propósitos
de la AIRA fueron entonces coincidentes con los del Movimiento Indio de toda América
Latina y se podrían sintetizar en tres términos: tierra, cultura y reconocimiento político.
Progresivamente se desarrollaron numerosas organizaciones
regionales cuya demanda básica, aparte del reconocimiento por parte del Estado,
estaba dirigida hacia la restitución de las tierras de las que fueran despojados.
Este objetivo dinamizó, no sólo las luchas políticas y legales regionales, sino
que también supuso una reestructuración de los movimientos en búsqueda de ampliar
su fuerza, incluyendo a la mayor cantidad posible de los miembros de un mismo grupo
etnolingüístico. Se constituyeron así en grupos de presión, que progresivamente se
institucionalizaron, logrando configurarse como organizaciones cuya existencia se
proyecta mucho más allá de la obtención de los fines inicialmente propuestos. En
esa empresa, muchos movimientos contaron con el apoyo del Equipo Nacional de la
Pastoral Aborigen (ENDEPA) de la Iglesia Católica Argentina, otros con el auxilio
de ONGs, sectores universitarios, movimientos políticos, partidos y eventualmente
instituciones estatales. Un listado de organizaciones sería demasiado extenso, ya
que se han multiplicado y, en ocasiones, cambiado de nombre [9]. El hecho a destacar que han cubierto
prácticamente todo el territorio y hacen cada día más difícil, tanto para el Estado
como para la sociedad civil, seguir asumiendo que ya no hay indígenas en la Argentina.
Procesos de etnogénesis
Cuando yo era estudiante de antropología, en la década de los sesentas, los
profesores nos proporcionaban un panorama de la etnografía argentina en el cual
se omitía a los grupos considerados extinguidos, o cuyo proceso de extinción
estaba tan avanzado que se reducían a unos cuantos individuos “mestizados”,
término con el que se excluía la posible vigencia de la tradición cultural de
origen, que referiría entonces a un original estado de “pureza”. Nuestro deber,
si tal cosa existía, radicaba en realizar una especie de “etnografía de rescate”,
tratando de registrar todos los datos lingüísticos y culturales que nos pudieran
proporcionar los últimos supervivientes de aquellas culturas condenadas a la
desaparición [10]. Entiendo entonces la sorpresa que
produjo en los últimos años la presencia y demandas étnicas de miembros de grupos
que se consideraban desaparecidos o al borde de la extinción. De pronto los
mitificados pero casi ignorados tehuelches; los huarpes del Cuyo dados por
desaparecidos en el siglo XVII; los selk’nam de Tierra del Fuego, de cuya
definitiva extinción nos había informado Anne Chapman a partir de la muerte
de Angela Loij (1973), los etnohistóricos agricultores tonocotés del NO o los
antiguos cazadores mocovíes del sur chaqueño, a quienes se consideraba sólo como
un campesinado genérico, reclaman una presencia y una identidad étnica que
desconcierta a los testigos de esta etnogénesis.
El concepto de etnogénesis ha sido tradicionalmente utilizado
para dar cuenta del proceso histórico de la configuración de colectividades étnicas,
como resultado de migraciones, invasiones, conquistas o fusiones. En otras
oportunidades se ha recurrido a él para designar al surgimiento de nuevas
comunidades que se designan a sí mismas en términos étnicos, para diferenciarse
de otras sociedades o culturas que perciben como distintas a su autodefinición
social. En algunos casos, estos procesos de estructuración étnica son resultados
de migraciones interestatales cuya consecuencia es el desarrollo de una colectividad
diferenciada en el seno de una sociedad mayoritaria, de la cual se distingue por
razones lingüísticas, culturales o religiosas. Con frecuencia, dentro de la actual
literatura europea, se ha recurrido al término para calificar el auge de los
nacionalismos diferenciales dentro de estados multiétnicos. El tema no es nuevo
para la reflexión antropológica (E. Barreto, 1994) pero existe un reciente e
interesante ensayo de Antonio Pérez (2001) que intenta abordarlo de manera comparativa.
Este autor acuña incluso una tipología inicial, en la que distingue, entre otras, a las
etnias reconstruidas, es decir a aquellas que perdieran hace poco sus bases
culturales identitarias pero que mantienen una continuidad territorial, parental o
histórica, y a las etnias resucitadas, cuya relación con el pasado proviene en parte
de la memoria y en parte de la literatura existente sobre el grupo. Aquí propongo
utilizar el concepto de manera restringida, para designar los procesos de actualización
identitaria de grupos étnicos que se consideraban cultural y lingüísticamente extinguidos
y cuya emergencia contemporánea constituye un nuevo dato tanto para la reflexión
antropológica como para las políticas públicas en contextos multiculturales [11].
Pero también me interesa diferenciar a la etnogénesis de los
procesos de revitalización étnica de los grupos etnolingüísticos, históricamente
estructurados como sociedades polisegmentarias, es decir carentes de una organización
política abarcativa. Esto refiere a los actuales dinámicas etnopolíticas que proponen
la construcción o reconstrucción de sujetos colectivos definidos en términos étnicos,
protagonizadas por grupos etnolingüísticos que perdieron, o nunca tuvieron, la
experiencia de una movilización conjunta en pos de objetivos compartidos. El
análisis de las propuestas tendientes a lograr la constitución de los grupos
etnolingüísticos en términos de sujetos colectivos, debe recordar que esos
sujetos colectivos no son políticamente preexistentes. La lógica socio-organizativa
tradicional de las sociedades chaquenses, basada en los procesos de fisión y de fusión
de bandas de caza y recolección, no determinaba el desarrollo de identificaciones
colectivas mucho mayores que las generadas por los grupos parentales extendidos en
un ámbito territorial. Tampoco los mapuches, cuya tradición de sociedad de linajes
asociados en clanes territoriales ha sido parcialmente sustituida por el desarrollo
de colectividades residenciales, poseían una identificación colectiva más allá de las
jefaturas y de los lazos lingüísticos y culturales compartidos. Es decir, que son
sociedades segmentarias, las que tienden a no desarrollar sistemas políticos generalizados
que incluyan a todos los miembros de un grupo. La misma ausencia de una noción definida
de colectividad étnica, se puede aplicar a las familias extensas ampliadas (ty’y)
que constituyen las unidades de producción, residencia y culto guaraníes, o a las
comunidades aldeanas de los pastores y agricultores del NO. Y es que la mutua
identificación de una serie de colectividades, aunque sean lingüística y culturalmente
afines, es siempre el resultado de la presencia de una organización política
unificadora. No existían entonces en el pasado las “naciones” tehuelche, toba,
mapuche o guaraní, como lo entenderían las ópticas nacionalitarias decimonónicas,
sino grupos etnolingüísticos internamente diferenciados en grupos étnicos
organizacionales, en el sentido de F. Barth (1976), que podían no tener mayores
relaciones entre sí. Es por ello que los rótulos étnicos generalizantes, tales como
guaraníes, tehuelches, tobas o mapuches, son más adjudicaciones identitarias externas
que etnónimos propios, aunque ahora se recurra a ellos para designarse como
colectividades inclusivas y exclusivas Las culturas del presente luchan entonces por
constituirse como colectividades, como sujetos colectivos, para poder articularse o
confrontarse con un Estado en mejores condiciones políticas, ya que la magnitud
numérica y las demandas compartidas incrementa sus posibilidades de éxito. Se trata
de la creación de un nuevo sujeto histórico al que podríamos llamar Pueblos
Indios [12], entendiéndolos como “naciones sin
estado” (M. Bartolomé, 2002).
Retomando ahora la etnogénesis, vemos que algunos de los más
desconcertados fueron los mismos antropólogos, varios de los cuales pretendieron
recurrir a las literaturas de moda sobre la “invención de las tradiciones”, para
descalificar las pretensiones étnicas de esos indios resurrectos. Igual sorpresa
y desconfianza manifestaron ante la autodefinición étnica que de pronto exhibieron
decenas de miles de kollas del noroeste, a los que se había pretendido caracterizar
como un campesinado pintoresco que mantenía tradiciones andinas relictuales. Pero
también resultaba impactante que millares de criadores de ovejas y peones rurales
o urbanos de la Patagonia se reclamaran como mapuches y todavía hablaran de la
“época de la invasión” para referirse a la “gesta patria” de la Conquista del
Desierto [13]. Incluso se advirtió, creo que con
desazón, que ni la religión impuesta por los anglicanos en el Chaco bastaba para
que los toba, los pilagá, los guaraníes o los wichí dejaran de serlo. Todas las
previsiones, basadas en el paradigma de la aculturación de mediados del siglo XX
o del economicismo que inundó las ciencias sociales desde la década de los setenta,
resultaron insuficientes para explicar esta inesperada primavera étnica en la que
afloraban rostros indios considerados perdidos de acuerdo al precario registro
etnográfico existente.
Nos encontramos ante procesos que podríamos considerar de
reetnización, derivada de la experiencia de participación política adquirida en
los años anteriores y mediada por la influencia de las organizaciones etnopolíticas,
que contribuyeron a dignificar lo étnico y otorgarle un sentido positivo a la
condición indígena . Se desarrollaron así procesos sociales de identificación que
ahora expresan la emergencia de nuevas identidades, asumidas como fundamentales por
sus actores, dentro de contextos históricos y contemporáneos en los cuales se
mantienen fronteras entre grupos percibidos como diferentes. La persistencia de un
“nosotros” diferenciado proviene también de la existencia de otro grupo que los
considera como “otros”; la etnogénesis propone entonces un nuevo contenido y una
designación étnica posible a la diferenciación históricamente constituida. En estos
casos las identificaciones no se “inventan” sino que se actualizan, aunque esa
actualización no recurra necesariamente a un ya inexistente modelo prehispánico.
Se trata de recuperar un pasado propio, o asumido como propio, para reconstruir
una membresía comunitaria que permita un más digno acceso al presente. Tampoco
sería ajena a este revivalismo la reciente (1994) legislación que reconoce derechos
específicos a los grupos étnicos, otorgándoles nueva alternativas y posibilidades
a las identidades indias; pero sería en extremo reduccionista considerarla como la
única causa de su surgimiento.
Veamos algunos de los casos de etnogénesis. Hacia 1880 el
número de las selk’nam (onas) fue estimado por Martin Gusinde en alrededor de
4.000 individuos. Después de esa fecha comenzaron a ingresar a la zona “los
cazadores de indios” contratados por hacendados criollos y británicos, quienes
deseaban ver sus nuevas posesiones “limpias de indios”. Curiosamente, estos
cazadores recibían su paga por la presentación de testículos o senos de onas
asesinados en libras esterlinas. Algunos de los cazadores eran criollos, otros
rumanos e incluso algunos fueron traídos de Estados Unidos y de Inglaterra;
conozco su trabajo por los relatos de uno de ellos que me tocó tratar en sus
años seniles. No quisiera profundizar en el recuerdo; banquetes ofrecidos a
los indios que culminaban con descargas de fusilería, cacerías deportivas de
hombres y mujeres en los bosques fueguinos, ballenas varadas envenenadas y a
todo esto hay que agregar las plagas deliberadamente contagiadas [14]. Baste señalar el resultado: para
1918 se suponía que quedaban 279 Selk’nam y hacia 1973 (op. cit.)
Anne Chapman documentó la muerte de la que consideraba la última Ona. Años
antes, en 1925, un grupo de sobrevivientes había gestionado un tratado con
el Estado, consiguiendo que en 1929 les fueron adjudicadas unas 45.000 Hás.
de sus antiguas tierras. Pero como, gracias a los reportes de los investigadores,
el estado los consideraba extinguidos, en 1990 declaró que esas tierras volvieran
a propiedad estatal. No fue entonces el estado el único en sorprenderse cuando
cientos de personas que se declaraban selk’nam interpusieron recursos jurídicos,
logrando que les fueran legalmente restituidas 36.000 Hás. en el 2000. Incluso
y gracias a la mediación de una diputada provincial que se asume como selk’nam,
han generado el proyecto de declarar patrimonio histórico y cultural de su pueblo
a la laguna Taps, lugar sagrado donde se llevaba a cabo la antigua ceremonia de
iniciación kloketen, cuyo recuerdo parecía haber desaparecido [15]. Así, noviembre del 2001, se
inauguró en Río Grande la Casa de la Comunidad Rafaela Ishton que agrupa a
los actuales selk’nam.. Al parecer son unas 450 personas las que reivindican
una filiación étnica que, aunque carece de un sustento lingüístico, se basa
en la memoria histórica, en los antiguos derechos territoriales y en una
desconocida membresía comunitaria.
El caso de la población huarpe que ocupaba (¿ocupa?) la región
del Cuyo, uno de los límites sureños del imperio incaico (un suyo),
es igualmente significativo. Este pueblo de agricultores sedentarios con notables
influencias andinas se consideró extinguido en el siglo XVII, después de una
rebelión que protagonizaran en 1684. Sin embargo, en los últimos años cientos
de personas reclaman para sí una ascendencia étnica que remontan a los huarpes
y que los llevó a participar activamente en la Asamblea Nacional
Constituyente [16] de 1994 al igual que a los también
“extintos” selk’nam. Se considera que en la provincia de Mendoza existen
unas 200 personas de esa filiación, en su mayoría urbanos, por lo que las
demandas de tierras no son para ellos relevantes, orientándose más hacia la
revitalización cultural y lingüística, con acciones tales como la edición de
vocabularios y cantos en la antigua lengua milcayac recuperada de los
diccionarios. Pero también existen otras 11 comunidades que se reconocen como
huarpes, que reivindican la posesión de tierras (Huanacache, Lavalle,
Uspallata,etc.) Si bien comenzaron a reunirse en eventos folklóricos, tales
como la Fiesta de la Pachamama auspiciada por la institución de turismo local,
pronto han tratado de diferenciarse de la cultura neo-andina, tal como lo ha
documentado L. Slavsky (1998). Dicha antropóloga registró en Mendoza la
celebración de un ritual llamado Pekne Tao, Madre Tierra en lengua
milcayac, consistente en la realización de ofrendas a la tierra,
cuyos mismos protagonistas destacaban que no se trataba de rescatar una
tradición antigua que habían perdido, sino una nueva ritualidad que, en
palabras de la oficiante, trataba de fomentar la relación entre los huarpes
“como fragmentos de una vasija rota que debía reconstituirse”. Representantes
de otros pueblos indios participaron en la ceremonia, ofrendando a la tierra
de acuerdo a sus propias tradiciones, mientras los huarpes cantaban en castellano y
milcayac invocando a la ancestral deidad Hunuc Huar, Señor de los
Cerros. Este tipo de ceremonia de reconstitución comunitaria, que recuerda a los
Pow Wow de los nativos norteamericanos, propone precisamente la construcción
de una colectividad no residencial sino ideológica, que fomente la solidaridad entre
sus miembros. También en San Juan y San Luis, las otras provincias cuyanas, se ha
manifestado la presencia de los llamados “neohuarpes”, a pesar que los sectores
dominantes negaban toda presencia indígena regional, desde hace al menos 150 años,
enfatizando la homogeneidad estatal (D. Escolar, 1997). Y de hecho han logrado
su reconocimiento como grupo étnico, ya que poseen una personería jurídica
nacional otorgada en 1996 y un legislación local específica de 1994 por la
provincia de San Juan. Por otra parte la Universidad de Cuyo también ha
aceptado esta nueva presencia, ofreciendo 10 becas de estudios a aquellos
que se identifiquen como huarpes. Esta inesperada etnogénesis ha provocado
alguna polémica. Un antropólogo de la Universidad de San Juan, analizó distintas
propuestas teóricas referidas a la identidad étnica, y arribó a la conclusión de
que estos huarpes no cumplen con los requisitos para serlo, ya que no se ajustan
a las conceptualizaciones preexistentes (A. García, 2002). Incluso el tema ha sido
debatido en un importante encuentro de instituciones científicas de la Patagonia
reunido en Puerto Madryn en el 2001. Las opiniones de los “expertos” han incidido
para que la legislatura de una de las provincias cuyanas detenga una ley que
restituía el territorio de Huaco a los huarpes y que ahora proponen sea privatizado
(C. Briones, 2001). A pesar de este debate teórico y de sus posibles consecuencias,
todavía no se han realizado investigaciones etnográficas que den cuenta de la
construcción histórica de la autoadscripción étnica huarpe, ni identifique los
datos referenciales en que ésta se basa dentro de la propuesta argumental de
sus protagonistas.
El tema de la etnogénesis, entendido como reconstrucción
identitaria, es sumamente complejo y no se presta a una interpretación unívoca.
Creo, en este sentido, que debemos alejamos un poco de las tradicionales
explicaciones basadas en las perspectivas de las “comunidades imaginadas”
de B. Anderson (1993), o de la “invención de la tradición” acuñada por E.
Hobsbawn (1987) formulaciones que en realidad fueron propuestas para analizar
procesos nacionalitarios estatales y cuya aplicación al caso de las culturas
indígenas puede ser dudosa o insuficiente, ya que carecen de los sistemas
comunicativos y de homogeneización ideológica estatales. Nos encontramos entonces
ante un campo de fenómenos sociales de extraordinaria riqueza para la reflexión
antropológica.. En primer lugar podríamos destacar que se puede tratar de casos
de desconocimiento de realidades preexistentes, tanto por parte tanto de los
científicos sociales como de las instituciones estatales y de la sociedad civil.
¿Pero, cómo es posible que haya permanecido invisible por décadas y hasta centurias
la presencia de colectividades etnoculturales diferenciadas de las ya conocidas o
de la dominante? Si éste es el caso, cabe apuntar dos respuestas posibles. Por un
lado la ceguera ontológica adjudicable tanto a la antropología como a la sociedad
nacional, que no supieron o no quisieron reconocer esas presencias. Por el otro
lado se puede proponer el desarrollo de una “identidad clandestina”.por parte de
colectividades sociales, cuya estigmatización étnica las indujo al desarrollo de
una “cultura de resistencia” (M. Bartolomé, 1997), que posibilitara su reproducción
histórica y social al margen de la sociedad envolvente. En un país que se presume
blanco y donde las mentalidades racistas todavía se mantienen, ser indio es una
ofensa, pero no ser suficientemente indio también puede ser una inadecuada forma
del ser. Una antropología que al comienzo buscaba el exotismo, después el folklorismo
nacionalista (los “orígenes nacionales”) y finalmente la exclusión de lo indígena de
su práctica profesional, no estaba preparada para reconocer existencias étnicas que
no se ajustaran a sus filtros ideológicos, a los que consideraba basados en principios
académicos.
Ahora bien, si se trata de inéditos procesos de etnogénesis,
los interrogantes son mucho mayores y quedan abiertos a las tareas de futuras
investigaciones, que partan de la convivencia y de una interlocución equilibrada
y despojada de apriorismos. Al respecto hay que señalar que la lengua no constituye
el único indicador diacrítico de la identidad étnica [17], ya que ésta puede recurrir a una vasto
conjunto de referentes históricos o culturales para afirmarse como tal y definir
la membresía de sus protagonistas. Esto no quiere decir que existen rasgos culturales
esenciales que dan sustancia a la identidad, sino todo lo contrario, ya que esos
elementos están sometidos a la historicidad que les es propia. Se puede ser mapuche
e ingeniero atómico o toba y arquitecto. Sin embargo la etnogénesis sorprende a
aquellos que ven a obreros, artesanos, profesionales o empleados públicos
manifestándose a sí mismos en términos étnicos y recurriendo, en oportunidades, a
indicadores visibles de la filiación, tales como plumas o ropajes, que inducen a
considerarlos en términos performativos de acuerdo a la terminología de moda [18]. En los procesos de afirmación étnica,
y en especial en los encuentros interétnicos, es frecuente que se recurra a emblemas
identitarios, es decir a rasgos materiales o ideológicos, propios o apropiados,
que argumenten de manera explícita la identidad de sus poseedores: de esta manera
las ropas o las artesanías (ponchos, fajas, sombreros, etc.) son resignificadas
y pasan a detentar un valor emblemático que estaba ausente en su uso cotidiano.
Este aspecto externo, esta exposición pública de la identidad, suele confundir a
los observadores que lo ven sólo como un interesado exhibicionismo étnico. Y de
esta percepción no está ausente la perspectiva instrumentalista de la identidad
que, desde la obra de Glazer y Moyniham (1975), ha tenido la dudosa fortuna de
reclutar una gran cantidad de adeptos. Aquellos que perciben a la etnicidad, a
la afirmación contestataria de la identidad, sólo como un medio para obtener fines,
deben recordar que toda acción humana es motivada por algún tipo de interés específico.
Pero el interés no implica la obligatoriedad de motivaciones espurias. Se pueden
movilizar recursos lingüísticos o culturales para alcanzar determinados propósitos,
pero esto quiere decir que los recursos existen y no que se están inventando en ese
momento. La manipulación de la identidad étnica no incluye necesariamente la mentira
o la falsificación de la misma, aunque es indudable que es un recurso para la acción.
Así, el hecho de que la etnogénesis pueda servir en determinada coyuntura para obtener
algún recurso crucial, tal como la tierra, no supone que la colectividad étnica se haya
configurado exclusivamente para ese fin, o no habría demandas sobre el reconocimiento
de los lugares sagrados, sobre revitalización lingüística o la edificación de Casas
de Cultura huarpe o selk’nam [19].
El caso es que a pesar de todos los esfuerzos estatales no se
logró la construcción de una Argentina blanca y culturalmente homogénea. Los procesos
actuales, más allá de sus fluctuaciones coyunturales, inauguran la posibilidad de
un país culturalmente plural, que no necesite mitificar los aspectos étnicos de su
pasado y de su presente, sino que los acepte tal como son. Pero esa aceptación no
puede ser solamente retórica, sino que debe plasmarse en un nuevo tipo de
colectividad estatal, en la que los Pueblos Indios tengan derecho a la reproducción
cultural y a la autonomía política. La actual emergencia indígena propone entonces
la configuración de un Estado objetivamente multiétnico..Y es de desear que evite
que en la Argentina se vuelvan a escribir líneas como las siguientes, extraídas
de un informe (Sola y Guzmán, 1977), escrito durante la sangrienta dictadura
militar de 1976-1983, destinado a atraer colonos sudafricanos al Chaco y que
con toda vergüenza reproduzco:
«... Para aquellas poblaciones con raíces europeas que han colonizado países
en el continente africano y que hoy encuentran comprometida la continuidad de
su residencia por las presiones de grupos étnicos distintos, el Chaco Occidental
ofrece un lugar, en una nación de idéntico origen europeo, sin problemas raciales
ni minorías indígenas, en condiciones que difícilmente puedan repetirse en
cualquier otra parte del mundo...».
[*] Miguel Alberto Bartolomé, «Los pobladores del “desierto”»,
en Amérique Latine Histoire et Mémoire, Número 10 - Identités: positionnements des groupes indiens en Amérique latine [En
línea], puesto en línea el 21 de febrero de 2005. URL: http://alhim.revues.org/document103.html.
Transcripto el 1 de abril de 2005.
[1] Muchos de los nombres de los grupos no son etnónimos propios, sino designaciones
externas que, en oportunidades, pueden en realidad nombrar a distintas parcialidades geográficas
de un mismo grupo etnolingüístico. No es éste el lugar para una profundización etnohistórica,
pero quiero destacar una cierta ambigüedad en las denominaciones étnicas que produce una
frecuente confusión sobre la identidad de los grupos locales. Ello también oscurece la
filiación que suelen reclamar sus actuales descendientes, ya que se refieren a denominaciones
externas a las que la historia ha otorgado una reiterada pero discutible legitimidad.
[2] El evolucionismo provocó intensos debates, pero rápidamente tomó carta de
ciudadanía argentina, como lo comprueba el hecho que Charles Darwin fue nombrado
miembro honorario de la Sociedad Científica Argentina en 1877; un año antes de que
fuera aceptado por la Academia Francesa.
[3] Se fue desarrollando así una especie de teoría de “destino manifiesto”,
tal como lo expresara uno de los precursores de la sociología argentina, José Ingenieros,
quien entre 1910 y 1920 intentaba comparar las posibilidades hegemónicas de Brasil y Chile
en relación a las de Argentina y concluía que “...Chile carece de extensión y de fecundidad.
Al Brasil le faltan el clima y la raza. La Argentina reúne las cuatro: territorio vasto,
tierra fecunda, clima templado, raza blanca...” (en Montserrat, 1980:808).
[4] En fechas más recientes varios ensayos dan cuenta sobre la precaria situación
económica actual, de los mapuche pampeanos tales como los de G. Fischman e I. Hernández
(1989) o I. Hernández (1993). También son relevantes para comprender mejor la articulación
indígena con el estado, los estudios realizados por A Balazote y. J.C. Radovich sobre el
impacto de las represas en la región mapuche patagónica , entre ellos los de 1991 y 1999.
[5] G. Madrazo ha documentado que el la época colonial “...el proceso de represión
y despojo que siguió a la derrota, con sus capítulos de dispersión tribal, traslados
masivos, ruptura de las agrupaciones de parentesco y mestizaje biológico, condujeron
a una lenta disolución étnica...” (1991:201) El mismo autor señala que después de la
independencia la situación empeoró con la expansión de las haciendas criollas sobre
las tierras comunales, ante la cual los indígenas carecieron de la posibilidad de ofrecer
una respuesta unitaria debido a su fragmentación política, que los orientaba a confrontarse
puntualmente con cada hacienda (1994:128).
[6] Después de unos pocos trabajos iniciales sobre la política indigenista
argentina (A. Serbin, 1981; M. Bartolomé, 1985), la producción y la reflexión al respecto
se ha incrementado sensiblemente en los últimos años, ya que antes no se la consideraba
tarea de antropólogos. Ver, entre otros, M. Carrasco (1991, 1993), L.
Tamagno (1997),
L. Mombello (2002).
[7] Sus postulados fundamentales fueron los siguientes: 1) Devolución de la
tierra al Indio; 2) Respecto a la personalidad cultural indígena; 3) Educación y sanidad;
4) libre empleo de los idiomas indígenas; 5) Reconocimiento jurídico de las comunidades
indígenas como personas de existencia ideal y; 6) Difusión de la cuestión indígena en todos
sus niveles (Documento CCIIRA).
[8] 1) Se abordó el constante problema de las tierras, solicitando la
ampliación de las reducciones y la prioridad de los indígenas en los planes de
colonización; 2) Por primera vez se propuso la necesidad de una educación bilingüe
y bicultural, que si bien se inspiraba en algunos postulados del indigenismo mexicano,
para la Argentina constituían una verdadera novedad; 3) acceso a los recursos forestales
y minerales existentes en las reducciones, los que la legislación vigente reservaba para
el Estado; 4) diversas demandas referidas a la precaria situación sanitaria y al
cumplimiento de las leyes laborales y nacionales y: 5) Reclamaron personería jurídica
para las comunidades, al tiempo que plantearon la necesidad de la participación indígena
en todo órgano que se relacionara con cuestiones que los involucraran; allí estaba el
verdadero escándalo; las plantas querían cuidarse solas desdeñando a los botánicos.
[9] Al respecto se pueden consultar los documentados ensayos de M. Carrasco
(1997, 2002), de M. Carrasco y C. Briones (1996) de C. Briones (2002) o de C. Buliubasich
y H. Rodríguez (2001). Pero muchas más numerosas son las publicaciones de los mismos
miembros de las organizaciones indígenas, plasmadas en simposios, conferencias, manifiestos,
comunicados, documentos, páginas electrónicas y noticias de todo tipo.
[10] Hacia 1959 un antropólogo de la Universidad de Buenos Aires escribía
las siguientes palabras que parecen referirse a un fenómeno natural e inevitable:
“...un extraño destino ha permitido que yo haya visto morir ante mis ojos a dos de
las grandes estirpes de los cazadores del sur: los Gününa-këna y los Teushen...”
(Bórmida, 1959: 154). Al parecer, el último de los Tehuelches septentrionales,
Kqlaqaqpa, falleció en 1960.
[11] No escapará al lector que la utilización de conceptos restringidos en las
ciencias sociales puede ser calificada como un recurso instrumental, en la medida en
que permite atribuirle un predicado unívoco a los procesos que designa, lo que no quiere
decir que es el único sentido que poseen o que pueden poseer. Más allá de complejas
precisiones epistémicas, lo que me propongo es recurrir a un término que ha sido definido
por el autor y comprendido por el lector, de manera tal que ambos sepan con la mayor
claridad posible lo que se quiere nombrar al ser nombrado.
[12] Este término es con frecuencia utilizado en la actualidad para tratar
de otorgar un mayor reconocimiento jurídico o dignidad cultural a los grupos
etnolingüísticos. Pero aquí propongo su uso en un sentido estricto, en términos de una
comunidad de comunicación y de reconocimiento mutuos, que posibilite una orientación y
acción compartida hacia el cumplimiento de objetivos públicos .En tanto comunidades
organizativas, serían entonces Pueblos, aunque no construidos por estados, que es la
característica distintiva de las naciones.
[13] Los intentos de descalificación de los grupos indígenas pueden llegar a
ser grotescos. En la Patagonia es tradicional que la policía de fronteras, la gendarmería,
así como hacendados y propietarios rurales, se refieran a los mapuches como “indios
chilenos”, ya que la mayor parte del grupo etnolingüístico reside en Chile, tratando de
descalificar sus reivindicaciones territoriales al considerarlos extranjeros. Igual de
grotesca resulta la reciente campaña (1993-1998) llevada a cabo por algunos medios de
comunicación de la provincia de Salta en contra de las comunidad kollas, a partir de
sus luchas por restitución de tierras y en contra de la construcción de un importante
gasoducto norandino. La acusación más radical, del gobierno provincial, fue que eran
indígenas aymaras bolivianos (a pesar de ser kollas salteños) y la más frecuente era
que anteponían su condición de kollas a la de argentinos, con la intención de crear un
estado transnacional indio que se apropiaría de los recursos naturales de la región
(A. Schwittay, 1999).
[14] No hay que suponer que el Ejército Argentino permaneció ajeno a este esfuerzo
civilizador, aunque no tuviera una participación mayoritaria. El 21 de noviembre de 1886
un destacamento militar, al mando de comandante Ramón Lista, fusiló a toda una comunidad
selk’nam “por las dudas resulten agresivos al contacto” (E. Frites, 2000).
[15] Debo algunas de estas informaciones a mi viejo amigo Eulogio Frites,
destacado pionero de la lucha indígena perteneciente al pueblo kolla quien a la vez,
y gracias a su condición de abogado, se desempeña como asesor jurídico de la Comunidad
del Pueblo Selk’nam “Rafaela Ishton” asentada en la Isla Grande de Tierra del Fuego.
[16] Esta Asamblea incluía la incorporación de reformas a la Constitución referidas
a los pueblos indios, por lo que contó con la presencia y la presión de miembros de los
distintos grupos étnicos y algunas organizaciones de apoyo, cuya capacidad convocatoria
logró la aprobación del artículo 75 Inc.17 que reconoce la preexistencia étnica y cultural
de las poblaciones indígenas (L. Slavsky, 1998).
[17] Existe una vasta literatura etnológica al respecto, pero entre los casos que
conozco de primera mano puedo citar a los tuxá, pataxó y kirirí del Brasil o los chochos,
chontales, zoques e ixcatecos de México. Y ello no es un proceso exclusivo de los pueblos
indígenas de América Latina, ya que muchos de los indígenas norteamericanos, incluyendo
sus líderes, desconocen la lengua de sus mayores. Y si quisiéramos proponer un caso más
dramático, deberíamos destacar que la mayor parte de los etarras vascos no hablan el euskera,
que forma parte de la identidad por la cual están dispuestos a matar y morir.
[18] Quien contemple la fotografía de la representante de los considerados
desaparecidos tonocotés en un simposio sobre etnoconocimientos indígenas realizado en
Montreal en junio del 2002, se desconcertará ante su indumentaria obviamente construida
con piezas de distintas tradiciones nativas. Sin embargo esta aparente “falsificación”,
no excluye que miembros del llamado Consejo de la Nación Tonocoté Llutqui, que agruparía
a 12 comunidades indígenas, hayan participado activamente en la Jornada Nacional de Rebeldía
el 11 de octubre junto con otras combativas organizaciones políticas.
[19] Las visiones instrumentalistas de corto alcance tampoco pueden explicar la
sorprendente comunicación, o “conspiración”, que se debió establecer entre las comuniades
huarpes de tres provincias, alejadas por cientos de kilómetros entre sí, y que habría
producido la eclosión conjunta de la nueva afirmación identitaria.
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